El eco de un nombre

Visión

Dylan

No debería estar aquí. No en este pasillo. No con este silencio:

Primero, la oscuridad. Densa, pegajosa, que me envuelve.

Luego, el vacío. Horrible. Como si algo hubiera sido arrancado de ella.

Camino. O floto.

No lo sé.

El suelo cruje bajo mis pies.

O tal vez es mi respiración.

Hay un susurro. Lejano. Casi inaudible.

No es viento. No lo es.

Ella está al final del pasillo.

O no.

Su rostro cambia, se difumina, se quiebra.

Sus ojos… no son los mismos cada vez que los miro.

“No me hagas nada, por favor”, lloriquea una voz.

Siento un tirón en el pecho. Un hueco donde debería estar su risa, su presencia.

¿Quién eres?

Intento gritarle: aguanta, vuelve. Pero no puedo.

El pasillo se alarga. Se ensancha. Se cierra.

Y entonces… nada. Todo se disuelve. Todo cae.

Me despierto: sudor frío. Pulso acelerado. La sensación de que algo falta, algo que no puedo nombrar.

Su nombre… casi lo tengo.




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