El eco de un nombre

Capítulo 6

Ya era de noche y el eco de la discusión con Nolan todavía me retumbaba en la cabeza. No podía dormir. Llevaba un rato dando vueltas en la cama y hacía unos minutos que notaba la garganta cerrada, esa presión incómoda que me hacía querer desaparecer.

Necesitaba aire.

Salí de la habitación en pijama, que no era mucho más que un pantalón deportivo y una camiseta de manga corta, y bajé las escaleras hasta llegar a la puerta lateral que daba al patio trasero de la escuela. Era más pequeño y menos concurrido que el patio principal, un lugar donde los profesores apenas pasaban y donde, normalmente, nadie me buscaba. Aunque mucho menos a estas horas de la noche.

Me senté en un banco de madera medio despintado. El frío del respaldo me recorrió la espalda por la fina tela de la camiseta, pero lo agradecí: me mantenía presente. Observé las hojas secas acumuladas en las esquinas, el cielo lleno de estrellas por la zona alta y oscura en la que estaba la escuela.

No tardé en escuchar pasos acercándose. Levanté la vista y vi a Dylan, con las manos en los bolsillos y ese gesto tranquilo que parecía capaz de atravesar cualquier tormenta.

—No sabía que te encontraría aquí —dijo, sin invadir mi espacio, pero tampoco quedándose demasiado lejos.

—¿Tú tampoco puedes dormir? —negó.

—¿Estás bien? Ni siquiera has ido a cenar.

Subí la mirada al cielo.

—No es nada que no pueda manejar.

—¿Seguro? —su voz fue baja, pero no dudó en desafiar mi respuesta.

No contesté.

—Ámber… —se sentó a mi lado, dejando un espacio prudente—. No quiero meterme donde no me llaman, pero… Nolan no tiene derecho a tratarte así.

Sentí un pinchazo en el estómago, como si sus palabras activaran un mecanismo que yo intentaba ignorar.

—No es tan simple.

—Ya sé que no es simple. Pero desde fuera… se ve. Tus amigos lo ven. Yo lo veo. Y no me refiero solo a los celos.

Fruncí el ceño.

—Entonces, ¿a qué?

—A cómo te hace sentir —respondió, mirándome fijamente—. No te das cuenta, pero cada vez que él te habla así, tú… te encoges. Bajas la cabeza. Te justificas. Como si tu opinión valiera menos.

No sabía qué decir. Dylan estaba describiendo algo que yo no quería poner en palabras.

—A veces pienso que no soy suficiente —confesé, en voz baja.

—Si te soy sincero, a mí también me pasa. Pero si te sientes así con él es porque no es amor, Ámber. Si alguien te quiere, no te hace sentir así.

Un nudo se formó en mi garganta.

—Pero… él también se preocupa por mí. Me protege.

—No confundas protección con control —me interrumpió—. Una cosa es cuidar, otra es vigilarte y decidir por ti.

Me quedé callada, observándolo de perfil. Se veía a la perfección como su oscuro pelo se movía por el viento. No me había fijado en él antes, pero sus rasgos son todo lo contrario a los de Nolan: él tiene los ojos oscuros, al igual que el pelo, la nariz recta y los labios finos, Nolan no tiene nada de eso.

Dylan se giró hacia mí, dejando de mirar el cielo, y me miró sincero.

—Eres buena chica por lo que tus amigos me han contado, no te destruyas estando con un chico que no merece la pena —volvió a mirar las estrellas—. ¿No has tenido alguna otra relación con la que te hayas sentido distinta?

—Nunca he estado con nadie más. No tengo con qué compararlo.

—No necesitas compararlo, no me refería a eso. Solo tienes que preguntarte si eres feliz así —sus ojos volvieron a buscar los míos, nervioso—. Y no mientas.

No respondí. Quizá porque sabía que la respuesta sería un "no" demasiado grande para ignorar.

—No te estoy diciendo lo que tienes que hacer —continuó—. Solo… que no tengas miedo de imaginar una vida donde puedas respirar tranquila. Tenemos dieciocho años, Ámber. No tenemos que planificar nuestra vida ahora. Aún nos queda muchísimo por vivir, ¿sabes?

Quise cambiar de tema, porque si no, acabaría derrumbándome allí mismo.

—¿Puedo preguntarte algo? —afirmó con la cabeza— ¿Por qué me buscaste a mí para darme el mapa?

El moreno se inquietó, tragó saliva, ni siquiera me miraba.

—No te puedo pedir que confíes en mí ciegamente sin conocerme —se giró hacia mí con una expresión seria—. Pero te puedo prometer que, si me das un voto de confianza y me ayudas a descubrir todo esto, van a salir cosas que necesitas saber a la luz.

—¿Qué cosas? —extendió la mano hacia mi brazo.

—No puedo… No puedo decírtelo ahora, pero te darás cuenta. Te lo prometo.

Me lo promete.

¿El qué me promete?

¿Qué pensáis que le promete?

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