La pregunta de Dylan quedó suspendida en el aire, pesada, como si al pronunciarla hubiera cruzado una línea invisible. Owen y Aurora intercambiaron una mirada rápida, de esas que solo se dan cuando ambos están pensando exactamente lo mismo.
—¿Algo como qué? —preguntó Owen, inclinándose un poco hacia delante—. ¿Algo ilegal o algo inquietante?
Dylan esbozó una sonrisa mínima, tensa.
—Inquietante —respondió—. No es peligroso. Al menos, no directamente.
Eso no ayudó en absoluto a tranquilizarme.
—Dylan… —empecé, bajando la voz—. ¿De qué estamos hablando?
Él me sostuvo la mirada unos segundos, como si estuviera valorando si decirlo allí era buena idea. El patio estaba lleno de alumnos, risas forzadas, conversaciones que intentaban parecer normales. Ethermont seguía funcionando como si no se estuviera quebrando por dentro.
—No aquí —decidió al fin—. Después de la última clase. En mi habitación.
Aurora abrió la boca para decir algo, pero la campana sonó antes, cortando cualquier intento de réplica. El sonido metálico me atravesó como una advertencia.
—Genial —murmuró Owen—. Justo lo que necesitábamos. Más suspense.
Nos levantamos, y mientras caminábamos hacia el edificio principal sentí, otra vez, esa presión incómoda entre los omóplatos. No tuve que girarme para saber que Nolan nos estaba observando desde algún punto del patio.
***
La siguiente clase era Teoría de las Habilidades, y por una de esas ironías del destino, coincidí con Dylan. El aula estaba en una de las alas más antiguas del instituto, con ventanales altos y paredes cubiertas de diagramas energéticos que nadie entendía del todo.
—No viniste a la última clase de esta asignatura — afirmé cuando me lo encontré justo antes de entrar a la clase.
—No fui a ninguna ese día — respondió girándose hacia mí —. ¿Todo bien, Ámber?
Asentí y entré a clase junto a él.
La profesora Irya ya estaba allí, de pie junto a la pizarra, con las manos cruzadas a la espalda.
—Tomad asiento —dijo sin preámbulos—. Hoy hablaremos de algo que muchos preferís ignorar: la resonancia entre habilidades.
Me senté en la segunda fila. Dylan ocupó el asiento a mi lado, dejando un espacio prudente entre los dos, aunque su presencia era imposible de ignorar.
—Las habilidades no existen en el vacío —continuó Irya, trazando un esquema irregular en la pizarra—. Se afectan entre sí. Se buscan. A veces… se atraen.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Cuando dos usuarios con capacidades similares o complementarias interactúan durante un periodo prolongado, se genera un eco energético. Una huella.
Dylan y yo intercambiamos una mirada rápida.
—¿Eso significa que se pueden rastrear? —preguntó él.
La profesora ladeó la cabeza, observándolo con atención.
—Significa que, si sabes qué buscar, puedes encontrar patrones donde otros solo ven coincidencias.
Mi pulso se aceleró. No era una casualidad. Nada de esto lo era.
Durante el resto de la clase, la profesora habló de conexiones involuntarias, de cómo ciertas habilidades mentales tendían a agruparse, a reconocerse entre sí. Yo tomaba apuntes sin parar, aunque en realidad mi mente estaba en otra parte, encajando piezas.
Cuando la clase terminó, Dylan no se levantó de inmediato.
—¿Te das cuenta? —susurró, inclinándose un poco hacia mí—. Es exactamente de lo que os hablé ayer.
Asentí.
—Las víctimas —dije en voz baja—. No eran al azar.
—No —confirmó—. Y lo que tengo en mi habitación lo demuestra.
***
Llegar a la residencia se me hizo eterno. Cada pasillo, cada esquina, me parecía una oportunidad para que alguien nos escuchara o nos interrumpiera. Nolan no apareció, lo cual casi me inquietó más que si lo hubiera hecho.
La habitación de Dylan era sencilla, casi austera. Cama perfectamente hecha, escritorio ordenado en exceso, como si el caos solo pudiera existir dentro de su cabeza. Cerró la puerta con cuidado y giró el pestillo.
—Vale —dijo—. Venid.
De debajo de la cama sacó una caja de metal, vieja, con bordes abollados. Al abrirla, el aire pareció volverse más frío.
Dentro había papeles, recortes, esquemas dibujados a mano… y un mapa.
Mi respiración se detuvo.
—Es el instituto —susurré—. Y los alrededores.
—Y algo más —añadió Aurora, señalando unas marcas en rojo.
Dylan extendió el mapa sobre el escritorio.
—Empecé a dibujarlo después de mi primera visión —explicó—. Al principio no entendía nada. Solo lugares inconexos. Pero luego… empezaron a repetirse.
Señaló un punto cerca del bosque.
—Eleanor.
Después, otro, más alejado.
—Ava.
Owen frunció el ceño.
—¿Estás diciendo que…?
—Que todas las víctimas desaparecieron en zonas que comparten el mismo tipo de resonancia energética —terminé yo, con un nudo en la garganta.
Dylan me miró.
—Exacto.
Sacó otro papel. Era una lista de nombres.
—Todos tenían habilidades mentales —continuó—. Empatía avanzada, proyección emocional, percepción alterada.
Sentí que el suelo se desplazaba bajo mis pies.
—Eso no puede ser casualidad —dije—. Alguien los está eligiendo.
—Y sabe exactamente qué buscar —añadió Aurora.
Hubo un silencio pesado.
—Entonces… —empezó Owen—. ¿Qué hacemos ahora?
Miré el mapa, los nombres, las marcas rojas. Pensé en Eleanor. En Ava. En la forma en que Ethermont intentaba seguir adelante como si no estuviera sangrando.
—Seguimos —respondí—. Pero con cuidado.
Dylan asintió.
—Y con esto —dijo, colocando la mano sobre el mapa—. Ya no estamos a ciegas.
No sabía quién nos estaba observando.
No sabía hasta dónde llegaba todo aquello.
Pero por primera vez desde que todo empezó, entendí una cosa con claridad inquietante: las desapariciones no eran el principio. Solo eran la señal de que alguien llevaba mucho tiempo jugando con nosotros.
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Editado: 03.01.2026