El eco de un nombre

PRIMERA PARTE: Capítulo 1

Amber

El auditorio del Instituto Ethermont olía a madera vieja y a ese perfume caro que siempre usaba la directora. Yo estaba sentada en la tercera fila, entre Owen y Aurora, con las rodillas pegadas al asiento de delante. El corazón me latía raro, como si supiera algo que mi cabeza todavía no había procesado del todo.

La directora Voss subió al escenario con su postura impecable, el pelo plateado recogido en un moño tan perfecto que parecía desafiar la gravedad. Carraspeó una sola vez y el murmullo de quinientos estudiantes se apagó casi al instante.

—Buenos días a todos —dijo con esa voz calmada que siempre conseguía poner nerviosa a la gente—. Lamento interrumpir el inicio de curso con una noticia tan grave.

Hizo una pausa. Demasiado larga. Sentí cómo se me erizaba la piel de los brazos.

—Anoche, Eleanor Vale no regresó a su dormitorio después de su práctica nocturna en The Hollow. A las 23:47 se activó el protocolo de localización y… no hemos podido encontrarla.

Un silencio denso cayó sobre el auditorio. Alguien detrás de mí soltó un jadeo ahogado. Yo me quedé mirando fijamente el borde del escenario, donde la luz de los focos creaba un halo extraño alrededor de la directora.

Eleanor. Pelo rubio ceniza, ojos verdes, siempre sonriendo en las fotos del anuario aunque nunca sonreía de verdad en persona. Tenía una habilidad perceptiva fuerte: podía leer los residuos emocionales que quedaban en los objetos. La clase de Teoría de las Habilidades la ponía de ejemplo constantemente.

Y ahora había desaparecido.

Sentí una mirada clavada en mí. No necesitaba girar la cabeza para saber quién era.

Nolan.

Estaba sentado dos filas más atrás, en el pasillo central. Noté cómo sus ojos azul hielo se posaban en mi nuca, en mi mejilla, en la forma en que mis dedos retorcían el borde de la chaqueta del uniforme. Esa mirada… la conocía demasiado bien. Protectora. Insistente. Como si, casi un año después de haberlo dejado, todavía creyera que tenía algún derecho sobre mí.

Tragué saliva y me obligué a mirar al frente.

Owen, sentado a mi izquierda, se inclinó ligeramente hacia mí.

—¿Estás bien? —murmuró tan bajo que casi no lo oí.

Asentí sin mirarlo. Mentira. No estaba bien. Hacía casi un año que había cortado con Nolan y, aunque la relación solo había durado cuatro meses y medio, todavía arrastraba esa culpa residual que me pesaba como una mochila llena de piedras.

Aurora, al otro lado de Owen, soltó un bufido sarcástico casi inaudible.

—Genial. Primer día de clases y ya tenemos desaparición. Ethermont sigue siendo un puto imán para la mierda.

Owen le dio un codazo suave.

—Rora…

—¿Qué? Es verdad —susurró ella, apartándose el flequillo violeta de los ojos—. Eleanor no era de las que se escapaban. Y menos de noche, sola, en The Hollow.

La directora siguió hablando sobre el protocolo de seguridad, sobre no salir solos después del toque de queda, sobre reportar cualquier cosa extraña. Pero yo ya no escuchaba las palabras. Solo sentía esa mirada de Nolan quemándome la piel.

Cuando por fin nos dejaron salir del auditorio, el pasillo se llenó de murmullos nerviosos. Owen y Aurora se pegaron a mí como siempre.

—Vamos a la cafetería —dijo Owen, pasándome un brazo por los hombros de forma protectora—. Necesitas cafeína antes de que empiece la primera clase.

—No tengo hambre —murmuré.

—Nadie ha dicho que tengas que comer —respondió Aurora con una media sonrisa—. Pero sí tienes que contarnos qué cara puso Nolan cuando la directora soltó la bomba.

Puse los ojos en blanco, pero no pude evitar sonreír un poco. Eso era lo que más me gustaba de ellos: siempre sabían cuándo necesitaba distraerme.

—Estaba mirándome otra vez —admití en voz baja mientras caminábamos—. Como si todavía fuera su responsabilidad. Casi un año y sigue igual.

Owen suspiró.

—Nolan siempre ha sido intenso. Incluso antes de que empezarais a salir parecía que quería protegerte de todo el mundo.

Aurora resopló.

—Intenso es una forma bonita de decir controlador. Rompiste con él hace casi un año, Amber. Cuatro meses y medio de relación y once meses de “no, de verdad, esta vez es definitivo”. Ya debería haberlo superado.

Me mordí el labio. La culpa volvió a subir por mi garganta. Sabía que había hecho lo correcto al dejarlo. Sabía que su forma de “cuidarme” se había vuelto asfixiante muy rápido. Pero una parte de mí seguía sintiéndose mal, como si yo fuera la que no había sabido manejar mejor la ruptura.

Llegamos a la cafetería y nos sentamos en nuestra mesa de siempre, cerca de la ventana que daba al patio interior. Owen fue a por tres cafés. Aurora se inclinó hacia mí, pero antes de que pudiera decir nada, una voz familiar sonó a mi espalda.

—Qué cara de funeral traes, Ambi.

Dylan se dejó caer en la silla frente a mí con esa sonrisa torcida que siempre usaba cuando quería picarme. Pelo castaño oscuro un poco rebelde, ojos verde bosque que parecían verlo todo, y ese anillo plateado que no paraba de hacer girar entre sus dedos. Llevaba la corbata floja, como siempre.




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