Amber
No conseguía dormir.
Llevaba más de una hora dando vueltas en la cama, mirando el techo oscuro de mi habitación. Cada vez que cerraba los ojos veía la expresión congelada de Ava. Cada vez que intentaba respirar hondo, sentía esa presión en el pecho que no se iba. Aurora ya se había dormido en su habitación, y yo no quería despertarla otra vez.
Al final me rendí. Me puse una sudadera encima del pijama, me calcé las zapatillas y salí al pasillo. El ala este estaba en completo silencio. Solo se oía el leve zumbido de las luces de emergencia.
Bajé las escaleras sin hacer ruido y salí al patio interior. El aire de la noche era frío y limpio. Me tumbé directamente en el suelo de piedra, cerca del pequeño estanque, y miré hacia arriba. El cielo estaba sorprendentemente despejado para esta época del año. Miles de estrellas brillaban con esa indiferencia tranquila que siempre me había calmado.
Respiré hondo. Por un momento, solo existían las estrellas y yo.
Entonces lo sentí.
Una presencia. No amenazante, pero clara. Como si alguien estuviera observándome desde muy cerca. Se me erizó la piel de los brazos. Mi don reaccionó solo: un pequeño cristal translúcido apareció en la palma de mi mano, brillando débilmente con luz plateada.
Me incorporé de golpe y me giré.
Allí estaba Dylan, a unos metros de mí, con las manos en los bolsillos de la sudadera y una expresión entre sorprendida y culpable.
—No quería asustarte —dijo en voz baja—. Vi que salías del edificio y… solo quería comprobar que estabas bien.
Solté el aire que estaba conteniendo y dejé que el cristal se disolviera.
—Qué sigiloso eres —murmuré, medio sonriendo a pesar de todo—. Pensé que era… no sé.
Dylan se acercó despacio y se sentó en el suelo a mi lado, dejando una distancia respetuosa entre nosotros. Miró hacia el cielo.
—Las estrellas son preciosas —comentó—. Mi madre solía decir que cuando el cielo se ve así es porque el mundo está intentando recordarnos que hay cosas más grandes que nuestros problemas.
Sonreí un poco.
—Tu madre suena sabia.
—Lo era —respondió él con una sonrisa suave y triste—. Solía sacarme al jardín cuando no podía dormir y me explicaba las constelaciones. Decía que las estrellas no juzgan, solo observan.
Nos quedamos en silencio un rato, los dos mirando hacia arriba. Era extraño lo cómodo que resultaba estar allí con él, sin necesidad de llenar cada segundo con palabras.
—¿Tú tampoco podías dormir? —pregunté finalmente.
Dylan negó con la cabeza.
—Demasiadas imágenes sueltas dando vueltas. No son visiones completas, solo… fragmentos. Ramas moviéndose. Una linterna cayendo. Y esa sensación de que alguien está acechando. Pero nada claro.
Se quedó callado un momento antes de continuar.
—Siento que debería poder ver más. Que si controlara mejor mi don, tal vez podría ayudar.
Entendí perfectamente esa frustración.
—Yo siento algo parecido con el mío —admití.
Dylan giró la cabeza para mirarme.
—No eres la única que se siente así, Cristal —un cosquilleo recorrió mi abdomen—. Owen está preocupado porque su campo de fuerza no sirve de nada si no sabe contra qué lo tiene que levantar. Aurora dice que capta tantas emociones ajenas que a veces no distingue las suyas propias. Todos estamos un poco perdidos ahora mismo.
Sus palabras me aliviaron más de lo que esperaba. No era lástima. Era comprensión.
—¿Crees que esto va a seguir? —pregunté en voz baja, mirando otra vez las estrellas.
—No lo sé —respondió él con honestidad—. Pero sé que no estamos solos en esto. Tenemos a Owen y a Aurora, aunque a veces desaparezcan para hacer… Creo que no quiero saber lo que hacen, mejor —ambos reímos —. Y aunque no podamos resolverlo todo de golpe, podemos ir paso a paso.
El silencio que siguió fue agradable. Solo se escuchaba el leve rumor del agua del estanque y el viento entre los árboles.
Al cabo de un rato, Dylan habló de nuevo, cambiando un poco el tono.
—Oye… mañana por la tarde, después de las clases, Owen propuso que intentáramos entrar en la sala de archivos de los profesores. Dicen que guardan expedientes antiguos de alumnos. Quizás encontremos algo sobre Eleanor o Ava. Algo que los profesores no nos están contando.
Lo miré con sorpresa.
—¿A escondidas?
—Solo mirar —aclaró él rápidamente—. No tocar nada. Entrar y salir. Owen conoce un pasillo de servicio que suele estar vacío a esa hora.
Pensé en ello un momento. La idea me ponía nerviosa, pero también sentía que necesitaba hacer algo más que quedarme esperando.
—Está bien —dije—. Iré.
Dylan sonrió de medio lado.
—No esperaba menos de ti.
Nos quedamos un rato más tumbados en el suelo, hablando de cosas más ligeras: constelaciones que reconocíamos, anécdotas tontas de clases pasadas, cómo Owen siempre terminaba rompiendo algo en Combate. Por primera vez desde que encontramos a Ava, sentí que podía respirar sin que el peso del mundo me aplastara.
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Editado: 12.07.2026