El eco de un nombre

Capítulo 7

Dylan

No había pegado ojo en toda la noche.

Llevaba horas dando vueltas en la cama, mirando el techo oscuro de la habitación del ala oeste. Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar la voz de Nolan en los baños:

“Amber volverá… solo está confundida… nadie la protege como yo”.

Las palabras se repetían sin parar, mezcladas con lo que habíamos leído en los archivos. El vacío emocional. El drenaje de energía. El trauma. Todo encajaba de una forma que me revolvía el estómago.

Me levanté antes del amanecer, con los ojos irritados y la cabeza pesada. Me duché con agua fría, pero ni siquiera eso consiguió bajar la rabia que me ardía por dentro. Me vestí mecánicamente y salí hacia los baños comunes del ala masculina para mojarme la cara otra vez. Necesitaba calmarme antes de ver a nadie. Especialmente antes de ver a Amber.

Estaba secándome las manos cuando escuché voces al fondo del pasillo de los lavabos. Voces que reconocí al instante.

—…y te lo digo en serio, dentro de poco volverá —decía Nolan con esa seguridad tranquila que siempre me había crispado—. Amber está asustada ahora mismo por todo lo que está pasando. Pero me conoce mejor que nadie. Sabe que yo siempre he estado ahí. Solo necesita tiempo para darse cuenta de que nadie más la va a cuidar como yo.

Uno de sus amigos se rio bajito.

—Hermano, han pasado casi doce meses. ¿No crees que ya es hora de pasar página?

Menos mal que alguien más se da cuenta.

—No es pasar página —respondió Nolan, y su tono se volvió más bajo, más intenso—. Es esperar lo inevitable. Ella cree que puede seguir adelante sin mí, pero al final siempre vuelve. Siempre lo hace cuando las cosas se ponen feas. Yo soy el que la entiende de verdad.

Me quedé paralizado junto al lavabo. La rabia que había intentado contener toda la noche explotó de golpe. No lo pensé dos veces.

Salí de mi rincón y me planté en la entrada del área de lavabos. Nolan estaba apoyado contra la pared, rodeado de dos amigos. Cuando me vio, su expresión cambió. La sonrisa confiada se tensó.

—¿Otra vez tú? —dijo con desdén—. ¿Ahora también escuchas conversaciones privadas?

—No estaba escuchando —respondí, con la voz ronca por la falta de sueño—. Solo pasaba. Pero ya que te he oído… deja de hablar de Amber como si fuera tuya. Supera de una puta vez que vuestra relación está rota. Han pasado casi doce meses. Déjala en paz.

Nolan se enderezó lentamente. Sus ojos azul hielo se clavaron en mí.

—¿Y tú quién te crees que eres para decirme cómo manejar lo mío con ella? ¿Su nuevo defensor? Solo porque pasáis tiempo juntos en el grupo crees que tienes derecho a opinar.

—No es “lo tuyo” —repliqué, dando un paso hacia él—. Es su vida. Y tú sigues actuando como si tuvieras algún derecho sobre ella. Apareces cada vez que está sola, la miras como si todavía estuviera contigo… eso no es preocuparte. Eso es control.

Sus amigos se tensaron. Nolan soltó una risa corta y amarga.

—Vaya, el clarividente tiene huevos hoy. ¿Has tenido una visión de cómo va a terminar esto? Porque yo sí la tengo. Amber volverá. Siempre vuelve.

La rabia me nubló la vista. Di otro paso.

—Eres un puto egoísta. No la proteges. La asfixias. Y si crees que ella no se da cuenta, eres más imbécil de lo que pensaba.

Nolan se separó de la pared y se acercó hasta quedar cara a cara conmigo.

—No tienes ni idea de lo que había entre nosotros —gruñó—. No sabes lo que ella necesitaba. No sabes nada.

—Lo que sé es que sigues mencionándola como si fuera de tu propiedad —respondí, levantando la voz—. ¡Supéralo de una vez!

Él me empujó fuerte en el pecho con las dos manos. Retrocedí un paso, pero reaccioné al instante y lo empujé de vuelta con la misma fuerza.

—¡Deja de hablar de ella! —grité.

—¡Tú deja de meterte donde no te llaman! —respondió él, empujándome otra vez contra la pared.

Los empujones se volvieron más agresivos. Nuestras voces subían. Forcejeábamos, gritándonos en la cara, sin llegar a los puños pero sí a un choque de cuerpos y rabia contenida. El eco rebotaba en los azulejos.

De repente, la puerta se abrió de golpe.

—¡Parad ya, joder! —Owen entró corriendo y se metió entre nosotros. Me agarró por los hombros y me empujó hacia atrás con firmeza—. Dylan, ¿enserio, joder?

Nolan respiraba agitado, con la camisa arrugada y la mirada llena de furia. Me señaló con el dedo antes de salir.

—Esto no termina aquí.

Owen esperó a que se fueran sus amigos y luego me soltó, pero se quedó bloqueándome el paso.

—¿Qué coño te pasa? —preguntó, mirándome preocupado—. Tienes pinta de no haber dormido en toda la noche.

—No he dormido —admití, pasándome las manos por el pelo mojado—. Llevo desde ayer pensando en lo que dijo ese imbécil en los baños. Hablando de Amber como si fuera un objeto que va a recuperar cuando quiera. No lo soporto, Owen.




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