El eco de un nombre

SEGUNDA PARTE: Capítulo 10

El día siguiente amaneció gris y cargado. Apenas había dormido, y cuando lo hice, las imágenes de Ava y la discusión con Dylan se mezclaron en pesadillas inquietas. Aun así, la rutina del instituto seguía su curso, como si el mundo se negara a detenerse.

Ahora nos tocaba Combate Físico y parecía que el profesor se había despertado igual de gris que el cielo.

—Parejas aleatorias. Combate realista. Quiero ver el control bajo presión. ¡Empezad!

Me tocó contra Lena, una chica de tercero rápida y

agresiva, menos corpulenta que yo pero con un don que le

podía facilitar el combate.

Dylan quedó en la pareja de al lado con un chico que le

sacaba unos centímetros, y bastante más corpulento que

él, y eso que Dylan no estaba precisamente desentrenado.

Por otro lado, Owen y Aurora se encontraban un poco más

lejos, peleando entre ellos, aunque estoy bastante segura

de que Owen le dejaba ganar para no tener que dormir en

el suelo el resto de la semana.

La pelea empezó intensa. Lena se movía como un borrón. Yo creaba escudos cristalinos rápidos, pero ella era buena rompiéndolos. En un momento lanzó un ataque directo con la pierna, cargado con toda su fuerza. Mi escudo se agrietó con un sonido seco y el impacto me lanzó hacia atrás, haciéndome perder el equilibrio.

Entonces escuché su voz, clara y alta por encima del ruido:

—¡Cristal!

Hostia. Puta.

Todo el gimnasio pareció congelarse por un segundo. Lena se detuvo en seco. El profesor Harlan levantó una ceja. Owen y Aurora, que practicaban cerca, nos miraron con sorpresa.

Dylan se dio cuenta demasiado tarde de lo que había gritado. Su cara pasó de preocupación a puro pánico.

Me recuperé rápido. La vergüenza y la adrenalina se mezclaron. Creé un cristal más grande y afilado y lo lancé con fuerza controlada hacia Lena. Ella tuvo que retroceder varios metros y levantar sus defensas.

—Buen contraataque —dijo el profesor Harlan—. Controlad vuestras emociones. Continuad.

Durante el resto de la clase sentí las miradas sobre nosotros, pero intenté concentrarme.

Cuando por fin llegó el descanso, me acerqué a la pared para beber agua. Dylan apareció casi al instante a mi lado, visiblemente nervioso pero sin arrepentimiento excesivo.

—Se me escapó —dijo, mirándome directamente—. Pero sigue siendo nuestro. Para mí lo es. No me importa que lo hayan oído. Ese nombre es nuestro.

Lo miré. No estaba enfadada del todo, pero sí un poco molesta. Ese apodo había surgido entre nosotros en privado, como algo solo nuestro.

—Era algo privado, Dylan —respondí, bajando la voz—. No quería que se convirtiera en el tema del día.

Él dio un paso más cerca. Su mirada verde bosque se suavizó. Levantó la mano con lentitud y me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, rozando suavemente mi mejilla con los dedos.

—Pues para mí sigue siendo privado —murmuró, tan cerca que sentí su aliento—. Aunque lo haya dicho delante de todos. Sigue significando lo mismo.

El gesto fue tan natural y tan cargado que me quedé sin palabras. El aire entre nosotros se volvió denso otra vez.

Antes de que pudiera responder, Aurora y Owen se acercaron con sonrisas burlonas.

—Oye, ¿“Cristal”? —dijo Aurora, cruzándose de brazos—. ¿Desde cuándo la llamas así? Suena demasiado rebuscado para ser casual.

Owen soltó una risa baja.

—Míralos. Ella jugando con su anillo, él llamándola Cristal en medio de un combate… Qué bonito el amor…

Sentí que me ardían las mejillas. Dylan también se puso un poco rojo, pero no se apartó. Su mano seguía cerca de mi cara.

—Sois idiotas —murmuré, aunque no pude evitar sonreír un poco.

Estábamos todavía en medio de las bromas cuando un grito agudo y desgarrador cortó el aire desde fuera del gimnasio. Venía del bosque, cerca de The Hollow.

Todos nos quedamos paralizados.

El profesor Harlan fue el primero en reaccionar.

—¡Quedaos aquí! —ordenó, pero nadie le hizo caso.

Los alumnos empezaron a salir en masa. Dylan, Owen, Aurora y yo fuimos de los primeros en correr hacia la puerta trasera que daba al bosque.

El grito se repitió, más débil esta vez. Corrimos entre los árboles, siguiendo el sonido. Mi corazón latía con fuerza. Sabía que algo terrible había ocurrido.

Llegamos a un claro pequeño.

Y entonces lo vimos.

No era un cuerpo.

Era una escena que parecía sacada de una pesadilla.

En el centro del claro había ropa ensangrentada tirada sobre las hojas húmedas. Reconocí inmediatamente la chaqueta del uniforme. De nuestro uniforme. Estaba rota y manchada de sangre oscura. A su lado, había un cristal pequeño, como los que yo creaba, pero este brillaba con un residuo emocional muy reciente. Junto a él, marcas de arrastre en la tierra y huellas recientes que se perdían entre los árboles.




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