La luz de la luna inundaba el baño donde Arabella, una joven de cabello castaño, piel pálida y los ojos del mismo color se bañaba. Siempre había amado la luz reflejándose en su piel, y le habría encantado más de no haber estado vigilada.
Una muchacha, la guardia de turno custodiaba la puerta del baño. Arabella la espio, corriendo levemente la cortina de la bañera. La guardia la miraba atentamente. La joven de la bañera ni siquiera se molestó en volver a correr la cortina. Ya se había acostumbrado a ser observada en sus momentos más vulnerables. No era nada nuevo.
Pero a veces era distinto, había un guardia, el único guardia que le había revelado su nombre. Bellum, había pasado semanas intentando ganar su confianza y recientemente lo había logrado. Desde el inicio, él se daba la vuelta cuando la acompañaba al baño, a él le gustaba hablar con ella y preguntarle todo tipo de cosas. Arabella no tardó en desconfiar de sus palabras, ella lo ignoraba cada vez que le hablaba, porque creía que mientras más atención le prestara más peligroso él iba a volverse. Y él no se enojaba cuando ella no le respondía, y cuando se suponía que debía estar vigilando que no se escaparan, Bellum jugaba con Owen, el hermanito de Arabella. Y ella intentaba por todos los medios ignorarlo, pero no se necesita muchas pizcas de atención para que dos personas hambrientas de ellas necesiten más y más. A la tercera semana, Arabella empezó a responder. Sus ideas innovadoras empezaban a fascinarla, sus ideas sobre escapes le daban alas a Owen. Entonces se sintieron tentados a creer que había algo más para ellos. Y crearon un plan.
Los 3 tenían la rutina de cada guardia memorizada. Cada paso, Arabella lo reconocía. Cada pasadizo secreto era un área habitual para Bellum, y cada horario era la especialidad de Owen. Era la noche perfecta. Se celebraría el banquete por el aniversario de Swoden. Bellum se aseguraría de que cada guardia bebiera suficiente licor de manzana para que empezaran a confundir los barriles con personas. Lo único que los hermanos tendrian que hacer sería esperar al momento perfecto, cuando todos los guardias estuvieran ocupados bebiendo o comiendo y Bellum se escabullera para llevar a Arabella y Owen por un antiguo pasadizo secreto que conectaba con el mercado de la plaza, donde se integrarian con la multitud. El siguiente y último paso era encontrar la ruta más accesible al reino de nefaris. Donde nadie iba a reconocerlos. Y tendrían la oportunidad de buscar una vida, un hogar donde fueran más que bienvenidos, solo Owen y Arabella.
Arabella salió de la bañera y se dirigió al espejo. Dio media vuelta y su peculiaridad favorita quedó a la luz: Una marca de nacimiento. La había acompañado durante toda su vida aunque ella no supiera que era. Bellum decía que era una libélula, un insecto muy bonito y con alas hermosas. En la piel de Arabella, un ala de la libélula estaba rota.
Volvió a su celda luego de vestirse con el único harapo viejo y mugriento que tenía. Se consoló a sí misma pensando que todo acabaría pronto, y podría tener la vida que se le fue arrebatada. Owen brillaba de la felicidad y la esperanza mientras Bellum los guiaba por los pasillos desiertos. Detrás de la estatua del fundador de Swoden se hallaba el pasadizo secreto. Se detuvieron en seco al toparse con un guardia, no tan ebrio como les hubiera gustado.
—¿Qué estás haciendo, Bellum?
La tensión podía cortarse con un cuchillo. Bellum tardó unos segundos en responder, y cuando lo hizo su voz era firme y segura.
—Acompaño a estos prisioneros a su celda.—guardaron silencio mientras el guardia los analizaba.
—Deprisa, nadie debe verlos.
El guardia continuó su camino y Bellum ayudó a escabullirse a los hermanos prisioneros. Caminaron durante un tiempo que sintieron como una eternidad. Arabella estaba atenta a cada mínimo ruido. Bellum les había dejado un vestido y una túnica para que pasarán desapercibidos, y en el bolsillo del vestido había una nota, junto con unas monedas.
Tengan cuidado.
Presiento que no será la última vez que nos veamos. Refugiense en Nefaris.
—B
Luego de vestirse, dejando atrás los harapos y después de doblar cuidadosamente la nota y guardándola en el bolsillo nuevamente, reanudaron la caminata. El camino hasta el mercado era largo, pero con cada paso los hermanos se emocionaban más.
—¿Y podremos conocer la playa? Bellum dice que nadar en el mar de noche es relajante.—decía Owen.
—Primero debemos encontrar un lugar donde estar a salvo.—respondía la hermana, sabiendo que ella estaba igual o incluso más emocionada que su hermanito.
El pasadizo secreto desembocó en una trampilla de madera y hierro, que no fue fácil empujar hasta que se abriera. La trampilla estaba ingeniosamente colocada en el almacén de una panadería. Los hermanos salieron y disimuladamente se encaminaron hacia la puerta sin ser vistos. Afuera, el aire fresco de la noche se presentaba ante ellos por primera vez. Era majestuoso para ellos sentir el aire en la cara luego de pasar todas sus vidas en una celda. Titiritando de frío, subieron al carruaje más próximo. Owen se quedó dormido al instante durante el viaje, pero Arabella se quedó observando el paisaje. El reino de Swoden y sus colores eran tan fríos como lo era su rey, el padre de los hermanos. Pero para la muchacha, no había nada mejor que los árboles, pasar por al lado de un río o de los alegres mercaderes, y el sonido de las ruedas traqueteando era lo único que se escuchaba en la fría noche.
Era la libertad que sentía lo que le alegraba tanto. De haber tenido alas, las de Arabella se habrían desplegado y no habría tardado en empezar a volar por encima de los árboles.
No pudo evitar quedarse dormida, acurrucada con Owen y tiritando de frío. Y por primera vez, Arabella tuvo sueños agradables: estaba volando por encima de un castillo, pero no era humana, era una libélula que daba vueltas y vueltas sobre un castillo de mármol. El viento le rozaba la cara y sentía el batir de sus alas.