El eco del abismo

II. Nefaris

Nefaris era un reino precioso, lleno de vida y colores vibrantes. La alegría se respiraba en cada rincón del ambiente. Todo el gentío estaba reunido a partir de la plaza central, donde había un gran escenario y un micrófono en el centro. La gente esperaba impaciente, mientras que los mercaderes vendían mercancía como gorros o banderines y golosinas para los más pequeños. Arabella observó con tristeza la mirada de anhelo de su hermano al pasar junto a unas manzanas caramelizadas que olían muy bien.

Un hombre con el pelo blanco y envejecido se subió al escenario, pidiendo paciencia a los pueblerinos, pues su majestad el rey ya estaría en breve en el escenario. Se trataba de un importante anuncio, del que su majestad nos daría más información.

—Señorita del cabello color chocolate, —Arabella se dio la vuelta, una niña de la edad de Owen, vestía un vestidito rosa con los pliegues embarrados se había aferrado con su manita a uno de los lazos del vestido de la chica.—Me perdí. ¿Podría ayudarme a encontrar a mi mamá?

La niña la miraba con ojos suplicantes, Arabella le preguntó qué apariencia tenía y como se llamaba su madre, para poder divisarla entre la multitud. Cuando encontraron a la madre desesperada, la niña corrió a sus brazos y fue recibida con un afectuoso abrazo. Arabella las observó por un instante, con una sonrisa agridulce dibujada en el rostro. Estaba feliz de que la niña se hubiera reunido con su mamá, pero al mismo tiempo le recordaba todo lo que ella jamás había tenido.

Pensó en comentarle a Owen el tierno apodo que la niña le había puesto. Buscó su mano por costumbre.

Pero notó que su mano estaba vacía, sin ninguna manito con sus dedos entrelazados.

Owen se había ido.

En algún momento de la breve conversación con la niña y la búsqueda de su madre, Owen se había perdido. Una desperación inundó el cuerpo de Arabella, mientras escuadriñaba la multitud.

Niños que correteaban alegremente, pero ninguno de ellos era su hermano.

Jóvenes doncellas paseando y fijándose en las manzanas acarameladas, pero Owen no estaba ahí mirándolas con anhelo.

—Disculpe, señor.—detuvó a un anciano que caminaba en dirección contraria al escenario.—¿No vio a un niño aproximadamente de esta altura?—marcó la altura con las manos.—De pelo chocolate, es mi hermanito, se perdió hace un momento.

—¿No es ese que se está yendo con un hombre encapuchado?—preguntó una jovencita que había escuchado la conversación. Arabella giró y efectivamente, a una distancia considerable de ella, la figura de un hombre se escabullia con un niño que tenía la misma túnica que su hermano.

Empezó a correr, proporcionando empujones y disculpas a todo aquel que se encontrara en su camino. Las personas se indignaban al ser apartadas bruscamente por una chica que corría desesperada, pero a Arabella no le importó. No sabia quien era ese hombre y por qué Owen se había ido con él.

El hombre y el niño desaparecieron detrás del escenario. Arabella corrió con toda la energía acumulada que solo tendría alguien que jamás había visto la luz del día. Luego de varios tropiezos y pocos segundos de descanso, Arabella se escabulló por detrás del escenario.

Lo único que había era un vestuario majestuoso, con cortinas del color de la sangre y detalles de libélulas bordadas en hilos dorados. El enorme espejo dejaba entrever la ostentosidad de quien ocupaba el vestuario, así como el pedestal de terciopelo bordado con libélulas.
En el cojín carmesí, había aún una pista de lo que había estado ahí segundos antes: la marca en el polvo del cojín era circular. Solamente la ausencia de algo en ese cojín se sentía un crimen.

La joven no prestó atención a las libélulas, pero sí lo hubiera hecho, habría notado libélulas en cada parte de Nefaris. Y sí hubiera estado del otro lado del escenario, habría visto a un hombre encapuchado agarrando bruscamente a un niño del brazo, y habría visto la manta que envolvía algo circular y puntiagudo rodeada con el brazo del encapuchado.

—¿Owen? —su voz resonó en la penumbra del vestuario. No hubo respuesta, ninguna voz infantil ni acaramelada que le contestará. Lo único que escuchó en cambio, fueron los sonidos de las botas de alguien, acercándose a ella. Se dio la vuelta justo cuando la persona entró en la habitación. Era un joven, un joven arrebatadoramente hermoso, en cuyos ojos negros como el carbón refulgían llamas de furia. Su capa real, atada por el cuello, ondeaba peligrosamente debido a la velocidad de sus pasos. Los primeros botones de su camisa negra estaban desabrochados, lo que le daba un aspecto informal que bordeaba la indecencia.

—Tiene 5 segundos para explicarme que hace en mi vestuario antes de que llame a...—su mirada se topó con el cojín vacío detrás de ella. Una expresión de alarma total cruzó su rostro mientras la empujaba levemente para examinar el cojín. Se dio vuelta, con los ojos chispeando aun más que antes.—¿Usted se..?—parecía que se había quedado sin habla.—¿Dónde está mi corona?

Arabella tardó más tiempo del que le hubiera gustado entendiendo la identidad del joven que la había encontrado. Era el rey de Nefaris. Y su corona faltaba. Y la miraba como si quisiera sacudirla hasta que le revelara dónde había escondido su corona.

—Yo... no. Acabo de..

—No se atreva a mentir. Hace unos momentos acababa de revisarla, y ahora... ¿Qué es eso?

Su mirada se posó en algo detrás del pedestal, algo que Arabella no podía ver debido a su posición.

Hincó una rodilla y recogió algo. Se incorporó y se lo mostró a la curiosa joven. Era uno de los lazos rosados del vestido de Arabella.

—¡Guardias!




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