“Las torres fueron construidas para escuchar el alma del mundo.
Cuando una vuelve a encenderse, no es por voluntad humana,
sino porque algo antiguo ha recordado su nombre.”
-Fragmento hallado en los Archivos Sellados de la Academia Trison. Año 412 del Triflujo.
El amanecer llegó sin que ninguno de los dos hermanos hubiera dormido bien. Aldric se despertó antes del primer canto de los Siles, con la sensación de que algo lo llamaba desde lejos. El aire estaba frío y húmedo; las cañas de luz se habían apagado durante la noche.
Nera ya estaba despierta. Revisaba el cubo de agua con gesto cansado mientras cubría los hombros de su madre con una manta. Su cabello despeinado caía sobre el rostro, pero no parecía importarle.
—Voy al pozo —dijo sin mirar a su hermano—. Si quieres ayudar, recoge algo de leña.
Aldric asintió, aunque su atención no estaba en el cubo ni en la leña. Miraba hacia el horizonte, donde las colinas se perdían entre la niebla. Allí, en lo alto, aún podía distinguir la torre. Una débil luz seguía brillando en su cima, como una estrella que se había quedado dormida.
—Nera... —susurró—. ¿Viste eso anoche?
—¿La torre? Sí. Y no significa nada —respondió ella, tomando el cubo—. Algún viajero habrá encendido fuego en las ruinas.
—Pero nadie entra ahí —insistió Aldric—. ¿Y si alguien se coló? ¿No deberíamos avisar al pueblo?
Nera lo miró de reojo. —¿Y qué ganaríamos con eso, Aldric? Si nos ven, nos recordarán por lo que robamos ayer. Además, aún me falta un zapato, y no pienso correr así.
Él no discutió. Tomó algunas ramas secas del suelo y siguió subiendo colina arriba. El aire olía a pino y tierra mojada. El camino era estrecho, cubierto de hojas secas y raíces. Ninguno de los dos habló durante un buen rato.
A mitad del trayecto, Nera dejó el cubo en el suelo para descansar. Aldric se adelantó un poco. La torre estaba cerca. Por lo general evitaban esa zona, porque según él, "daba mala espina". Pero esa mañana, con los rayos del sol filtrándose entre la niebla, no parecía tan intimidante.
Se agachó bajo unos arbustos, mientras su hermana lo llamaba desde atrás. Allí, entre raíces cubiertas de musgo, se alzaba la Torre de Elección: antigua, erosionada, con grietas que subían por su cuerpo como cicatrices. Y, sin embargo, en lo alto, aún titilaba una luz blanca y profunda.
Nera lo alcanzó sin aliento. —Al... no deberíamos estar aquí. —¿Y si alguien nos ve? Tal vez solo le están dando mantenimiento. Vámonos.
—¿Quién nos va a ver? —replicó él, sonriendo—. Dicen que nadie ha subido en diecisiete años. Aunque... tal vez sea uno de esos fantasmas de los que hablaba papá... o un zombi.
Mientras más hablaba, más se asustaba. Su cuerpo le gritaba que se marchara, pero algo dentro lo empujaba a avanzar. Así que se armó de valor y empujó la vieja puerta de piedra.
—Eres un bobo —dijo ella, aunque su voz sonó menos firme—. Mamá nos está esperando para desayunar. Veamos al fantasma ese y démonos prisa.
La puerta gimió como si llevara siglos sin abrirse. El sonido retumbó por dentro. El aire estaba denso, lleno de polvo... y silencio.
—Es una biblioteca —dijo Nera, maravillada—. Mira cuántos libros. Tal vez aquí haya algo sobre la enfermedad de mamá.
—Aquí no hay nada sobre enfermedades... —respondió una voz seca desde las sombras—. Y no deberían estar aquí.
Ambos se giraron, sobresaltados.
A unos metros, un chico los observaba desde la penumbra. Tenía el cabello negro, lacio, y una expresión serena, casi triste. Sus ojos, de un gris tan pálido, parecían reflejar la niebla.
—¿Quién eres tú? —preguntó Nera, poniéndose delante de Aldric.
—Kael —dijo simplemente, sin apartar la vista de ella—. Y como dije... no deberían estar aquí. Váyanse.
—Oye, tú también eres un niño —replicó Aldric, poniéndose ahora delante de su hermana—. ¡Y no nos mires así, das miedo!
Kael suavizó la mirada. —Lo siento. No era mi intención asustarlos. Pero realmente deberían irse. Este lugar podría derrumbarse si no saben dónde pisar. Además, yo sí puedo estar aquí. Mi familia se encarga de cuidar la torre.
Los hermanos se miraron, sorprendidos. —¿Cómo que "se encargan"? —preguntó Aldric, desconfiado—. Si lleva muerta años... apenas ayer volvió a encender una luz.
—Tal vez alguna lámpara vieja se reactivó —respondió el chico con timidez—. Sea como sea, salgan ahora. No diré que vinieron.
—Oh, gran Kael, protector de ruinas —bromeó Aldric, levantando las manos en falso respeto.
—No le hagas caso —dijo Nera entre risas—. Hace bromas cuando tiene miedo.
—Soy Nera Ross —añadió, tendiéndole la mano—, y este es mi hermano Aldric.
—Kael Claw —respondió el chico, saludando con cierta torpeza.
Nera notó el vendaje en su palma. —¿Te pasó algo en la mano?
Kael bajó la mirada. —Un pequeño arañazo, nada grave. Vamos, será mejor que se vayan.
Los tres caminaron hacia la salida. Kael les contó que vivía en la torre junto a su padre, y que solo la mantenían limpia hasta la próxima ceremonia... si es que algún día volvía a haber despertados.
—Nos vemos —dijo Kael, despidiéndose en la puerta.
—¿No quieres venir a desayunar con nosotros? —preguntó Nera de pronto—. Te ves muy delgado... seguro no comes bien.
Kael pareció dudar. Observó cómo Nera ayudaba a Aldric a cargar la leña y esperó unos segundos antes de responder. —Gracias, pero no puedo. Mi padre me espera. Quizás... en otra ocasión.
Cerró la puerta lentamente.
—Qué raro es —murmuró Aldric mientras regresaban al camino.
—Sí, ¿verdad? —rió Nera—. Por eso estabas tan asustado que ni hablaste.
—Cállate —gruñó él—. Esa torre tiene una vibra rara, eso es todo.
Caminaron un rato más hasta llegar a la cabaña. Aldric empezó a cortar papas mientras Nera intentaba encender el fuego. Nada prendía.