“Algunos talentos nacen de la calma.
Otros… solo despiertan cuando el alma arde.”
Fragmento hallado en los Archivos Sellados de la Academia Trison.
Año 412 del Triflujo.
El fuego rugió con una fuerza que parecía querer devorar el mundo. Nera apenas alcanzó a gritar antes de que todo se tiñera de blanco. El rayo se lanzó como un latido, directo hacia su madre.
Pero alguien se interpuso. Una sombra cruzó entre ambas, rápida, decidida. El impacto fue brutal. El aire estalló en un zumbido agudo, y todo se desvaneció.
Cuando Nera abrió los ojos, lo primero que vio fue el humo. Las paredes ennegrecidas, la madera ardiendo en silencio. El olor a ceniza lo impregnaba todo.
Y ahí, sobre el suelo, estaba Aldric. Su espalda humeaba, la tela de su camisa desgarrada y pegada a la piel. La cicatriz aún ardía, una marca que parecía grabada con fuego puro.
—Aldric... —balbuceó, gateando hacia él—. ¡Aldric, no, no, no, esto no puede estar pasando!
Su hermano respiraba, apenas. El pulso débil, el rostro cubierto de hollín, pero aún con vida. Entre sus dedos, la mano de su madre seguía sujeta, como si incluso en la inconsciencia se negara a soltarla. Una cicatriz brillaba también en su brazo.
—No... no... —Nera apretó los dientes mientras las lágrimas le caían. El fuego que había nacido de ella se extinguía poco a poco, dejando solo brasas y humo. Sus brazos estaban cubiertos de pequeñas marcas rojas, cicatrices incandescentes que parecían moverse bajo la piel. Le ardían los dedos y las palmas; sobre su mano se veía lo que parecía un pequeño grabado... pero no tenía tiempo para eso.
El cuerpo le temblaba. Cada respiración era un ardor que subía hasta la garganta. Se abrazó a Aldric y a su madre, sin entender del todo qué acababa de hacer.
No sabía cuánto tiempo pasó así, hasta que un golpe en la puerta la sobresaltó. Tres toques fuertes, secos. La madera crujió y la voz de un muchacho se filtró desde fuera.
—¿Hay alguien ahí? ¡Vi humo desde la colina! ¡Están todos bien!
Nera alzó la mirada, temerosa. Reconoció la voz antes de verlo.
Kael.
La puerta se abrió con un chirrido, dejando entrar la luz de la mañana. Kael se detuvo en seco al ver el interior: las paredes ennegrecidas, el suelo cubierto de ceniza, la mujer inconsciente y Nera abrazando a su hermano.
—Dioses... —murmuró—. ¿Qué pasó aquí?
Nera no respondió. Tenía la mirada perdida, el temblor en las manos y las lágrimas marcando surcos en su rostro sucio.
Kael se acercó con cuidado, quitándose la capa para cubrir a Aldric. —Está vivo... pero apenas —dijo en voz baja, firme—. Necesitamos ayuda.
—No... —susurró Nera—. No pueden verlo. Si el pueblo sabe lo que pasó... avisarán a los guardias y me encerrarán.
Kael la observó en silencio unos segundos. Vio las marcas que aún brillaban débilmente en los brazos de la niña. Vio el miedo, la culpa y algo más profundo: la carga de quien había probado el poder del alma.
—Entiendo —dijo al fin—. Nadie tiene por qué saberlo.
Se quitó la bufanda y la envolvió alrededor de las manos de Nera, ocultando las marcas. Luego la ayudó a levantar a su madre y a su hermano.
—Hay un lugar detrás de la torre —explicó—. Una cámara vieja que usamos para almacenar libros. Estarán a salvo ahí por ahora.
Nera asintió, aún temblando. Se dejó guiar. El sol de la mañana apenas despuntaba entre la bruma, y el humo del incendio se confundía con la niebla.
Mientras caminaban, Nera miró la espalda de Aldric, envuelta en la capa de Kael. El olor a quemado seguía allí, pero también algo más... una sensación de calma extraña.
Al llegar a la torre, Kael la ayudó a dejar a su madre en un rincón cubierto de mantas. —Aquí no entrará nadie —dijo él—. Mi padre está fuera hoy. No te preocupes.
Nera lo miró. Las lágrimas se habían secado, pero su voz aún temblaba. —Kael... ¿qué me pasa?
Él tardó en responder. Sus ojos grises reflejaban las llamas que aún danzaban afuera. —Tu alma despertó —dijo con suavidad—. Al parecer, ese es tu talento.
—¿Lastimar a las personas? ¿Ese es mi gran talento? —dijo, mientras las lágrimas volvían a correr—. Todo fue por entrar a esa maldita torre. Si nunca hubiéramos ido, esto no habría pasado.
—Nera, entraras o no entraras a la torre, tus llamas hubieran despertado —respondió el muchacho, con una calma extraña—. Pero si no hubieras entrado... tal vez yo no habría ido a ver qué pasaba. Tal vez la torre fue lo que los salvó.
Nera bajó la mirada hacia sus manos envueltas. Sintió el pulso del fuego aún latente bajo la piel, un latido que no podía controlar. El peso del poder y del miedo mezclados en un solo respiro.
—Kael, quédate con ellos, por favor. Iré por medicinas o algún doctor en quien pueda confiar.
—Creo que tú deberías quedarte —respondió él—. Yo puedo ir.
—¡No! —gritó la niña—. ¿Y si los lastimo? Soy peligrosa.
—Nera... ¿y si esto sucede en el pueblo? No tendrías excusa. Te atraparían y llamarían a los reclutadores.
Nera quedó pensativa, impotente. A regañadientes, aceptó quedarse mientras Kael fue por medicinas. Pero por mucho que quisiera estar con su familia, tenía miedo de dañarlos más. Así que, mientras ellos descansaban dentro, ella permaneció sentada junto a la puerta, llorando como nunca antes.
Pasaron unos minutos antes de que Kael regresara, cargando una pequeña bolsa de cuero. No venía solo. Lo acompañaba una mujer mayor, de rostro severo y mirada profunda.
—Tía, ella es Nera. Su familia está adentro. Por favor, haz algo —dijo el niño con tono suplicante.
—Niña, llorando no lograrás nada —dijo la mujer sin rodeos—. Ve por un poco de agua y una manzana verde. Y tú, Kael, tráeme extracto de luvio. Tu padre debe tener guardado.
Nera no dijo nada. Solo obedeció. Corrió a traer el agua y buscó la manzana, mientras Kael volvía con el frasco.