El Eco del Alma

Sombras de un Fuego Silencioso

“Las torres no despiertan solas.

Alguien, en algún lugar, las está llamando.”

— Registro del Archivo del Norte, tomo VII

El silencio era tan espeso que las palabras de la anciana parecían flotar en el aire. Su voz, áspera y grave, tenía el peso de quien ha visto más de lo que debería.

—No entiendes, niña —dijo sin apartar la vista del brasero—. No buscan estudiantes. Buscan soldados. Algo está moviéndose en el mundo... y Trison tiene miedo.

Nera apretó las manos envueltas en la bufanda. Un resplandor rojizo asomó brevemente entre sus dedos antes de apagarse.

—¿Soldados? —murmuró, apenas audible.

—¿Contra quién? —preguntó Kael.

La anciana lo observó con una mirada que parecía atravesar el tiempo.

—No lo sé. Pero los rumores vienen de todos los reinos. Torres que despiertan después de décadas, grietas que gimen bajo la tierra, errantes que caminan más allá de los límites. Y ahora los reclutadores...

—Cada año más jóvenes —dijo Kael en voz baja.

Ella asintió.

—Cada año más desesperados.

Un leve ruido los interrumpió. Provenía de la entrada: un roce de suela contra piedra. Aldric estaba allí, medio oculto tras el marco, con la ropa aún manchada de hollín. Los miraba sin atreverse a salir, pero la curiosidad lo devoraba. No entendía del todo lo que decían, solo que algo en sus voces le helaba el pecho. Trison tiene miedo, repitió mentalmente.

La anciana giró hacia Nera.

—¿Y tú, niña? ¿Qué harás cuando vuelvan? Tu fuego ya no puede esconderse. No tardará en que pierdas el control de nuevo y alguien lo vea.

Nera bajó la mirada.

—No pienso irme. No quiero ser parte de eso. No quiero dejarlos. Me necesitan... y yo los necesito.

El fuego del brasero pareció agitarse con sus palabras. Entonces Aldric dio un paso al frente, impulsado por una mezcla de desconcierto y miedo.

—¿Cómo que fuego? —preguntó—. ¿A qué se refiere?

Los tres lo miraron. El silencio se hizo más denso. La sombra del niño, proyectada por el fuego, pareció alargarse sobre la pared.

—Aldric... —susurró Nera, pero ya era tarde.

—Nada de "Aldric". ¿Tenías un don? —su furia y dolor se mezclaron en la voz—. Todo este tiempo te burlaste de mi sueño de ir a la academia y despertar un talento... ¡y tú ya tenías uno!

—No lo sabía, Al —respondió Nera, con lágrimas contenidas—. Sucedió de repente y es peligroso. Casi te mato a ti y a mamá.

—¿Y quién es esta señora? —dijo él, señalando a la anciana.

Ella suspiró.

—Soy la tía de Kael, muchacho irrespetuoso. El fuego despierta donde el alma arde. Y la tuya, pequeño, arde más de lo que imaginas, pero esa mente tuya es frágil. Tu hermana despertó algo poderoso, y también peligroso, y como ves... no lo quiere.

La mujer cambió la vista entre los dos hermanos.

—Escuchaste todo lo que hablamos, ¿verdad?

Aldric asintió.

—Pero no tiene sentido. Trison es la academia más grande. ¿Cómo puede tener miedo?

—Son muy jóvenes. No tienen por qué preocuparse por lo que el viento cuenta —dijo ella con cansancio—. Si ya tomaste tu decisión, está bien. Pero ten cuidado, niña.

Se incorporó lentamente.

—Y tú, muchacho... tu hermana quiere quedarse con ustedes. Así que nadie tiene que saber de su fuego. ¿Entendido?

Aldric bajó la cabeza.

—Entendido.

Todos comenzaron a levantarse. Los chicos tomaron a su madre y comenzaron a caminar mientras Kael y su tía los acompañaban. Hablaron un poco sobre cómo cuidar las manos de Nera y los ejercicios que debía hacer para calmarse, pero Aldric tenía la mente en otro lugar. Quedaron en verse la semana siguiente para revisar cómo seguían y se despidieron al pie de la torre.

Los días siguientes pasaron lentos, envueltos en una calma tensa. La torre volvió a guardar silencio, pero el fuego de Nera no dormía. A veces se encendía en sueños o al tocar el agua mientras lavaba las vendas. Una tarde, al reír, una chispa saltó de sus dedos y encendió una cuerda colgante; otra noche, el vapor de su respiración dibujó una pequeña flama azul frente a su rostro. Nadie decía nada, pero todos lo sabían.

Kael trataba de distraerla llevando pan dulce o contándole historias sobre los viejos magos del norte, fingiendo no notar cómo el aire temblaba a su alrededor. Nera sonreía, aunque sus manos siempre permanecían cubiertas.

Aldric, en cambio, la observaba desde la distancia. Sonreía cuando ella lo miraba, pero por dentro sentía una punzada difícil de nombrar: una mezcla de envidia, miedo y amor. Cada vez que veía el brillo rojizo entre las manos de su hermana, recordaba lo débil que se había sentido el día del incendio. La cicatriz en su espalda seguía ardiendo con el cambio del clima, recordando que ella era fuego... y él, solo humo.

Una tarde, cuando el sol se hundía tras el mar y la brisa olía a sal, Aldric se alejó solo. El sendero hacia la costa estaba cubierto de hojas secas y piedras que brillaban con el reflejo del ocaso. Se sentó en una roca frente a las olas, con las rodillas recogidas y la mirada perdida en el horizonte.

—¿Por qué yo no? —susurró, dejando caer una piedra al agua. Las ondas se extendieron, difuminando su reflejo—. Siempre es ella la fuerte, la que carga con todo. Yo solo soy el que se queda atrás. Si tuviera un don, solo uno, podría ayudarla. Podría curar a mamá.

El viento sopló, arrastrando su voz hacia el mar.

—Podría demostrarles que también sirvo para algo —murmuró, más para sí mismo que para las olas—. Si ella despertó, tal vez yo también pueda. Quizá no soy fuego... tal vez soy agua. Y el agua apaga el fuego, ¿no?

Una sonrisa fugaz se dibujó en su rostro antes de desvanecerse. Cerró los ojos. Escuchó el rumor de las olas, el chillido de los poi-poi entre los matorrales, el murmullo del viento.

Entonces lo sintió: un estremecimiento leve, una vibración que recorrió su pecho como un latido ajeno. Entre el rumor del mar, algo pareció responderle: un eco. Abrió los ojos de golpe.



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En el texto hay: fantasia, magia, academia

Editado: 02.01.2026

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