El Eco del Alma

Los que Eligen

"No todos los elegidos desean serlo.

Algunos fueron tomados, otros vendidos,

y unos pocos simplemente no tuvieron dónde esconderse."

— Fragmento del Archivo de Reclutamiento de Trison, año 403 del Triflujo

El amanecer llegó envuelto en neblina. Las casas de la aldea parecían flotar entre el humo de los hornos y el olor a madera húmeda. El mar rugía a lo lejos, golpeando las rocas con un ritmo que se confundía con el pulso del pueblo.

Hacía días que los rumores habían comenzado. Se hablaba de torres encendidas en otras regiones, de errantes vistos cruzando los caminos, de aldeas visitadas por hombres con insignias de plata. Algunos los llamaban los buscadores del alma, otros simplemente los reclutadores.

Nera había dejado de salir mucho. Pasaba las mañanas moliendo hierbas o cuidando a su madre con ayuda de Kael, que últimamente pasaba más tiempo con ellos. Se había vuelto silenciosa, más de lo habitual, y cuando hablaba lo hacía con una calma que parecía forzada. Su fuego se mantenía dormido... o eso creía. A veces, cuando respiraba con fuerza, el aire se distorsionaba apenas, como si el calor quisiera escaparle por la piel.

La última revisión con la tía de Kael fue más tranquila que la anterior, aunque fue entonces cuando descubrieron que los rumores ya se habían extendido. Era un pueblo pequeño; todo se sabía.

Aldric la observaba sin decir nada. Había intentado convencerla de ir a la academia, de no tener miedo. Pero cada vez que lo hacía, ella solo lo miraba con esos ojos firmes, cansados, como si ya supiera que nada de eso importaría.

—No voy a dejarla sola, Al —repetía cada vez que él insistía—. No otra vez.

Así pasaron los días. El sol apenas se asomaba y el pueblo parecía contener la respiración. Los mercados se vaciaban temprano, los barcos ya no salían al mar, y hasta los poi-poi se mantenían ocultos entre los matorrales. Algo en el aire había cambiado, algo que los animales entendían mejor que los hombres.

Una tarde, Kael llegó corriendo desde el puerto. Traía el rostro pálido y el aliento entrecortado.

—Vienen —dijo apenas cruzó la puerta—. Desde el camino norte. Son de Trison.

El silencio cayó como un golpe. Nera dejó caer el paño que tenía entre las manos y Aldric se levantó de un salto.

—¿Estás seguro? —preguntó él.

—Llevan capas blancas y el emblema del Triflujo. Hay tres carruajes y un grupo de guardias. Están hablando con el alcalde.

Nera apretó los puños. Su mirada se desvió hacia su madre, que dormía en la esquina del cuarto, inmóvil como siempre.

—No pueden verla. No pueden verme.

Kael trató de calmarla, pero ella ya buscaba su capa.

—Nera, si huyes será peor —dijo Aldric, bloqueando la puerta—. No saben que eres tú. Nadie ha dicho nada.

—¿Y si lo saben? —replicó ella, con la voz quebrada—. ¿Y si vinieron por mí?

Kael bajó la voz.

—Mi tía escuchó a un vendedor decir algo sobre un don de fuego. Dijo que lo oyó de alguien cerca del mar.

Aldric se quedó helado. Lo entendió en un segundo.

—Es mi culpa —susurró—. Es mi culpa. Soy un tonto. No debí hablar con las estrellas. Desde que papá se fue, voy a ese lago a liberar pensamientos... no pensé que alguien me escucharía.

Nera lo tomó de las manos, Aún con sus guantes podía sentir su calor.

—Al, tranquilo. No lo sabías. No te culpo, Solo... cuida a mamá, ¿sí?

Aldric estaba a punto de romperse. Aquella charla con las estrellas había sido su desahogo, su promesa de protegerlas, pero ahora comprendía que había sido él quien los había delatado. Sus manos temblaban mientras buscaba en el estante un pequeño cuchillo de caza.

—No sé qué piensas hacer con eso, Al, pero déjalo —dijo Nera, con la voz temblorosa.

—Nera, no lo entiendes. Yo debería estar protegiéndote a ti y a mamá. Se lo prometí a él... —sus lágrimas comenzaron a caer—. Por mi culpa ellos vienen. Tal vez pueda ganar algo de tiempo, robar algo del mercado o liberar un ave de luz para distraerlos. Algo tengo que hacer.

Nera lo abrazó con fuerza. Aldric odiaba que su hermana fuera tan madura, pero al mismo tiempo le daba una extraña calma. Sin embargo, esa sensación también le provocó un vacío: lo sentía como una despedida.

Antes de soltarse, escucharon un ruido detrás de ellos.

—¿Mamá?

Lili estaba allí. De pie, sin ayuda, mirándolos con una expresión cargada de emociones. Parecía querer decir algo, pero las palabras se le negaban. Kael empujó suavemente a Nera hacia ella, y la niña corrió a abrazar a su madre entre sollozos.

—Lo saben, mamá —lloraba—. Saben que soy yo. Y aunque no lo sepan, aquí hay muy pocos niños. Me encontrarán... y yo no quiero irme. No quiero dejarlos.

Su madre la estrechó con fuerza. En otro momento Nera se habría sorprendido, pero ahora solo se aferró a ella. Aldric iba a hablar, pero entonces comenzó el ruido.

El mar rugió más fuerte, como si presintiera algo.

Las voces del pueblo, las ruedas sobre el barro, el tintinear de las armaduras. La tensión crecía como una tormenta. Nera dio un paso atrás, temblando. Kael la sujetó del brazo.

—Ven conmigo. Los túneles bajo la torre aún existen. Podemos ocultarte ahí. Podemos ocultarlos a los tres.

—No puedo hacer eso, Kael. Si desaparecemos todos, será más obvio. ¿Y si quieren lastimarlos? Ya los herí una vez. No puedo hacerlo de nuevo.

Aldric la miró, inmóvil. Recordó las palabras de la tía de Kael: "Tu fuego no puede esconderse para siempre."

Nera le devolvió la mirada, firme pero rota.

—Si algo pasa, no dejes sola a mamá —dijo, y su voz sonó más fuerte de lo que sentía.

Nera salió corriendo, Kael detrás de ella, tratando de convencerla. Aldric quedó solo, con el eco de sus pasos perdiéndose entre la niebla. Afuera, las campanas del puerto repicaron tres veces, un sonido que siempre había traído malas noticias.



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En el texto hay: fantasia, magia, academia

Editado: 02.01.2026

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