El Eco del Alma

Los Elegidos

"Dicen que los reclutadores no buscan talento, sino destino.

Y el destino... rara vez pregunta antes de llamar."

— Fragmento hallado en los Archivos Sellados de Trison.

El aire olía a hierro y lluvia. Las ruedas de los carruajes hundían el barro del camino mientras los emblemas del Triflujo brillaban bajo la neblina. El pueblo entero observaba desde las puertas entreabiertas; nadie hablaba, nadie se atrevía. Nera y Kael estaban mezclados entre la multitud, tratando de no llamar la atención. Kael le susurraba que aún podían escapar, que encontrarían otra salida, todo mientras se tocaba la venda de su mano herida.

Las insignias plateadas se adelantaron. Uno de los hombres, de voz firme y porte marcial, levantó la mano.

—Aldea de Liria, siéntanse orgullosos —proclamó mientras se quitaba el casco, dejando ver una cicatriz que le cruzaba el ojo—. Soy el general Malik, y traigo un mensaje de Trison: su pueblo ha sido bendecido con un Eco. Y saben lo que eso significa.

El murmullo se volvió gritos. Las voces se alzaron, jubilosas. "¡Un Eco! ¡Por fin uno en Liria!", decían. Algunos aplaudían, otros lloraban. Sabían lo que eso implicaba: apoyo, recursos, carne, herramientas. Prosperidad. Nadie pensaba en el precio.

—Ahora... —continuó Malik, con una sonrisa casi amable—, solo necesito saber quién es. Alguien con fuego, un don brillante, difícil de ocultar. Acérquenlo, y todo será más sencillo.

Su tono tenía la cortesía de una orden. Nadie se movió. Una mujer, desde un puesto de fruta, se atrevió a hablar:

—Sabemos que está aquí, pero no ha querido mostrarse. Qué egoísta, ¿verdad?

—Eso se resuelve fácil —dijo Malik, tomando un bastón plateado de su costado—. Traigan a todos los niños. Una simple gota de sangre bastará. El bastón sabrá quién es.

El murmullo cambió de color. El miedo empezó a oírse en las respiraciones contenidas. Nadie quería que tocaran a sus hijos. Un guardia avanzó, tomó al primero que tuvo a mano: un niño pequeño, no mayor de ocho años.

—¡Déjenlo! ¡Él no tiene ningún don! —gritó su madre entre sollozos.

Malik se acercó, sereno.

—No hay edad mínima. Solo hay límites de ignorancia —dijo con voz baja, casi divertida. De la punta del bastón emergió una aguja brillante que giraba sobre sí misma—. Todo esto se resolvería si "chispitas" aparece.

El niño temblaba, los aldeanos se mantenían quietos, atrapados entre el miedo y la culpa. Nadie se movió. Nadie habló.

—¡Alto!

La voz cortó el aire. Todos giraron. Nera estaba allí, con los ojos rojos y las manos temblorosas. Lentamente se quitó los guantes. Bajo la tela, las cicatrices ardían con un resplandor tenue.

—Yo soy la que buscan. Déjenlo —dijo, avanzando.

Kael trató de detenerla, sujetándola por el brazo.

—No, Nera, por favor—, susurró, pero ella se zafó.

Malik sonrió, satisfecho.

—Sabía que el pueblo de Liria era unido. No pensaba lastimar al niño, pero a veces, la verdad necesita un poco de miedo —comentó, guardando el bastón. Los guardias soltaron al pequeño y se disculparon con la familia. La multitud, antes eufórica, se volvió silencio.

Dos soldados tomaron a Nera por los brazos. Ella no resistió. Caminó entre ellos con la cabeza alta, aunque los ojos se le llenaban de lágrimas. Entonces, una voz rompió el aire.

—¡Nera!

Aldric llegó corriendo, empapado de sudor y barro. Se detuvo al final de la calle, jadeando. El corazón le retumbaba tan fuerte que apenas podía respirar.

—¡Suéltenla! ¡Ella no quiere ir! ¡No pueden llevársela!

Nera lo miró con desesperación.

—Déjenme despedirme, por favor —pidió al guardia—. Es mi hermano.

—Ya perdimos suficiente tiempo con tu espectáculo —respondió uno de los hombres, empujándola hacia el carruaje.

Kael se acercó a Aldric y le susurró algo al oído. El niño lo miró, confundido. Kael solo sonrió con tristeza.

—Oigan —dijo, levantando la voz hacia los guardias—. ¿Por qué no me llevan también a mí? Sería mejor tener dos ecos que uno, ¿no creen?

Todos se giraron. El silencio se hizo más denso. Kael se quitó la venda de la mano y mostró el símbolo del Triflujo grabado sobre su piel. Malik arqueó una ceja, sorprendido.

—Dos ecos... interesante —murmuró, con una sonrisa ladeada—. Su pueblo es más valioso de lo que creía.

Kael miró a Aldric y le guiñó un ojo, como si le prometiera que todo saldría bien. Luego caminó hasta colocarse junto a Nera. Ella lloraba, negando con la cabeza.

Pero algo cambió. Nera alzó la vista y vio a lo lejos su casa. Lili Ross estaba de pie en la puerta, con el viento agitándole el cabello, mirando la escena con una expresión que parecía contener siglos.

—Mamá... —susurró Nera, rompiéndose—. ¡Esperen! ¡Olvidé algo en casa! ¡Solo un segundo, por favor!

Los guardias la sujetaron con más fuerza. Kael y Aldric reaccionaron al mismo tiempo. Kael fingió extender la mano, como si fuera a invocar su poder, y los soldados retrocedieron por reflejo. En ese instante, Aldric corrió hacia Malik, sacando el pequeño cuchillo de caza que llevaba escondido.

Malik no se inmutó. Con un gesto, el arma salió volando de sus manos, pero el niño siguió corriendo, desesperado.

—¡Ella no quiere ir! ¡Déjenla en paz! —gritó.

—La elección no depende de querer, niño. El alma responde cuando el Triflujo la llama —respondió Malik con serenidad.

—¡Ella no es un arma! —rugió Aldric, y al tomar el brazo del guardia que intentó detenerlo, algo invisible estalló.

Un destello blanco cruzó el aire, envolviéndolos a ambos. El suelo tembló. El eco de un trueno sin sonido sacudió el pueblo.

El cuerpo del guardia fue lanzado hacia atrás, y de la mano de Aldric emergió una figura translúcida: su reflejo perfecto, un duplicado hecho de luz y niebla que imitaba cada uno de sus movimientos.



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En el texto hay: fantasia, magia, academia

Editado: 02.01.2026

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