"A veces, los caminos no se eligen.
Son las cicatrices las que deciden hacia dónde vamos."
Fragmento hallado en los Registros del Triflujo, año 413.
El carruaje avanzaba entre el lodo con el ruido constante de la lluvia golpeando el techo. Dentro, el aire era espeso, húmedo, y olía a cuero mojado y a miedo. Nera mantenía la vista fija en la ventana empañada, observando cómo el paisaje se deshacía detrás de ellos. La aldea se había perdido entre la niebla, y con ella, todo lo que conocía.
A su lado, Aldric permanecía inconsciente. Su cabeza descansaba sobre su regazo, el rostro pálido, la piel perlada de sudor. Su respiración era irregular; a veces parecía detenerse antes de volver en un leve sobresalto.
—No debió ser él —murmuró Nera, más para sí que para los demás—. No tenía que pasarle esto.
Kael, sentado frente a ellos, alzó la mirada. El movimiento del carruaje le daba un aire cansado, distante. Había estado callado desde que partieron, mirando sus manos como si la venda que las cubría le pesara más que el viaje mismo.
—Aldric tiene un alma fuerte —dijo por fin, con voz baja—. Si sobrevivió a un eco en su primer despertar, sobrevivirá a esto.
—No me consuela —replicó Nera—. No debería estar aquí. Ninguno de nosotros debería. Si hubiera sabido que esto pasaría, si hubiera pensado que él se arriesgaría así... tal vez debimos escondernos. Y mamá...
—Nadie podía preverlo, Nera. Es muy raro que dos personas despierten un eco en la misma aldea, y menos en nuestras condiciones.
—Pero tú tienes uno también —le recriminó, con el rostro endurecido—. Y aun así no trataste de ayudarnos hasta que todo explotó. ¿Por qué?
Kael bajó la mirada, apretando los puños. Parecía querer responder, pero no soltó palabra. Nera lo observó con una mezcla de enojo y decepción. Así siguió la mitad del viaje, en un silencio espeso que ni la lluvia podía romper.
La noche cayó antes de que el carruaje se detuviera. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto de nubes pesadas que apenas dejaban ver la luna. El grupo montó un pequeño campamento junto al camino, bajo una vieja encina. Los guardias encendieron una hoguera mínima, más por costumbre que por calor, y se alejaron a montar guardia entre los árboles.
Nera bajó con el cuerpo entumecido. Sus manos aún temblaban, pero lo ocultó bajo los guantes húmedos. Ayudó a recostar a Aldric sobre una manta. Dormía inquieto, con el ceño fruncido y la respiración irregular; cada tanto, su cuerpo se estremecía como si una corriente lo atravesara.
Kael estaba a unos metros, observando las brasas con la mirada fija. La luz del fuego le pintaba el rostro de tonos cobrizos y cansancio. Después de su intercambio en el carruaje, ninguno había vuelto a hablar. Nera lo miró durante un largo momento, hasta que la rabia pudo más que el silencio.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó al fin, con la voz quebrada—. ¿Por qué te ofreciste? ¿Por qué nos mentiste? ¿Qué es lo que quieres, Kael?
Kael no respondió de inmediato. Apartó una rama del fuego, la observó un instante y la dejó caer otra vez entre las llamas.
—Porque quería protegerte... protegerlos. —Su voz era baja, casi un suspiro—. No podía dejarte venir sola.
—¿Protegernos? —repitió Nera, con incredulidad—. Nos están llevando lejos de todo. De mi madre, de mi casa. ¿Cómo se supone que eso es proteger? Además, no vi que hicieras nada extraordinario. ¿De verdad despertaste?
—No podía detenerlos —continuó Kael, sin levantar la vista—. Yo... lo que soy, lo odio. Esta cosa es una maldición. Desde el momento en que desperté, hace años, solo ha traído desgracias.
El fuego crepitó entre ellos. Nera sintió cómo la furia acumulada se mezclaba con algo peor: la culpa.
—Nos mentiste, Kael. Confiaba en ti —susurró sin levantar la mirada—. Mi familia confiaba en ti, incluso Al te comenzaba a ver bien. ¿Por qué no hablaste conmigo?
Kael se llevó una mano al pecho, como si las palabras dolieran al salir. Tenía el rostro pálido, la respiración temblorosa.
—Porque no podía. —Su voz se quebró—. Mi madre murió por mi culpa. Por mi don.
El silencio cayó pesado. Solo el viento movía las ramas. Nera lo miró otra vez y notó que la venda de su mano goteaba sangre.
—Tu herida... —murmuró—. Aquel día en la torre... no fue un accidente, ¿verdad? Pensé que solo cubrías tu marca.
Kael sonrió sin alegría.
—Cuando mamá se fue —dijo con voz baja—, mi padre también se fue con ella.
—Pero me dijiste que tenías que ver a tu padre, o que estaba fuera. También mentiste.
Kael bajó la mirada. Una lágrima le tembló en el ojo.
—No te mentí. Él está en la torre. Mi tía y yo lo cuidamos. Pero mamá murió... y el alma de mi padre no lo soportó. Cuando volvió esa noche, estaba destrozado. Me contó lo que pasó, pero no me miraba a mí. Miraba mi mano.
Apretó los puños hasta que la venda se empapó de sangre. Nera se movió por reflejo, como queriendo detenerlo.
—Me dijo que algo salió mal. Que algo golpeó a mamá y su alma se rompió. Habían ido a visitar a un amigo suyo, estaban felices porque su hijo había despertado muy joven, pero les aterraba mi don. Mamá quiso ver si podía hacer algo... y todo ocurrió.
Kael respiraba con dificultad.
—Todo fue por mí. Por mi culpa. Papá me lo repitió tantas veces que terminé creyéndolo. Vi cómo su marca se fue apagando, rota. Su alma siguió a la de mamá. Y todo por esta maldita marca.
—¿Y por eso...? —susurró Nera.
—Sí —respondió con la mirada perdida—. Un día no aguanté más. Tomé la vieja espada de papá y traté de quitármela. Pero no funcionó. Nadie puede borrar lo que el alma graba. Mi tía me encontró, me curó. No me regañó. Solo me abrazó.
Nera se cubrió la boca. No sabía qué decir. Estaba dolida por la traición, pero nunca imaginó algo así.