El Eco del Alma

El Eco y la Prueba

“No todos los fuegos arden igual; algunos lo hacen en silencio, esperando que alguien los vea.”

— Fragmento del Diario de los Recién Llegados, Academia Trison.

El pasillo de los dormitorios olía a piedra fría y cera vieja. Las antorchas flotaban sin fuego, suspendidas por un resplandor azul que latía con cada paso. Malik caminaba delante de ellos con su andar firme, casi sin mirar atrás.

Nera sostenía el brazo de Aldric, que seguía débil aunque fingía lo contrario. Kael los seguía en silencio, el rostro tenso, la venda de su mano oscurecida por la humedad. Ninguno hablaba. Solo el eco de sus pasos llenaba el corredor.

Al llegar a una bifurcación, Malik se detuvo.

—Las chicas, al ala este —dijo, señalando un arco tallado con flores de cristal—. Los hombres, por el corredor norte. Mañana al amanecer comienza su prueba de integración. Descansen… se ve que lo necesitan. —Su mirada se posó un instante en Kael—. Más tú, lobito.

Kael no dijo nada, pero juraría que esbozó una mueca de sonrisa.

—¿Y mamá? —preguntó Nera otra vez, con la voz casi rota.

Malik no se volvió.

—Confía en el director. —Fue lo único que dijo antes de perderse entre las escaleras.

El silencio que quedó entre los tres fue más pesado que el aire. Kael quiso hablar, pero la mirada de Nera lo detuvo. No había odio en sus ojos, solo una distancia que dolía.

—Nos vemos mañana —murmuró ella, y antes de que alguien respondiera, giró hacia el arco del ala este.

El dormitorio femenino estaba lleno de murmullos. Había otras chicas recién llegadas, algunas más jóvenes, otras con la mirada endurecida. Nera dejó su bolsa junto a una cama junto a la ventana. Afuera, la niebla cubría los jardines de la academia y las torres titilaban como faros azules.

—¿Acabas de llegar? —preguntó una voz suave.

Una chica de cabello blanco y ojos gris azul la observaba con curiosidad.

—Sí —respondió Nera con cautela—. ¿Tú?

—Llevo un tiempo aquí. Me llamo Erynn. —Sonrió apenas—. Si sobrevives al lunes, ya estás dentro.

Nera no respondió, pero esa pequeña muestra de empatía le arrancó un suspiro. Se recostó sin quitarse las botas, los guantes doblados sobre la mesita. Afuera, las torres seguían respirando luz.

Mientras tanto, Kael y Aldric cruzaron al ala norte.

El dormitorio masculino era amplio, de muros grises y camas alineadas con precisión militar. Solo quedaban unas pocas libres, lo que significaba que tendrían que compartir.

Kael dejó su bolsa en una esquina sin mirarlo.

—Puedes tomar la cama junto a la ventana.

Aldric lo ignoró.

—No necesito tu compasión. —Su voz fue baja pero cortante—. Ya hiciste suficiente.

Kael respiró hondo.

—No lo hago por compasión, sino porque está más cerca de la salida.

—Perfecto, así puedo irme cuando me canse de ti. —El comentario salió más cruel de lo que pretendía.

El silencio volvió, pesado. Kael se sentó al borde de la cama y comenzó a desatar lentamente la venda de su mano. La herida seguía abierta, rosada, con un borde brillante que palpitaba bajo la piel.

Aldric lo observó de reojo.

—¿Te duele?

Kael negó.

—Ya me acostumbré.

—No deberías. —Su tono había perdido la furia, pero no la desconfianza.

—Ya que nos mentiste, tengo derecho a saber algo —insistió Aldric, sin apartar la mirada—. ¿Cuál es tu don? ¿Qué haces en realidad?

Kael guardó silencio por un momento. Miró su propia mano, pensativo, con la mirada perdida entre recuerdos.

—Sinceramente, es algo inútil. —Su voz fue baja, casi un suspiro—. Solo funciona cuando no estoy solo. Por sí mismo, no es más que un cascarón vacío.

No quiso decir más, y Aldric lo entendió. Ambos estaban cansados.

La noche los envolvió con un frío metálico.

Nera soñó con fuego y lluvia.

Aldric no durmió. Kael tampoco.

Solo escuchaban el rumor distante del mar, que incluso desde la academia llegaba como un eco lejano.

Al amanecer, un toque de campanas quebró el silencio.

La luz azul de las torres entró por las ventanas, filtrándose como hilos de agua. Aldric se incorporó y miró a Kael, que ya estaba de pie. No se dijeron nada, pero compartieron una mirada breve, resignada.

En el patio central, los reclutas formaban filas frente a un círculo de piedra cubierto de símbolos luminosos. Nera los buscó con la mirada hasta encontrar a su hermano entre la multitud. Malik caminaba entre los grupos, dando órdenes con voz seca.

—Bienvenidos a su primer amanecer como aprendices del Triflujo —anunció—. Lo que viene determinará si son dignos de permanecer aquí… o si regresarán con las almas rotas. —Hizo una pausa, dejando que el silencio pesara—. Tranquilos, no literalmente. Pero si me hacen quedar mal frente al Director, puede que sus huesos sí.

Algunos rieron nerviosos. Otros bajaron la vista.

Aldric tragó saliva. Kael cerró los ojos. Nera apretó los guantes hasta que las costuras le marcaron los dedos.

En lo alto, desde un balcón rodeado de cristal, Arven los observaba. Su expresión era serena, pero sus ojos brillaban con una luz antigua, capaz de desnudar el alma de cualquiera.

El aire comenzó a vibrar.

Los símbolos del suelo se encendieron, trazando un círculo perfecto.

—Prueba de Integración —dijo Malik, sacando el mismo bastón que había usado días atrás—. Paso uno: enfrentar su propio eco.

El suelo tembló bajo sus pies.

—Les explico algo —continuó—. Este círculo amplifica el alma y empuja su eco a manifestarse. No es peligroso si lo controlan, pero si pierden el equilibrio… yo lo controlaré por ustedes.

Los estudiantes se organizaron en cinco filas. Eran unos veinte, de distintas edades: algunos de quince años, otros apenas de seis. Los más pequeños temblaban, aferrando sus amuletos.

Nera respiraba rápido.



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En el texto hay: fantasia, magia, academia

Editado: 29.01.2026

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