“No todos los ecos se manifiestan con fuego o luz.
Algunos solo respiran en la quietud, esperando el momento en que el mundo se atreva a nombrarlos.”
— Fragmento de los Archivos del Triflujo, Tomo II
Por un momento, nadie respiró.
La voz de Malik aún flotaba en el aire, helada e implacable.
—¿Por qué no pasas tú, lobito?
El murmullo se apagó al instante. Los reclutas se miraron entre sí, desconcertados. Kael levantó la cabeza lentamente, sin sorpresa, como si hubiera estado esperando ese momento desde el principio.
Nera sintió cómo el estómago se le encogía; su corazón golpeaba con fuerza, cada latido un eco del miedo que ya conocía demasiado bien.
—No… —susurró casi sin voz—. No él.
Aldric la miró, confundido.
—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja, pero Nera no respondió. Sus ojos no se apartaban de Kael. Sabía lo que significaba para él entrar en ese círculo, sabía lo que había intentado hacer con su propia marca, sabía que no quería volver a sentirla arder.
Kael dio un paso al frente. Cada movimiento era medido, tenso, como si cada músculo pesara más de lo que debía. Malik lo seguía con la mirada, sin burlas esta vez, sin ese tono de superioridad que solía usar. Solo observaba.
Cuando Kael cruzó el borde del círculo, el aire pareció detenerse.
—¿Qué eres, lobito? ¿Cuál es tu eco?
—Prefiero mostrarlo a decirlo —respondió mientras desataba lentamente la venda de su mano—. Dios, por favor… —susurró apenas audible.
—Como quieras —replicó Malik encendiendo el círculo.
Nada se movió.
Ni un brillo, ni una chispa, ni el más leve pulso de energía.
Los reclutas comenzaron a murmurar. Algunos rieron nerviosos, creyendo que el chico simplemente había fallado. Aldric miró a Nera, buscando alguna explicación, pero ella seguía inmóvil, el rostro blanco como la ceniza.
Malik seguía sin moverse. No apartaba la mirada de Kael, y el silencio se volvió tan denso que nadie se atrevía a respirar.
Kael levantó apenas su mano desnuda, la observó un instante —como si pesara una eternidad—, y luego la bajó sin decir palabra.
El silencio era insoportable.
Aldric dio un paso, confundido.
—¿Qué… pasa? —susurró.
Malik no respondió. Solo alzó la vista hacia el balcón, donde Arven observaba desde lo alto. El Director inclinó la cabeza, apenas un gesto, pero suficiente. Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en su rostro.
Malik exhaló, y algo cambió en su expresión.
—Kael Claw —anunció con voz firme—. Prueba aprobada.
El círculo se apagó.
—Abajo, lobo —añadió con tono neutro—. Pareces a punto de desmayarte.
Kael salió con la misma calma con la que había entrado, sin mirar a nadie. Su rostro no mostraba alivio, solo una fatiga antigua, como si cargara con algo demasiado grande para ser visto.
El murmullo estalló entre los reclutas. Algunos protestaron, otros lo miraban con recelo.
Aldric dio un paso al frente, indignado.
—¡Pero si no hizo nada!
Malik lo ignoró, repasando el pergamino como si leyera algo invisible.
—El siguiente. —Fue todo lo que dijo.
Nera seguía temblando. No de miedo, sino de una certeza helada que no podía explicar. Kael había pasado sin mostrar su eco, y aun así, Malik y el Director lo aprobaron. Eso solo podía significar una cosa: ambos sabían lo que él guardaba. Y si decidían callarlo, no era por compasión. Era porque querían usarlo.
Kael regresó a su lugar sin levantar la vista. Su paso era lento, pero sus ojos conservaban esa calma inquietante de quien ya ha hecho las paces con su condena. Nera lo observó mientras se cruzaban, y por un instante, juró que la marca de su mano brillaba débilmente bajo la venda, con un tono plateado que no pertenecía a este mundo.
—¡Oye, Kael! —Aldric avanzó con prisa y se le acercó—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué te aprobaron? ¡No hiciste nada! ¿Qué más nos estás ocultando?
Kael estaba por responder cuando vio a Nera moverse; ella sujetó a su hermano justo a tiempo. Malik ya había levantado su bastón, y Kael lo notó. Se apartó de inmediato, le hizo un gesto a Malik, y este ordenó a dos guardias que lo llevaran a la enfermería.
Todos lo miraron mientras se lo llevaban. Aldric, furioso, se giró hacia Nera, pero al ver su expresión rota, bajó la cabeza.
El ambiente se volvió pesado, casi opresivo.
—¡Orden! —tronó la voz de Malik amplificada por el eco. Todos volvieron a sus posiciones.
—El siguiente. No lo repetiré.
Las pruebas continuaron. Algunos fueron aprobados, otros rechazados. Los ecos se manifestaban con fuego, hielo, emociones o cuerpos que se encendían de fuerza. Cada niño mostraba su don con orgullo o terror, y el suelo parecía respirar con ellos.
Cuando el grupo se redujo a los últimos cinco, Malik enrolló su pergamino.
—Tomaremos un breve descanso —dijo con tono relajado—. Luego seguiremos con ustedes.
Pasó la vista por los nombres, y una sonrisa apenas perceptible se dibujó en su rostro.
—La siguiente es Nera Ross.
Hizo una pausa.
—Veamos si tienes algo de tu padre.
El silencio volvió a caer, pero esta vez no fue de asombro, sino de miedo.
El aire mismo parecía prepararse para arder