El Eco del Alma

El que no Brilla

“No todos los dones nacen para ser vistos.

Algunos se esconden hasta que el alma deja de temer.”

— Fragmento de un antiguo sermón trisoniano

El grupo se había movido al siguiente círculo mágico, junto al lago.

El aire era distinto allí: cargado de energía, con un brillo que hacía vibrar el agua en tres tonos cambiantes. Las plantas parecían respirar, los árboles centelleaban con savia dorada y los animales tenían formas imposibles.

Pero lo que más imponía no era el paisaje, sino la presencia del Director Arven.

Ya no observaba desde su balcón: estaba allí, entre ellos, lo que bastaba para volver el silencio absoluto.

Los alumnos se alinearon bajo un árbol de hojas moradas. Aldric se detuvo bajo un nido de teselios —pequeñas aves de cuatro alas que revoloteaban sobre el lago—, mientras Nera y Kael regresaban desde la enfermería. Ella parecía más estable, aunque aún temblaba un poco al respirar.

—Bien, sigamos. Paul Son, te toca brillar —dijo Malik con voz cargada de ironía.

El chico que había ayudado a Nera dio un paso al frente.

Tenía el cabello revuelto, los ojos color cobre y una sonrisa segura que contrastaba con el miedo de los demás.

—A sus órdenes, señor.

Se quitó la capa, posó la mano sobre el suelo, y el círculo respondió con un pulso grave.

La tierra se alzó en torno a él, formando una columna pulida que lo elevó sobre los demás.

De la base surgieron raíces y lanzas de piedra, que giraban a su alrededor como si siguieran una melodía invisible.

El público se apartó, sorprendido; incluso Malik arqueó una ceja.

Paul sonrió, bajó la columna con un gesto, y las lanzas se curvaron, convirtiéndose en fragmentos que flotaban junto a él.

Cuando el último trozo de tierra se hundió en el suelo, el círculo se apagó.

El muchacho respiraba agitado, pero victorioso.

Malik asintió.

—Control, fuerza y sin miedo… se nota que practicaste. Bastante bueno para jugar con piedritas.

Paul sonrió con respeto.

—Gracias, señor.

—No me agradezcas. El día que creas dominar tu eco será el día que te destruya. —La sonrisa de Malik se curvó—. Aprobado.

A lo lejos, se escucharon aplausos.

Arven sonreía, apoyado en su bastón.

—Hacía tiempo que no veía una presentación así. —Sus ojos brillaron—. Puede que seas el segundo con más potencial… o el tercero. —Miró a Nera y luego a Kael.

Aldric sintió el estómago hundirse.

“Después de eso… ¿cómo se supone que compito?” pensó.

Ni siquiera entendía qué hacía su don.

—Muy bien, pequeño Ross. —Malik sonó casi divertido—. Ya que tanto quieres brillar, es tu turno.

Nera giró alarmada.

—Aldric… no tienes que—

—Sí tengo, yo me lo busque —la interrumpió, aunque su voz tembló.

Kael lo observaba desde el borde, sin hablar, pero con una sombra de preocupación en la mirada.

Aldric avanzó despacio.

El suelo aún conservaba las grietas de Paul; el calor subía por sus piernas.

Malik lo miraba con una mezcla de burla y expectativa.

—Veamos si el hermanito tiene más que palabras.

El círculo se activó.

El aire se volvió pesado, blanco, denso.

Aldric sintió un tirón en el pecho, como si algo le arrancara el alma. Cayó de rodillas.

El suelo tembló.

Una figura emergió frente a él.

No tenía rostro ni contornos definidos, apenas una silueta de niebla brillante que imitaba su postura.

Se arrodillaba, respiraba, incluso temblaba igual.

Nera dio un paso adelante, horrorizada.

—¿Qué es esa cosa?

Kael frunció el ceño.

Malik bajó el bastón y lo tocó apenas con la punta.

La figura cayó… y Aldric también.

El niño se levantó sobresaltado; su eco lo imitó, pero cuando alzó la mano, el reflejo no lo siguió.

Se quebró.

Se desvaneció como vidrio al sol.

El círculo se apagó.

Malik lo observó sin decir palabra.

Arven había dejado de sonreír.

Nera corrió hacia su hermano, pero los guardias se adelantaron.

Aldric jadeaba. Su marca brillaba débilmente, una línea plateada que subía por el brazo.

—¿Qué… pasó? —balbuceó.

Malik se cruzó de brazos.

—Aldric Ross. Prueba fallida.

El silencio cayó como un golpe.

—¿Qué? —Aldric lo miró incrédulo—. ¡Pero lo hice! ¡Lo vi! ¡Puedo pelear por dos!

—Y serás el doble de estúpido —replicó Malik—. Si hieren a tu reflejo, te hieren a ti. Eres una diana que grita “golpéame”. Inútil.

Aldric apretó los dientes, sin poder creerlo.

Nera lo sostuvo antes de que cayera del todo.

—Si tú no estás aquí, yo tampoco —susurró ella—. Hablaré con Arven.

Una voz profunda los interrumpió.

—Eso no será necesario.

El director se acercó despacio.

—Pequeño Ross, mira tu marca. ¿Le ves algo raro?

Aldric levantó la mano, confundido.

—No… se ve igual que antes.

—Exacto. —Arven rió suavemente—. Colapsaste dos veces y tu marca sigue intacta. Eso no es debilidad, es resistencia. Tu alma soporta lo que tu cuerpo aún no puede.

Su mirada se volvió seria.

—Cuando activaste tu eco, no buscabas controlarlo, ni entenderlo. Pensabas que no eras suficiente. Y eso, niño, es lo que realmente te detiene.

El aire alrededor se tornó más liviano.

Arven miró a Malik y asintió.

—Aldric Ross. Prueba aprobada.

Malik aguardó hasta que el grupo se dispersó, caminando detrás de Arven.

El director avanzaba despacio, con las manos detrás de la espalda.

El viento agitaba las hojas violetas sobre el lago.

—¿Por qué lo hizo, señor? —preguntó Malik, con un tono que sonó más humano que de costumbre—. Falló la prueba.

Arven no se detuvo. Su voz fue baja, casi un suspiro.

—No podemos perder el don de la niña —dijo—.

Lástima que él no heredó el fuego de su padre.



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En el texto hay: fantasia, magia, academia

Editado: 29.01.2026

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