“Toda marca recién creada busca su reflejo.
Algunas lo encuentran en el agua, otras… en otra alma.”
— Crónicas de Trison, Tomo I
El dormitorio estaba en calma, iluminado solo por las luces flotantes que titilaban sobre el techo abovedado.
Aldric no podía dormir.
Cada vez que cerraba los ojos veía la silueta de su eco desvaneciéndose, el murmullo de los reclutas, la voz de Malik repitiendo “Prueba fallida”.
Aunque Arven lo había aprobado, sentía que no lo merecía.
Se levantó sin hacer ruido.
Kael dormía en la cama vecina, respirando con la serenidad de quien ha aprendido a cargar el dolor sin discutirlo.
Aldric lo observó un momento, con una punzada de envidia, y luego salió al pasillo.
El aire nocturno de Trison era distinto: olía a piedra húmeda, a metal templado y a magia dormida.
El lago, bajo la luz de las torres, parecía un espejo de vidrio líquido que respiraba tres colores azul, dorado y blanco.
Aldric caminó sin rumbo, siguiendo ese reflejo. No sabía si buscaba respuestas o solo dejar de sentirse invisible.
No los escuchó llegar hasta que ya estaban cerca.
—Tarde para un paseo, ¿no? —dijo una voz tranquila detrás de él.
Se giró. Dos figuras bajaban por el sendero del muelle.
El primero, un chico alto de cabello rubio y ojos gris acero, con una expresión amable pero firme.
El segundo, más pequeño y de rostro alegre, lo seguía como una sombra.
—Lo siento… no sabía que no se podía estar aquí —murmuró Aldric.
—Tranquilo —respondió el rubio con una sonrisa leve—. Nadie te va a arrestar por caminar. ¿Primera noche?
Aldric asintió.
—No puedo dormir.
—Lo imaginé —dijo el joven, en un tono casi cálido—. El alma tarda en acostumbrarse al eco de los demás.
—¿El eco… de los demás?
—Sí. Trison nunca duerme del todo. Los ecos de quienes entrenan aquí quedan resonando entre los muros. Si escuchas bien, casi puedes oírlos.
Aldric lo miró intrigado. Notó que su uniforme era negro, con bordes dorados y un emblema circular en el pecho.
—¿Eres estudiante también?
—Algo así. —El muchacho extendió la mano—. Me llamo Leo.
Aldric la estrechó sin pensarlo.
Sintió una corriente leve recorrerle la palma, un pulso que se disipó al instante.
—Aldric.
Leo sonrió.
—El pequeño Ross, ¿verdad?
Aldric parpadeó, sorprendido.
—¿Cómo…?
—Los rumores corren rápido. Te acostumbrarás. Trata de descansar; mañana será un día largo —dijo Leo, alejándose junto a su compañero.
Sus pasos se perdieron en la neblina, dejando tras de sí un leve destello dorado en el aire.
Aldric se quedó mirando su propia mano.
Por un instante creyó ver cómo la marca brillaba, tenue, como si alguien la hubiera tocado desde dentro.
El amanecer llegó cubierto de niebla.
Las campanas resonaron tres veces, llamando a los reclutas al patio principal.
El lago seguía respirando colores, y las torres proyectaban sombras enormes sobre el suelo.
Malik aguardaba sobre una plataforma de piedra, acompañado de varios instructores y alumnos mayores. Entre ellos, Leo, ahora con expresión seria y postura impecable. Aldric lo reconoció al instante, pero Leo ni siquiera lo miró.
—Bienvenidos, aprendices del primer ciclo —comenzó Malik con tono autoritario—.
Desde hoy pertenecen oficialmente a la Academia Trison.
La voz retumbó entre las paredes del patio.
—Serán agrupados en células de cinco personas. Cada grupo unirá a estudiantes con distintos niveles de potencial, para que aprendan… o fracasen juntos.
Algunos chicos rieron nerviosos. Malik no.
—Los grupos son su hogar, su equipo y su reflejo. Si uno cae, todos caen.
Sus progresos se miden como unidad… y también individualmente.
Cada mes su rango será evaluado y publicado en la Sala del Eco.
El viento se llevó las últimas palabras, cargándolas con una solemnidad que pesaba en el pecho de todos.
—Las reglas son simples:
No se enfrentan fuera de las clases o desafíos oficiales.
Está prohibido dañar el alma de otro estudiante.
Y las armas deben permanecer en su forma pasiva dentro de los terrenos de la academia.
Después del primer mes se les asignará un arma vinculada a su marca. No se elige con orgullo… sino con el alma.
Un murmullo de tensión recorrió el grupo.
Los instructores comenzaron a leer nombres desde un pergamino flotante.
—Grupo C-7: Nera Ross, Aldric Ross, Mira Daven, Erynn Vale y Ciel Ryn. Tutor asignado: Maestra Ilia.
Aldric giró hacia su hermana, que mantenía la mirada firme.
Erynn —la chica de ojos grisáceos— levantó una mano con una sonrisa discreta. Los otros dos, Mira y Ciel, apenas asintieron.
La maestra Ilia caminaba hacia ellos. Parecía joven, pero su presencia pesaba como el plomo.
Una cicatriz le subía por el cuello, y sus ojos carmesí brillaban con una intensidad que hacía que el aire pareciera más denso. El grupo entero se irguió sin saber por qué.
Malik continuó:
—Grupo C-8: Paul Son, Kael Claw, Tera Morn, Reik y Solen Darr. Tutor: Instructor Malik.
Kael ni se movió; solo bajó la mirada.
Paul lo saludó con una palmada en el hombro.
—Genial que me tocó contigo, Kael. Nos dejaste a todos intrigados, me muero por ver quién eres realmente —dijo con su sonrisa despreocupada.
Malik lo observó de lejos y movió apenas los labios.
Kael no necesitó escucharlo para entender: “Hola, lobito.”
—Dios, dame fuerzas… —susurró él, mirando a lo lejos, donde Nera y Aldric esperaban.
Malik bajó de la plataforma.
—Estos serán sus uniformes de primer año. —Varias cajas flotaron hacia los grupos, abiertas con un gesto de su bastón.
Cada prenda llevaba el emblema tricolor del Triflujo y una franja del color del grupo asignado.