Deseo y pasión
En su mirada no hay deseo: hay cálculo.
Propongo un juego.
Cartas.
Reglas simples.
Excusas prolijas para cruzar límites sin nombrarlos.
Me acerco.
Apoyo la mano sobre su pierna.
Subo lento.
Mido.
Mi boca roza donde no debería.
La reacción es inmediata.
La mirada me atraviesa como un cuchillo.
Entiendo.
Me alejo.
La escena se ordena sola: Alma domina.
Agostina cede.
Pero la noche gira cuando Alma se duerme.
El aire cambia.
Lo oscuro queda inerte.
La Rubia ilumina la habitación sin saberlo.
Sus ojos verdes no piden permiso.
—¿Qué hacés ahí? —
—No quería incomodar. —
—Hiciste bien en alejarte.—
—Eso habla de vos. —
Me mira distinto.
No como se mira un cuerpo.
Como se mira una salida.
—Tenés algo… —
dice
—. No sé qué es. —
—Tenés libertad de atraparme cuando quieras —
Directo y seguro, así fue como Gere puso contra la pared a Agostina.
Ella Se sonroja.
Baja la mirada.
Sonríe esperando lo deseado
—¿Te puedo dar un abrazo? —
Claro. .
—¿Y un beso? —
—Podés.—
—¿Elijo dónde? —
—No.—
Responde Agostina.
—Eso lo elijo yo.—
No nos damos cuenta cuando Alma despierta.
Está sentada.
Observando.
La mirada es otra.
No es celos.
Es posesión herida.
Para ella, lo que ve es traición.
Para mí, es revelación.
La noche se agota.
La mañana cae como una sentencia. Cuando Alma baja del auto, Agostina no se queda.
—¿No vas a bajar? —
—No,—.
—Me voy a casa. —
—Pero íbamos a desayunar juntas… —Estuviste para el culo —
dice Agostina sin temblar
—. Gere se comportó como un caballero.—
—Vos no. —
Alma no entiende.
Nunca entendió cuando ya era tarde.
—Nos vemos mañana—
Dijo Agostina
Gere y Agos se fueron juntos a desayunar, y luego el deseo los condujo a la casa de Agostina.
Ahí terminaron de desayunar por completo.
Demasiado completo.
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Editado: 12.03.2026