Los sonidos de pasos en la planta baja se hacían cada vez más intensos, un estrépito de pisadas que parecían multiplicarse con cada segundo. Eran demasiadas. Cada eco ascendía por la escalera como un presagio, y con ellos el miedo de Luca se enroscaba en su pecho hasta ahogarlo. Sabía que venían a por él. Sabía que lo torturarían hasta arrancarle el último suspiro, como si su vida no fuese más que una vela temblorosa esperando apagarse.
Su cuerpo comenzó a sacudirse en un temblor incontrolable. Como único recurso, tanteó entre las sombras hasta cerrar los dedos alrededor de uno de sus trofeos de atletismo. Lo levantó como si fuera un arma, aunque apenas era un trozo de metal brillante. Aun así, lo sostuvo con la desesperación de quien se aferra a la última chispa de esperanza.
Entrecerró los ojos, intentando distinguir la figura que cruzaba el umbral de su habitación. La penumbra distorsionaba los contornos, convirtiendo la silueta en un espectro que avanzaba despacio hacia él. Pero Luca lo presentía: no había duda, habían venido a llevárselo.
—Cariño... —la voz atravesó el aire como un bálsamo inesperado. Era suave, dulce, tan familiar que logró desatar los nudos de sus hombros. Suspiró aliviado cuando la bombilla del techo se encendió, bañando la habitación en una luz amarillenta. Frente a él estaba su madre.
—Cariño, baja eso.
Luca parpadeó y bajó la mirada hacia el trofeo que aún apretaba con fuerza. Poco a poco aflojó los dedos hasta dejarlo caer. El objeto golpeó el suelo con un sonido seco, brutal, que rompió el silencio.
—Tranquilo, Luca. Todo estará bien. Todo está bien, mi niño.
Los labios de Luca se entreabrieron apenas unos milímetros, queriendo responder, pero las palabras se evaporaron cuando notó la presencia de dos hombres que se alzaban detrás de su madre. Ambos eran gigantescos, de cabezas rapadas y cuerpos tan anchos que parecían bloquear la puerta. "Gemelos", pensó en un destello, justo antes de que el temblor volviera a sacudirle los huesos. Retrocedió un paso, y después otro. Ellos avanzaban a la par, sus sonrisas macabras dibujadas como cicatrices en el rostro, disfrutando del miedo que atenazaba al muchacho. Un cervatillo acorralado frente a dos depredadores.
—Luca, no te harán daño —aseguró su madre con una dulzura rota. Su voz flotaba en el aire, pero él ya no la escuchaba. Su mente buscaba salidas imposibles, giros que lo llevaran lejos de ese encierro. No había escapatoria: los gemelos ocupaban casi toda la entrada, como si fueran muros de carne.
Con un impulso desesperado, giró hacia la ventana. Apenas había tensado los músculos para saltar cuando una mano del tamaño de una garra lo atrapó por el brazo, aplastándole la piel con una fuerza brutal. Luca intentó zafarse, pero el segundo hombre ya estaba junto a él, hundiéndole una jeringa en la piel. La aguja atravesó su carne, y un líquido extraño ardió en sus venas como lava ardiente.
Alcanzó a murmurar el nombre de su madre, con un hilo de voz que apenas era un pensamiento. Sus ojos la buscaron, y la vio, inmóvil, con un gesto que no supo descifrar. Después, la oscuridad lo envolvió como un mar profundo, devorándolo por completo.