El silencio de la habitación lo estaba devorando. Cada segundo que pasaba parecía un martillo golpeando dentro de su cabeza, recordándole que debía huir, que ellos volverían. Y cuando lo hicieran, no se conformarían con encerrarlo. Vendrían a torturarlo otra vez, a arrancarle la cordura poco a poco, disfrutando de cada grieta en su resistencia. Aquellos seres no tenían alma ni corazón: solo querían jugar con él, como si fuera un muñeco vudú que podían destrozar a su antojo.
Kendall se incorporó de golpe, con la torpeza de un cuerpo débil y adolorido. Sus piernas flaquearon, pero se obligó a mantenerse en pie. Miró a su alrededor con desesperación, reconociendo los aparatos médicos conectados a su piel, cables que parecían cadenas invisibles. Uno por uno, los fue arrancando con cuidado, apretando los dientes cuando las agujas se desprendían con un ardor punzante. Cuando el último cable cayó, respiró con alivio y una sonrisa amarga cruzó su rostro. No sabía cuántas veces había intentado escapar; cada fracaso se le había clavado en la memoria como una espina. Aquel lugar era un laberinto macabro, habitado por monstruos disfrazados de hombres que acechaban en cada sombra, dispuestos a acabar con él. Y, aun así, se repetía una y otra vez que no moriría tan fácilmente.
Llenó sus pulmones con una bocanada de aire y avanzó hacia la puerta. Sus dedos temblorosos rodearon la fría perilla metálica. Giró lentamente, con una precisión obsesiva, temiendo que cualquier crujido delatara su huida.
La puerta cedió.
Kendall asomó apenas la cabeza y miró el pasillo. Vacío.
El corazón le martilleó en el pecho y supo que era el momento.
Se deslizó fuera de la habitación blanca donde lo habían encerrado. Los guardias que solían vigilar su puerta habían desaparecido, confiados tal vez en que el muchacho dormía profundamente.
"Imprudentes"
Ese edificio se disfrazaba de hospital, pero Kendall ya sabía que no lo era. Los pasillos interminables se cruzaban en giros laberínticos, diseñados más para confundir que para guiar. Allí dentro no había escondites ni refugios, solo corredores estériles donde la cordura se consumía lentamente, como cera derritiéndose.
Su mente, como siempre que intentaba huir, volvió al mismo recuerdo: su familia entregándolo a aquellos hombres. Todo por una pelea. Todo porque él se había defendido. ¿Cómo habían podido traicionarlo así? Ellos sabían que aquellas criaturas lo perseguían, que si no se defendía estaría muerto. Y aun así lo ofrecieron como si fuese un sacrificio.
La rabia le ardió en la garganta, amarga, difícil de tragar.
Kendall cruzó un pasillo, y luego otro, y después otro más, sin rumbo definido. Sus pasos eran suaves, felinos, calculados para no despertar el eco. Se detuvo en la esquina de un corredor y asomó apenas el rostro.
Entonces los vio.
Dos guardias enormes, los mismos que solían custodiar su puerta, avanzaban al fondo del pasillo. Kendall los llamaba "hombres-gorila", y ahora más que nunca hacían honor al apodo: cabezas rapadas, brazos como troncos, movimientos pesados y brutales. Sintió que la sangre se le helaba cuando reconoció lo que cargaban en brazos.
No era algo. Era alguien.
Un muchacho joven, inconsciente, colgaba de sus brazos como si fuese un saco de harina. Tenía el cabello castaño, largo y desordenado, cubriéndole parcialmente el rostro. No hacían falta sus ojos para entender su estado: estaba inconsciente, rendido. La imagen provocó en Kendall un escalofrío extraño, como si se viera reflejado en un espejo del pasado. Quizá así lo habían traído a él también. Pero su memoria estaba hecha jirones. No recordaba con claridad los primeros días en aquel lugar, solo retazos de dolor, agujas y gritos que no sabía si eran suyos o de otros.
Apretó la mandíbula. Ese chico sería solo otra víctima más, otro alma devorada por ese edificio de sombras. Kendall apartó la vista, empujando lejos la punzada de lástima. No podía detenerse. No podía arriesgarse.
Dio media vuelta y comenzó a correr. Esta vez no se preocupó por el silencio, ni por disimular sus pasos. El pánico y la adrenalina lo arrastraban como un río embravecido. Pero apenas había recorrido unos metros, la voz gutural de uno de los hombres lo alcanzó, grave y violenta, desgarrando el aire.
Kendall supo, en ese instante, que lo habían visto.