Luca sentía su cuerpo colgar, como si flotara en un vacío sin fondo. Era liviano, demasiado liviano, y el aturdimiento lo sumía en una sensación de extrañeza insoportable. Con gran esfuerzo abrió los ojos, primero nublados y luego más claros. Su corazón se encogió al darse cuenta: los que lo sujetaban eran los mismos hombres enormes que habían irrumpido en su habitación.
El instinto le gritaba que debía forcejear, gritar, defenderse, pero uno de los guardias lanzó una exclamación poderosa que resonó por el pasillo. Luca siguió con la mirada la dirección que aquel hombre señalaba: un joven cruzaba corriendo la lejanía. Escucho al mismo gigante ordenar a su hermano que se ocupara de él.
El segundo gemelo lo atrapó como si no pesara nada, y lo arrastró con brusquedad hacia un botón rojo incrustado en la pared. Cuando la mano gigantesca presionó el mecanismo, todo el lugar se tiñó de un parpadeante color carmesí acompañado de un pitido agudo que perforaba los oídos.
Confusión, miedo y adrenalina recorrían al joven, empapando cada fibra de su ser. El guardia, con una sonrisa burlona, le aseguró que nada malo ocurriría si se mantenía quieto y no intentaba escapar. Luca apenas pudo murmurar una negación para sí mismo.
El dolor lo sacó de sus pensamientos al notar la piel de su brazo enrojecida por la brutal presión de aquella mano. Sintió que, si no reaccionaba, terminaría destrozado. La adrenalina le dio fuerzas: inclinó la cabeza y hundió los dientes en la carne del guardia. El rugido que le respondió fue casi inhumano y el sabor metálico, asqueroso. El hombre lo golpeó con violencia, intentando que soltara la mordida, pero Luca resistió hasta que el dolor obligó al gigante a abrir la mano.
Fue todo lo que necesitó para correr.
Avanzó sin dirección entre pasillos interminables, bajo la luz roja que palpitaba como un corazón enfermo. El eco de la alarma se mezclaba con sus propios pasos desbocados. A cada giro, el lugar parecía más laberíntico, más propio de una pesadilla que de una construcción humana.
Entonces lo escuchó.
"Morirás..."
La sangre se le congeló. Aquella voz, que conocía demasiado bien, lo perseguía incluso dentro de su mente. No pensó y se lanzó hacia la puerta más cercana y la golpeó con todo su cuerpo hasta abrirla.
Cayó dentro de una habitación vacía, pero el silencio allí resultaba aún más inquietante que la alarma exterior.
Se obligó a examinar el lugar con detenimiento. Tres casilleros metálicos contra la pared, un estante cerrado con un candado blanco, una mesa con objetos brillantes en el fondo. En el centro, una camilla semejante a las de un consultorio dental, acompañada de un monitor cardíaco y un suero colgante.
Aun temblando, pasó los dedos sobre las sábanas blancas de la camilla, buscando certeza de que era real. Luego se dirigió hacia el primer casillero, apoyando la mano sobre el metal frío.
El zumbido en sus oídos fue inmediato, seguido de un dolor punzante en la cabeza. Al abrir los ojos, la visión había cambiado. La luz roja seguía titilando, pero ahora manchas de sangre cubrían el suelo, las paredes y la camilla. El hedor metálico parecía invadirlo todo.
Aterrorizado, tiró de la puerta del casillero, pero no cedió. Desesperado, se lanzó sobre el estante, removiendo cada objeto con la esperanza de encontrar algo que lo salvara.
Y entonces lo escuchó.
"Así que aquí estás, pequeño corderito..."
Se giró lentamente.
Un hombre alto se erguía en el umbral, cubierto por un abrigo oscuro y un sombrero que ocultaba parte de su rostro. La sonrisa torcida que lo deformaba parecía un gesto imposible para un ser humano, un recordatorio de que aquello no era simplemente un hombre.
"Te dije que no podías escapar de mí, Luca."
La garganta del joven se cerró de golpe. Vio cómo el extraño extraía de entre sus ropas una jeringuilla cargada con un líquido que centelleaba bajo la luz roja.
Veneno. Toxina. Muerte en estado líquido.
Retrocedió instintivamente, manteniendo la camilla como único muro entre ambos. La mirada de Luca se desvió hacia la mesa, donde descubrió el brillo metálico de un bisturí.
El extraño avanzó de pronto, abalanzándose sobre él.
El grito desgarrado del joven resonó en la habitación cuando su mano se cerró sobre el bisturí. En un impulso desesperado, giró sobre sí mismo y hundió la hoja en el pecho del intruso justo en el mismo instante en que la aguja atravesaba su brazo. Sintió el líquido correr por sus venas, frío e invasivo.
El hombre se desplomó hacia atrás, exhalando un último suspiro.
Luca lo observó con horror.
El cuerpo estaba inmóvil, pero los ojos seguían abiertos, fijos en él, como si pudieran levantarse en cualquier momento para arrastrarlo de nuevo a la oscuridad.
Intentó llegar a la puerta, tambaleándose. Pero el veneno ya trabajaba dentro de su cuerpo. Los músculos se entumecieron y la vista se volvió borrosa. Apenas avanzó unos pasos antes de desplomarse contra el suelo.
El eco de pasos apresurados retumbó en el pasillo. La alarma seguía aullando. Y lo último que percibió, antes de que la negrura lo envolviera, fue un grito de espanto.