El eco del miedo

Kendall

"Maldición. No puede ser. No puede ser". Era lo único que atravesaba la mente de Kendall mientras corría sin detenerse. La alarma ya se había activado; todos sabrían que intentaba escapar. El eco de sus pasos resonaba en aquel lugar aterrador, amplificando la certeza de lo inevitable.

No podría escapar.

Avanzó a toda prisa hasta una puerta de metal. Estaba cerrada, pero no completamente inaccesible: aún conservaba la llave que había robado días atrás al hombre que experimentaba con él. El recuerdo lo golpeó con una oleada de odio: aquel falso protector que fingía escucharlo y luego lo conectaba a una máquina, inyectándole descargas eléctricas hasta dejarlo convulsionando. Nunca comprendió cómo su cuerpo delgado, apenas el de un chico de diecisiete años, había resistido semejantes tormentos.

Nadie le creyó cuando dijo que era perseguido. Pero era verdad. Él nunca había mentido.

Con torpeza desesperada, introdujo la llave en la cerradura y giró. El clic metálico sonó como una victoria efímera. Se deslizó al interior y cerró tras de sí con un golpe seco. El estruendo retumbó, pero ya no le importaba.

Se había alejado lo suficiente.

La oscuridad lo envolvió. Avanzó con los brazos extendidos hasta que sus dedos chocaron con una barandilla. Bajó la vista y comprendió: una escalera descendía hacia lo desconocido. No dudó, y se precipitó hacia abajo.

Al llegar, una luz tenue filtrada por las ventanas le permitió orientarse mejor. Caminó despacio, alerta, hasta que el eco de pasos y murmullos lo obligó a detenerse. El lugar parecía vacío, pero el aire vibraba con presencias invisibles. El miedo se agolpó en su garganta.

El espacio en que se encontraba era como un almacén interminable, lleno de puertas gigantes. La histeria lo empujó a correr hacia ellas, golpeando y jalando manijas que nunca cedían. Una risa aguda y desquiciante, se filtró en su cabeza y lo hizo apretar los dientes. Corrió más rápido, hasta alcanzar otra puerta. Giró la perilla con desesperación y esta vez cedió.

Se volvió un instante, y lo vio: una figura delgada y alargada avanzaba entre las sombras, sus pasos resonando como tacones sobre mármol. Sin pensarlo más, cruzó el umbral y cerró de golpe. El alivio lo invadió en un suspiro entrecortado.

El pasillo que siguió lo condujo a otra puerta. Tras ella, una escalera ascendía hacia arriba. La cerró tras de sí y subió de dos en dos, hasta que su frente golpeó contra una superficie dura. Se balanceo, sujetando su cabeza mientras luchaba por no caer de espaldas.

Tanteó con las manos y halló lo que parecía ser una trampilla. Empujó, y el agudo chirrido del metal le anunció la salida. Al asomar la cabeza descubrió una oficina vacía. Sin detenerse, abrió la portezuela y se incorporó dentro. El corazón todavía le martillaba el pecho. Ahora, por fin, había silencio.

No perdió tiempo: revolvió papeles en busca de algo útil. Una llave, un arma, lo que fuera.

"Ahh... vaya, vaya. Difícil de encontrar, Kendall. Siempre dando problemas."

Se quedó helado. La voz no provenía de la habitación; vibraba dentro de su cráneo, desgarrando su mente como agujas. Al girar, lo vio. La puerta estaba abierta, y en el marco se erguía un ser desproporcionado, amorfo, que apenas podía llamarse humano.

"Te lo advertí. No escaparas."

Kendall se llevó una mano a la cabeza, como si así pudiera silenciar aquella voz. La otra mano se enredó en sus propios cabellos, intentando arrancar el dolor que le punzaba el interior del cráneo.

"Te dije que obedecieras. Ahora ya no tendrás otra oportunidad."

Cuando abrió los ojos, el monstruo estaba frente a él, tan cerca que su respiración gélida le rozaba la nariz. La sonrisa que lo recibía era grotesca, labios resquebrajados y dientes amarillos, afilados, unidos en una cadena de putrefacción.

Un chillido ahogado quedó atrapado en la garganta del muchacho cuando unas manos enormes se cerraron en torno a su cuello y lo alzaron del suelo. El aire escapaba de sus pulmones, robado de a poco, mientras su cuerpo se sacudía en busca de oxígeno. Sus piernas golpeaban, sus manos forcejeaban sin éxito contra aquella garra.

El ser lo observaba divertido, como un niño que juega con un insecto. Cada segundo era más pesado, más lento, y la oscuridad comenzó a arrastrarse sobre sus sentidos.

El verdugo apretó aún más, como cansado del juego, decidido a terminar. Kendall sintió que no había escapatoria. Sus brazos cayeron inertes a los costados. Su cuerpo se entregó, y la negrura se cerró sobre él como un manto definitivo.



#642 en Thriller
#285 en Misterio

En el texto hay: psicológico.

Editado: 26.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.