El eco del miedo

Luca

El pitido de la máquina lo perforaba como un cuchillo, obligándolo a abrir los ojos. Una habitación fría, antiséptica, lo rodeaba con su blancura implacable. El aire olía a desinfectante y metal.

"¿Dónde estoy?" La pregunta retumbó en su cabeza, pero lo único que recibió como respuesta fue un dolor agudo en el brazo. Entonces, los recuerdos lo embistieron.

El hombre. La jeringa y la aguja clavándose en su pie. La certeza de haber muerto.

Aturdido, se incorporó en la camilla. Miró alrededor con los ojos desorbitados, buscando aquella figura. El suelo estaba vacío. Su brazo, en cambio, estaba conectado a un monitor que latía al compás de su pulso.

No entendía nada. El desconcierto lo hizo gruñir. Con la rabia nublándole la vista, arrancó el cable de un tirón. La aguja se salió de su piel y la sangre brotó en un hilo constante, deslizándose por sus dedos. No esperó más e impulsó su cuerpo y salió tambaleante de la habitación.

La puerta cedió con un chirrido suave. Afuera, el pasillo se extendía largo y desolado. Un cuadro colgaba en la pared: la imagen de una niña con el dedo sobre los labios, pidiendo silencio. Luca lo contempló apenas un instante antes de arrancarlo y arrojarlo con furia. La madera se astilló contra el suelo, y la furia que lo consumía creció.

Avanzó sin rumbo, dejando un rastro de sangre tras de sí. Cada paso lo debilitaba más; su visión se nublaba, reduciéndose a destellos y sombras. Al fin distinguió una puerta ploma en uno de los laterales y se abalanzó contra ella.

La habitación era un baño, iluminado ligeramente por una ventana diminuta. No se molestó en buscar un interruptor. Caminó hacia el espejo, y allí se encontró con su propio reflejo: pálido, con manchas de sangre seca y fresca que se mezclaban en su rostro. Su respiración se volvió errática.

Llevó las manos a su cabello y sintió la pegajosidad en su piel.

Sangre. La suya.

El pánico lo sacudió como una descarga eléctrica. Abrió el grifo con torpeza y dejó correr el agua, intentando limpiar la suciedad que lo cubría.

Pero el alivio duró un instante.

El agua se tornó roja. La sangre corría por sus manos, inagotable, tiñendo el lavabo.

Un grito escapó de su garganta, desgarrado y ahogado al mismo tiempo. Retrocedió con torpeza, clavando las uñas en sus palmas, brazos y rostro. Su cuerpo temblaba sin control.

Entonces lo vio. Una figura colosal emergía frente a él. No tenía forma definida; era un cúmulo de sombras retorcidas, un vacío que devoraba la luz. El instinto lo impulsó a retroceder, pero tropezó con la bañera. Su cuerpo cayó dentro, hundiéndose en el agua llena de cubos de hielo, lastimando su piel como miles de pequeñas agujas.

El líquido lo envolvió por completo. La figura de sombras lo observaba en silencio, inmóvil, mientras la bañera se teñía de rojo. Sus músculos dejaron de responder. Solo podía hundirse, inmóvil, mientras la oscuridad reptaba por su mente.

Sus ojos se abrieron una última vez, reflejando el vacío que se cernía sobre él. La cabeza se ladeó, inerte, y el agua lo cubrió. Su alma se desprendió en silencio, abandonando el cuerpo que ya no le pertenecía.



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En el texto hay: psicológico.

Editado: 26.07.2026

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