El eco del miedo

Kendall

Los párpados le pesaban, como si hubieran sido cosidos. Con un esfuerzo titánico, logró abrirlos. El mareo lo envolvía, aunque ya no le sorprendía: siempre despertaba así. El alivio nunca duraba. La persecución era eterna.

Se incorporó lentamente, apoyándose en las manos temblorosas. La habitación era la misma de siempre.

No estaba muerto, aunque lo parecía; pero eso no significaba estar a salvo. Si aquel ser no regresaba, aparecería otro. Siempre alguien lo alcanzaba.

Siempre.

Un escozor en el cuello lo hizo estremecerse. Entonces, un zumbido lo atrajo hacia la aquel aparato que leía sus signos vitales. Se acercó, presionó botones al azar, y de pronto, el ruido desapareció. El negro absoluto lo envolvió durante largos segundos hasta que aquella imagen surgió.

Un rostro.

Su rostro.

Una copia perfecta.

Un Kendall idéntico, salvo por la sonrisa torcida y maníaca que desfiguraba el reflejo. Una mueca de locura.

El joven retrocedió, murmurando una negación que se quebró en su garganta. Golpeó la pantalla con desesperación, una y otra vez, mientras la risa del doble lo taladraba en sus oídos. La empujó con todas sus fuerzas hasta hacerla caer; el cristal se rompió y la risa cesó.

El silencio fue un bálsamo momentáneo. Sus dedos se crisparon, tensándose, y dejó que esa calma breve lo envolviera.

"No escaparás".

Una sombra cruzó la habitación. Rápida y escurridiza, que se perdió entre las esquinas.

Kendall giró la cabeza, murmurando apenas un ruego. Se inclinó hacia la pantalla rota, tomó un trozo de vidrio y lo sostuvo con firmeza, hasta que la sangre resbaló por su palma.

"Aquí estoy".

Pero la voz no venía de aquel trozo, sino desde su espalda.

Su vista se giró lentamente hasta encontrarse con el espejo del baño, enmarcado en la penumbra. Su reflejo estaba allí.

El doble.

Exacto hasta el último detalle: el lunar al lado de su labio, la cicatriz en la mejilla, cada matiz de su piel. Lo único diferente era la sonrisa. Una curva cruel, silenciosa, que prometía la muerte.

Kendall no se movió. Siguió observando. El reflejo tampoco parpadeó.

De pronto, el otro levanto su mano con un trozo de vidrio idéntico al suyo y con un movimiento sereno, ladeó la cabeza, exponiendo su cuello. El filo se deslizó contra su piel blanca, hundiéndose con calma y abriendo una línea roja, profunda, implacable.

El joven sintió la punzada en su propio cuello, un ardor intenso que le robaba el aire. Sus labios se entreabrieron, y en lugar de vómito, la sangre brotó en un hilo carmesí, tiñendo el cristal que se le escapó de la mano.

El vidrio golpeó el suelo.

Y después, sintió su cuerpo deslizarse suavemente, como en un sueño.

Kendall yacía en el suelo con los ojos abiertos fijos en el techo. Sus labios se curvaron en una sonrisa tenue, casi infantil. La sangre manchaba la comisura, transformando el gesto en algo perturbadoramente bello.

La vida lo abandonó en silencio hasta dejarlo convertido en un envase vacío.



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En el texto hay: psicológico.

Editado: 26.07.2026

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