El chirrido de la puerta metálica resonó en el pasillo, y un par de linternas iluminaron la oscuridad. El olor a hierro y desinfectante impregnaba el aire. Los primeros en entrar fueron dos policías, seguidos de un par de enfermeros que apretaban los labios para contener la náusea.
En el suelo, el cuerpo de un muchacho yacía junto a una bañera teñida de rojo. Sus manos estaban en carne viva, como si hubiera intentado arrancarse algo de la piel. El espejo estaba rajado de lado a lado, pero no había huellas de otra persona en la habitación.
—Se lo hizo él mismo... —murmuró uno de los agentes, inclinándose para examinar los cortes en sus brazos y la mordida en su propia piel.
Un piso más arriba encontraron al segundo. El monitor de signos vitales destrozado, los vidrios regados por el suelo y un cuerpo delgado recostado boca arriba, con la garganta abierta por un tajo limpio de cristal. A su lado, ninguna señal de lucha, solo sus huellas, su sangre, su propio reflejo hecho pedazos. Su propia palma, marcada por cortes de la presión que se utilizó al sujetar el trozo de vidrio.
Los enfermeros intercambiaron una mirada cargada de horror y compasión. Ninguno de los dos muchachos había sido perseguido. Ningún "monstruo" los había atacado.
Todo había ocurrido dentro de sus cabezas.
Al final, solo quedaba el silencio, el eco metálico de los pasos que se alejaban y la certeza amarga de que ambos habían librado una guerra imposible: una guerra contra ellos mismos.