El Eco del Tumi

“El Susurro del Mercado”

Lugar: Mercado de Barranco, Lima – atardecer
Hora: 5:47 p.m.
Estación: Otoño andino (cielo nublado, brisa salina del Pacífico)

*****

El aire en Barranco olía a anticuchos recién asados, jazmín y el leve moho de las paredes coloniales que el tiempo no se atrevía a derribar. Illari Quispe ajustó la correa de su mochila —gastada, con parches de Machu Picchu y Kuelap— y esquivó a un grupo de turistas que se tomaban selfies frente al Puente de los Suspiros.

A las seis en punto, debía estar en una reunión virtual con Nexus, la corporación global que quería “optimizar” su empresa… o más bien, absorberla. Pero antes, tenía que pasar por el mercado. Porque, aunque nadie lo supiera, Illari no solo era una administradora eficiente con maestría en Excel y crisis presupuestarias; también era la nieta de Mama Yaku, la curandera de Piura que le enseñó que algunos objetos no buscan dueños… buscan sangre.

—¿Otra vez persiguiendo fantasmas, Illari? —gritó Luz desde su puesto de “ArqueoTech”, una carpa improvisada llena de sensores, drones y una taza de café con la leyenda: “Sí, los incas tenían Wi-Fi… se llamaba Pachamama.”

Luz Mendoza, ingeniera industrial y amiga desde la universidad, siempre decía que Illari tenía “una obsesión poco saludable con lo ancestral”. Pero también era la única que la acompañaba cuando sentía esos susurros —como si el viento le contara secretos que nadie más escuchaba.

Illari sonrió, pero no respondió. Sus dedos ya estaban sobre la mesa de un viejo vendedor que nadie más parecía ver. Sobre un paño rojo desteñido, entre cuentas de cerámica Paracas y réplicas de quipus, había un tumi.

No era una réplica.

Era real.

De oro puro, con los ojos del dios Naymlap tallados en turquesa. Y aunque el sol ya se escondía tras el cerro, el tumi brillaba con una luz interna, fría y lunar.

—¿Cuánto? —preguntó Illari, voz firme, aunque su pulso latía como tambor de guerra.

El anciano, envuelto en una manta oscura, levantó la vista. Sus ojos, blancos como la niebla del Ausangate, la atravesaron.

—No se vende —dijo en quechua, suave como el viento en las ruinas—. Se reconoce.

Illari tragó saliva. Sabía que no debía tocarlo. En casa de su abuela, en Piura, ella le había advertido: “Algunos objetos no buscan dueños… buscan sangre.”

Pero sus dedos ya se movían.

En el instante en que su piel rozó el metal, el mundo se detuvo.

El ruido del mercado desapareció. El olor a jazmín se volvió incienso. Y en su mente, una voz antigua susurró:

“El portal se abre cuando la luna besa la piedra del cielo…”

—¡Illari! —Luz la sacudió del hombro—. ¿Estás bien? Te pusiste pálida como si hubieras visto un supay.

—Vi algo —murmuró, cerrando la mano sobre el tumi—. Algo que no debería existir.

—¿Otra vez con tus “susurros”? —Luz puso los ojos en blanco, pero su tono era cariñoso—. Mira, guapa, si ese trasto te da visiones, al menos cómpralo. A este viejo le debes dar algo… a menos que quieras que te lance una maldición en aimara.

Illari sacó unos billetes. El anciano los rechazó con un gesto.

—Que lo pagues con tu nombre —dijo—. Illari Quispe, hija del viento y la piedra rota.
Ella se paralizó.
Nadie sabía su segundo nombre. Nadie.

—¿Quién eres? —susurró.

El anciano ya no estaba. Solo quedaba el tumi en su mano… y una brisa helada que no venía del mar.

*****

Mientras tanto, en otro plano del mundo…

Killa observaba el cielo desde la cima de Ukumari, donde las estrellas aún hablaban en lenguas olvidadas. Sentía el temblor en los huesos del mundo: el sello se había roto.

Demasiado pronto.

Él no era un héroe. Era un guardián. Uno de los últimos shifter-dragón de la línea solar, exiliado por negarse a entregar los portales a quienes los querían usar como armas. Ahora, alguien —una humana— había activado el Tumi de Naymlap.

Y no cualquiera.

Una cuyo nombre resonaba en los cantos de los apus desde antes de su nacimiento.

Illari.

Con un suspiro que se convirtió en vapor lunar, cruzó el umbral entre mundos. No por deber. Sino porque, por primera vez en siglos, sintió curiosidad… y algo más.

*****

De regreso a su departamento en Miraflores, Illari colocó el tumi sobre su escritorio, entre libros de arqueología y fotos de su padre desaparecido. Afuera, Lima se encendía con luces de neón y cláxones. Pero dentro, el aire olía a tierra mojada… como si hubiera llovido en los Andes.

—Tienes cara de “esto va a terminar mal” —dijo Luis, su primo de 18 años, asomándose por la ventana del balcón vecino—. ¿Encontraste otro objeto maldito?

—No es maldito —dijo Illari—. Es… un mensaje.

—¿De quién? ¿De tu papá?
Ella no respondió. Pero sus ojos se humedecieron.

Luis saltó la baranda (como siempre) y se sentó en su sofá sin permiso.

—Sabes que si hay magia, también hay chicos guapos con poderes, ¿verdad? —dijo con una sonrisa traviesa—. Yo apuesto por un cóndor. O un puma. ¡O un dragón andino!
—Luis…
—¡Imagínate! Alto, ojos dorados, piel que brilla en la oscuridad… no los típicos extraterrestres grises escuálidos y sin sentido.. sin ofender parecen raquíticos
—¡Basta! —rió Illari, lanzándole un cojín—. La próxima vez que inventes fanfiction sobre mí, al menos haz que el chico sepa cocinar.

Pero en ese momento, el tumi emitió un zumbido.

Una grieta de luz azul se abrió en el aire, sobre el escritorio. Y de ella, una voz grave, profunda como el lago Titicaca en invierno, dijo:

—No soy fanfiction.
—¡¿Qué?! —gritó Luis, cayendo del sofá.

La grieta se expandió. Y en el umbral, entre sombras y vapor lunar, apareció un hombre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.