El Eco del Tumi

“El Canto de la Piedra del Cielo”

Lugar: Kuelap, fortaleza de los Chachapoyas – noche de eclipse lunar
Hora: 11:23 p.m.

*****

La niebla en Kuelap no era como la de la costa. Era viva. Se enroscaba alrededor de las murallas como si las acariciara, como si recordara a quienes las construyeron con manos y cantos.

Illari caminaba descalza sobre las piedras frías, tal como su abuela le enseñó: “La tierra no se toca con zapatos. Se abraza con los pies.”

Detrás de ella, Killa avanzaba en silencio, sus pasos no hacían ruido. Pero Illari lo sentía. Como una presencia cálida en medio del frío andino.

—¿Por qué aquí? —preguntó, deteniéndose frente a la Piedra del Cielo, un monolito tallado con espirales que parecían moverse bajo la luz de la luna menguante.

—Porque —dijo Killa— esta piedra no fue tallada por humanos.
—¿Entonces?
—Fue dejada. Por los que vinieron antes. Los que entendían que el tiempo no es una línea… sino un círculo que gira alrededor del corazón del mundo.

Illari sacó el tumi. Ya no vibraba. Ahora cantaba. Un zumbido bajo, como el de un quena en la distancia.

—¿Qué hago?
—Escucha.
—¿Escuchar qué?
—No con los oídos. Con el kamaq. Tu fuerza vital.

Illari cerró los ojos. Respiró hondo. Y entonces… lo sintió.

No eran palabras. Era una memoria.

Un hombre de rostro familiar, de pie en este mismo lugar, sosteniendo el tumi. Lágrimas en sus mejillas. Una voz que decía: “Perdóname, Illari. No tuve elección.”

—¡Mi padre! —abrió los ojos, con lágrimas reales—. Él estuvo aquí.
—Sí —dijo Killa, su voz más suave—. Hace diez años. El último eclipse.
—¿Qué pasó?
—Intentó sellar el portal… pero algo lo jaló del otro lado.
—¿Ukumari?
—No. Algo más oscuro. Algo que no debería existir.

De pronto, una risa suave interrumpió el momento.

—Ay, chicos —dijo Anahí, apareciendo entre las sombras con una rama en la mano y el pelo lleno de hojas—. Si van a ponerse sentimentales, al menos avisen. Estaba a punto de hacer pipí detrás de un muro.

Illari soltó una carcajada nerviosa.

—¿Cómo puedes bromear ahora?

—Porque si no río, lloro —respondió Anahí, acercándose—. Y si lloro, la selva se inunda.

Killa la miró con recelo.

—¿Por qué estás aquí?

—Porque Nexus no solo quiere controlar el tiempo —dijo Anahí, seria de repente—. Quieren reconfigurar la realidad.

—¿Qué? —preguntó Illari.

—Escucha —Anahí se sentó en una piedra, como si contara un chisme—. Nexus no es una empresa. Es una secta tecnocrática que cree que los humanos son “código defectuoso”. Su fundador, un tal Dr. Varela, descubrió fragmentos de tecnología prehispánica que interactúan con los Pachas. Ahora quieren usar artefactos como el tumi para fusionar los tres mundos en uno solo… bajo su control.

—¿Por qué?

—Porque piensan que si eliminan el caos —el libre albedrío, los espíritus, los sueños—, crearán un “mundo perfecto”.

—Un mundo sin magia —dijo Illari.

—Peor —dijo Anahí—. Un mundo sin alma.

Killa asintió, sombrío.

—Y Mateo Rivas es su perro de caza. Frío, eficiente… y sin kamaq.

—Exacto —dijo Anahí—. Por eso no puede cruzar los portales. Pero sí puede rastrearlos… y destruir a quienes los protegen.

El viento cambió. La niebla se volvió negra.

—Se acercan —dijo Killa.

—Yo los distraeré por el lado este —dijo Anahí, poniéndose de pie—. Tengo una cita con unas enredaderas traicioneras que me deben un favor.

—¿Estás segura? —preguntó Illari.

—Nunca —sonrió Anahí—. Pero soy muy buena mintiendo.

Y con eso, desapareció entre la vegetación, dejando solo el susurro de hojas.

*****

Las sombras del Uku Pacha emergieron entre las ruinas, más numerosas, más hambrientas. Sus ojos rojos parpadearon como brasas en la oscuridad.

De pronto, el viento cambió. La niebla se volvió negra.

—Se acercan —dijo Killa, colocándose frente a ella.

Entre las ruinas, las sombras del Uku Pacha emergieron, más numerosas, más hambrientas. Sus ojos rojos parpadearon como brasas en la oscuridad.

—No podemos hacer el ritual con ellas aquí —dijo Illari.

—No tenemos elección —respondió Killa—. El eclipse alcanza su punto máximo en tres minutos. Si no activamos el tumi ahora, el portal se abrirá solo… y no podremos controlarlo.

Illari apretó el tumi contra su pecho.
—Dime qué hacer.

—Coloca el tumi en la hendidura de la Piedra del Cielo.
—¿Y luego?
—Canta.
—¿Cantar? ¿Qué canto?
—El que tu sangre recuerda.

Illari tragó saliva. No sabía cantar. Pero en ese momento, una melodía antigua surgió de su garganta… en quechua, una lengua que nunca había aprendido, pero que su abuela le susurraba en sueños.

“Pachamama, escucha mi voz…
El tiempo se quiebra, el mundo se deshace.
Que la luna me guíe, que la piedra me sostenga,
Que el viento me lleve a donde debo estar…”

El tumi se encendió. La Piedra del Cielo respondió. Una columna de luz plateada se alzó hacia el cielo, justo cuando la luna se oscureció por completo.

El eclipse había comenzado.

—¡Ahora! —gritó Killa.

Las sombras atacaron.

Killa se transformó.

No fue un estallido de fuego ni un rugido bestial. Fue silencioso, elegante, cósmico. Su cuerpo se alargó, su piel se cubrió de escamas que brillaban como constelaciones, sus brazos se convirtieron en alas hechas de niebla y estrellas. No era un dragón europeo. Era un Amaru estelar: serpiente con cuernos lunares, alas de cóndor y ojos que contenían galaxias.

Con un movimiento, congeló a tres sombras en escarcha lunar.

—¡Sigue cantando! —rugió, su voz ahora un eco entre lo humano y lo divino.

Illari cantó más fuerte. Las piedras de Kuelap comenzaron a vibrar. Las espirales talladas en la Piedra del Cielo giraron, como engranajes de un reloj cósmico.




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