A la mañana siguiente….
Todo parecía normal…
Demasiado normal.
El sol entraba por la ventana.
El cuarto estaba en silencio.
La casa…. Tranquila.
Alberts bajo las escaleras.
Paso firme.
Lento.
Controlado.
Pero había algo…extraño
Su forma de caminar.
Su forma de mirar.
Como si estuviera aprendiendo a ser humano.
En la cocina su madre estaba de espaldas.
--Buenos días –dijo sin voltear.
Alberts no respondió de inmediato.
Se quedo observándola.
Fijamente.
Como si tratara de entenderla.
--¿Alberts? —pregunto ella, girándose.
Y entonces lo vio.
Ese segundo…
Ese pequeño instante…
Algo no encajo.
--¿Estas bien? –pregunto, frunciendo el ceño.
Alberts sonrió.
Pero no fue una sonrisa normal.
Fue demasiado lenta.
Demasiado…. Forzada.
--Si…. Mama…
La voz era correcta.
Las palabras también.
Pero el tono…
No tenía nada detrás...
Ni emoción.
Ni calor.
Nada.
Ella lo observo unos segundos más.
Inquieta.
-Dormiste raro anoche…te escuche moverte mucho.
Silencio.
Alberts inclino la cabeza.
--No recuerdo...
Y era verdad.
El no recordaba.
Porque el…
No era Alberts…
Mientras tanto…
En el otro lado….
Alberts seguía golpeando.
Golpeando sin parar.
Desesperado.
--¡ALGUIEN! ¡POR FAVOR!
Pero su voz no existía.
Sus manos no hacían ruido.
Nada cruzaba.
Y poco a poco…
Algo empezó a acercarse en la oscuridad detrás de él.
No era la cosa.
No.
Era algo más.
Mas grande.
Mas antiguo
Y no estaba solo
Nunca lo estuvo.
Editado: 24.03.2026