La madre de Alberts no dijo nada más.
Pero decidió comprobarlo.
Porque una cosa es sentirlo…
Y otra… confirmarlo.
Esa noche, esperó.
Todo en la casa estaba en silencio.
Las luces apagadas.
El ambiente… pesado.
Se levantó lentamente de su cama y caminó por el pasillo.
Paso a paso.
Hasta llegar a la puerta de Alberts.
La puerta estaba entreabierta.
Y había luz dentro.
Frunció el ceño.
—¿Alberts…? —susurró.
No hubo respuesta.
Empujó la puerta.
Y lo vio.
De pie.
Frente al espejo.
Inmóvil.
Completamente inmóvil.
—Hijo…
Nada.
Ni un solo movimiento.
—Alberts… ¿qué haces?
Entonces…
Él habló.
Pero no volteó.
—Aprendiendo…
Un frío le recorrió el cuerpo.
—¿Aprendiendo qué…?
Silencio
Largo.
Insoportable.
Y entonces…
Alberts giró lentamente la cabeza.
No el cuerpo.
Solo la cabeza.
De una forma… antinatural.
—A ser él…
La madre retrocedió un paso, aterrada.
—Tú… no eres mi hijo…
La sonrisa apareció.
Esa misma.
Torcida.
Incorrecta.
—No…
Un segundo de silencio.
Y luego…
—Pero él tampoco lo es ya.
El mundo se le vino abajo.
—¿Qué le hiciste…? —preguntó, con lágrimas en los ojos.
La cosa dio un paso hacia ella.
Lento.
Seguro.
—Nada…
Otro paso.
—Solo…
Otro más.
—Lo cambié de lugar.
En el otro lado
Alberts levantó la mirada.
Las figuras seguían ahí.
Observándolo.
Esperando.
—¿Hay forma de salir…? —preguntó, desesperado.
Silencio.
Luego…
Una de las sombras señaló detrás de él.
Alberts se giró.
Y lo vio.
El pasillo.
El mismo de sus visiones.
Más oscuro.
Más largo.
Más… real.
Y al fondo…
La puerta
Manchada de sangre.
Su corazón empezó a latir con fuerza.
—¿Qué hay ahí…?
Nadie respondió.
Pero no hacía falta.
Porque en el fondo…
Él ya lo sabía.
Esa puerta…
No era la salida.
Era la verdad.
Editado: 24.03.2026