“Yo no lo estaba buscando. Es decir, sí... pero no así.”
Tinder era como un cajón lleno de cosas rotas que alguien se resiste a tirar.
Conversaciones copiadas.
Fotos con filtros.
Rostros sin alma.
Historias que se disuelven antes de tocar fondo.
Frases vacías disfrazadas de ingenio.
Y entonces, ahí estaba ella.
Danna.
Una sonrisa que no parecía estudiada.
Una mirada que parecía ver más allá del cristal del móvil.
Un gesto casi antiguo en la forma de sostener la cámara.
Como si no intentara agradar.
Y esos ojos... ese verde que no era sólo un color.
Era un idioma.
Uno que, por algún motivo, yo entendía sin haberlo aprendido.
Deslicé.
Match.
No hice ningún gesto.
Ni sonrisa, ni suspiro.
Pero algo se quedó latiendo más fuerte de lo necesario.
Horas después, su primer mensaje.
-Hola tú- escribió.
Sonreí.
No por el saludo, sino por el tono.
No era un “hola” casual.
Era uno que se abría como una puerta entornada.
-¿Siempre saludas así?- le pregunté.
-No. A ti te estoy saludando de verdad.
No fue una conversación larga.
Tres frases.
Tal vez cuatro.
Pero algo en el ritmo, en las pausas entre los mensajes, me hizo volver a leerla.
No tenía prisa.
Y eso... eso era raro.
Como si no viniera a llenar un hueco.
Sino a quedarse en el borde, observando.
Durante los días siguientes hablamos poco.
Mensajes esporádicos.
Una canción compartida.
Una foto de una taza de café.
Nada explícito, nada urgente.
Y sin embargo, yo empezaba a buscar su nombre entre mis notificaciones.
Como quien espera señales de lluvia en medio del verano.
Sus audios eran breves.
Tenían silencios entre frases, y ese detalle me gustaba.
Era como si no hablara para entretener, sino para mostrar lo que había sin adornos.
La primera vez que me contó un recuerdo triste, lo hizo sin dramatismo.
Como quien muestra una cicatriz que ya no duele pero aún recuerda.
Pasaban los días, y con cada uno, se me hacía más difícil dormir sin escuchar su voz en un audio.
Las notificaciones se volvieron parte de mi cuerpo.
Y no importaba lo que me contara.
Yo quería saberlo todo.
Todo.
-Tengo la sensación de que ya te conozco.
-¿Y eso es bueno o malo?- pregunto.
-Es peligroso.
La primera vez que nos vimos en persona fue un Lunes de Septiembre.
El cielo estaba nublado.
Como si el sol hubiese decidido no molestar.
La vi desde lejos, acercándose a mí mientras la esperaba.
Caminaba despacio.
Una camiseta oscura.
El pelo ligeramente alborotado, como si el viento le hubiese dado forma sin pedirle permiso.
Me acerqué.
-¿Tú eres Danna?
Ella sonrió y fue como si todo mi sistema nervioso se reconfigurara.
-Depende. ¿Tú eres real?
No recuerdo bien de qué hablábamos.
Solo sé que no hubo silencios incómodos.
Tampoco risas desbordadas.
Fue... suave.
Como agua que corre sin hacer ruido.
Caminamos durante horas.
No hubo destino, sólo pasos compartidos.
Descubrimos que teníamos la misma canción marcada como favorita en Spotify.
Que ambas amábamos el olor de los libros nuevos.
Que odiábamos las conversaciones forzadas.
Y que, a veces, nos dolía el mundo sin saber por qué.
Nos sentamos bajo un árbol.
El viento jugaba con las hojas como si supiera que estaba ocurriendo algo importante, pero no quisiera interrumpir.
Y ella me miró, no como se mira a alguien que estás conociendo.
Sino como si estuviera tratando de leer algo que no sabía que llevaba escrito.
-Tienes algo...- dijo, sin terminar la frase.
-¿Algo bueno?
-No lo sé todavía, pero es real.
Hubo una ráfaga de aire frío.
No era brisa.
Era algo más.
Como si el mundo hubiese contenido el aliento.
Las hojas comenzaron a girar en espiral sobre el césped.
Un perro que paseaba cerca gimió y retrocedió, nervioso.
Y por un segundo, juraría que las farolas del parque parpadearon.
-¿Has visto eso?- pregunté.
-¿El qué?- dijo, como si nada.
Pero sus ojos... sabían exactamente a qué me refería.
Nos despedimos con un gesto leve.
No hubo beso, tampoco un intento.
Solo una conexión tan intensa que asustaba un poco, como si besarla fuese dar un paso hacia algo irreversible.
Nos despedimos con una promesa muda.
La de vernos otra vez.
Y otra.
Y otra.
Los días siguientes fueron lentos.
Más conversaciones.
Más fragmentos de vida.
Paseos, cafés, charlas interminables.
Canciones que empezaban a sonar diferente desde que las compartíamos.
Yo me iba enamorando en capas, en detalles.
En gestos que no hacían ruido.
Me enamoraba de sus frases inacabadas, de su forma de cambiar de tema justo cuando las cosas se volvían demasiado intensas.
Como si escondiera algo.
Pero entonces... empecé a notar cosas.
Pequeñas cosas.
Como luces que parpadeaban cerca de ella.
Sombras que se alargaban junto a las nuestras cuando caminábamos juntas.
Una brisa fría cuando estábamos demasiado cerca.
Una noche mientras dormía, soñé con ella.
No fue un sueño cualquiera.
Fue como estar despierta dentro de algo que no comprendía.
Danna estaba allí, en un bosque oscuro, rodeada de humo verde que salía de sus manos.
Y alguien (o algo) la observaba desde los árboles.
Y luego me miró a mí.
Y sus ojos... eran los míos.
Desperté empapada en sudor.
Mi habitación estaba en silencio.
Y en mi móvil, una sola frase en la app de notas que no recuerdo haber escrito.
“No la despiertes. Aún no recuerda lo que es”