El Eco Verde

Capítulo 2: Símbolos bajo la piel.

“Hay silencios que no son vacíos. Hay palabras que, si se pronuncian, cambian la forma del aire. Y hay presencias que no deberían sentirse tan intensas... a menos que escondan algo”

Desde que conocí a Danna, empecé a sentir que algo no encajaba del todo.
No como una paranoia.
No miedo, no exactamente.

Era una sensación más sutil.
Como el instante justo antes de que se caiga una taza.
Como esa tensión mínima entre dos personas cuando se cruzan en una escalera estrecha y ninguna sabe a qué lado moverse.
Una vibración leve en el fondo del cuerpo.

Los días seguían envueltos en esa complicidad callada: paseos sin mapa, audios en bucle, mensajes que se alargaban hasta que el cielo palidecía y el sueño se volvía más deseo que necesidad.
Hablábamos de libros, de sueños recurrentes y películas que no sabíamos si habíamos visto o solo imaginado.
Y aunque nada físico había pasado entre nosotras, la tensión estaba ahí.
Flotando entre frases que evitábamos terminar.
Pero también estaban las señales.
Pequeñas. Minúsculas incluso.

Luces que se apagaban al pasar por ciertos portales.
Semáforos que cambiaban de rojo a verde justo cuando ella miraba.
El mismo sueño que se repetía: Danna, sola en un lugar sin ventanas, dibujando en una libreta.

.........

El miércoles por la mañana, Astrid (mi mejor amiga de toda la vida) me escribió.

Astrid: Naira, ¿Has visto las noticias?
Naira: No, ¿Qué ha pasado?
Astrid: Han encontrado a una chica muerta en Lavapiés. Lo raro es que... tenía símbolos pintados en el pecho.
Naira: ¿Qué clase de símbolos?
Astrid: No lo han dicho, pero uno de ellos... era una especie de espiral verde, como una marca. Bastante específico ¿no?”

Me quedé inmóvil.
Una espiral verde.
No sé por qué, pero lo sentí en el estómago.
Un vértigo.
Como cuando te asomas demasiado desde un balcón.

Danna solía dibujar.
Lo hacía sin anunciarlo, como si fuera un reflejo.
A veces en servilletas, en billetes de metro, en la última página de cualquier libro que tuviera a mano.
Y sobre todo, en su libreta.

Siempre la llevaba consigo.
Negra, con esquinas gastadas y una goma que parecía sostener más que papel.

Una vez sin que ella se diera cuenta, vi uno de esos dibujos: círculos concéntricos, líneas curvas como si fueran un idioma.
No eran garabatos.
Eran composiciones.
Casi rituales.

Lo había olvidado.
Hasta ahora.

Intenté calmarme, podía ser casualidad.
Podía no significar nada.
O eso me repetí.
Una y otra vez.

Quedamos esa tarde en una librería-cafetería de Malasaña.
Era uno de esos lugares que huele a madera vieja y café recién hecho.
Donde el silencio no incomoda, solo acompaña.

Cuando llegué, Danna ya estaba allí.
Estaba de pie, leyendo el lomo de un libro desgastado, con una mano en el bolsillo y la otra sujetando el libro.
Parecía tranquila, pero esa tranquilidad suya siempre parecía construida con cuidado.
Como si tuviera que mantenerla para no romper algo.

-¿Has notado que Madrid está más gris últimamente?- dijo sin saludar.
-Sí, parece que no quiere despertar del todo.
-A veces... hay cosas que prefieren quedarse dormidas.

La frase se quedó flotando.
No supe qué responder a eso.

Nos sentamos en una esquina junto a la ventana.
La calle seguía su curso sin saber lo que ocurría dentro.
Hablamos de series, canciones, un poema que ninguna terminaba de entender pero que igualmente nos hacía llorar.

Pero mis ojos volvían una y otra vez a su libreta.
Ese objeto encima de la mesa, que parecía latir entre sus manos.
-¿Qué dibujas ahí?- me atreví a preguntar.
-Nada que te interese... todavía.

Y sonrió.
Una sonrisa leve.
Pero no era coqueta.
Era una sonrisa que cerraba más de lo que abría.

Esa noche, en casa, busqué el artículo.

“Una joven fue hallada sin vida en un callejón de Lavapiés. Presentaba una marca pintada en el pecho: una espiral verde, precisa, casi geométrica. La policía investiga un posible crimen ritual. No hay testigos. No hay cámaras”

El artículo era corto, sin fotos.
Pero la descripción me bastó, porque no era solo la espiral.
Era la palabra: Precisa.

Danna dibujaba así.
Sin reglas, sin guías.
Pero con una precisión que no parecía humana.
Como si supiera lo que hacía desde antes de empezar.
Como si no dibujara, sino recordara.

Me fui a dormir con un nudo en la garganta.
Un silencio seco, afilado.
Y aunque no fue una pesadilla lo que me despertó a las tres de la mañana, sentí que algo dentro de mí se había encendido.

No una alarma.
Una duda, una sospecha que no podía decir en voz alta sin parecer una loca.

Justo antes de apagar el móvil, me llegó un mensaje.
Número oculto.

“No es casualidad, Naira.
Si quieres entenderlo busca a Sam.”

Me quedé mirando la pantalla.

Sam.

No conocía a nadie con ese nombre.
Ninguna Sam en mis contactos.
Ninguna en mi memoria.

Y sin embargo, algo en mí reconoció ese nombre.
Como si lo hubiera oído antes de nacer.
Como si lo llevara debajo de la piel.

“Danna me había tocado... pero no con las manos.
Con una verdad a medias.
Y las verdades a medias, a veces, son más peligrosas que las mentiras.”



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En el texto hay: romance, drama accion, novela lésbica

Editado: 29.04.2026

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