El Eco Verde

Capítulo 4: Cosas que se sienten.

“Hay personas que llegan como una brisa suave, pero dejan grietas profundas.
No hacen ruido, pero algo en ti empieza a temblar cuando se acercan”

Después de aquella conversación con Sam, ver a Danna ya no era igual.
No porque ella hubiera cambiado.
Sino porque yo ya no era la misma al mirarla.

Y aún así... seguía buscándola.
Con mensajes cortos, con excusas tontas, con silencios que parecían preguntas.

Quedamos una, dos, tres veces.
Siempre con excusas blandas.
Que si una cafetería nueva, que si una exposición efímera, que si un bar donde hacían la mejor tarta de queso de Madrid.

La tercera vez que la vi supe que ya no podía llamarlo quedar con una chica interesante.
Ya era otra cosa.
Un campo magnético.
Una presencia que se instalaba incluso cuando ella no estaba.

uimos al cine, a una sesión de cine mudo con música en directo.
Entramos tarde.
Ella eligió los asientos: quinta fila, junto al pasillo.

No nos rozamos, ni una vez.
Pero sentí su cuerpo como si estuviera dentro del mío.

Cuando la película terminó, no salimos enseguida.
Nos quedamos sentadas.
Observando los créditos proyectados sobre una cortina de terciopelo.

-¿Te ha gustado?- pregunté.
-Sí, bastante. Me ha hecho gracia que los músicos parecían más emocionados que el propio protagonista.
-Estaban viviendo su propio drama- respondí.

Ella sonrió y añadió.

-Y tú, ¿Tienes alguna película que podrías ver mil veces?
-Los juegos del hambre. Sin duda. ¿Y tú?
-El Rey León. Aunque me da vergüenza decirlo, suena muy predecible.
-No es predecible. Es bonita.

Me miró un segundo más de lo habitual.
Solo eso.
Pero noté un pequeño escalofrío en el antebrazo.
Como si su mirada dejara rastro físico.

............

Una tarde paseamos por el Templo de Debod.
Hacía viento.
Ella llevaba un abrigo oscuro, y el pelo despeinado.
Se detuvo frente al agua.

-Creo que esta es una de las mejores vistas de Madrid- dijo.
-¿Lo conocías ya?
-Sí, pero me gusta más cuando vengo con alguien.
-¿Vienes mucho sola?
-A veces. Cuando quiero pensar.
-¿Y ahora qué estás pensando?
-En si deberíamos pedir comida china esta semana. Me he obsesionado con el arroz tres delicias otra vez.

Me reí.
El viento me pegaba el pelo en la cara.
Ella lo apartó con cuidado.
Un gesto casual.
Pero algo en mí se encendió.
En su cuello noté algo.
Un olor muy tenue, casi imperceptible.
Pero familiar.

No a perfume.
A algo que no sabía nombrar.
Como a madera seca o a papel viejo.

...........

Otro día fuimos a una librería de segunda mano en Malasaña.
Se le iluminó la cara al ver una edición vieja de Las ciudades invisibles, de Calvino.
La hojeó como si estuviera reconociendo algo perdido.

-Mi madre tenía uno igual- dijo.
-Lo subrayaba con lápiz, pero muy suave, como si le diera vergüenza.
-¿Y tú? ¿Subrayas?
-Solo si el libro me rompe algo.

Fuimos luego a un local pequeño, con lámparas de papel y música suave.
Pidió Coca-Cola, siempre lo mismo.
Yo preferí un aquarius, aunque no tenía hambre ni sed.
Solo quería quedarme.

Me habló de una compañera de trabajo que se llevaba tuppers de lentejas toda la semana.
Yo le conté que una vez confundí sal con azúcar haciendo galletas.
Nos reímos más de lo que esperábamos.
Y entre las risas, algo extraño: su sombra en la mesa no reflejaba el movimiento de sus brazos.

No lo dije.
Pero lo vi.

.........

Una tarde nos encontramos de improviso en el Reina Sofía.
Yo iba con Astrid.
Era la primera vez que se veían.

Danna estaba sola frente al Guernica.
Nos acercamos.

-¡Hola! Que casualidad- le dije.
-Justo pensaba que hacía mucho tiempo que no venía, ¿Tú vienes mucho con ella?- preguntó, mirando a Astrid.
-Es la primera vez, de hecho.
-Pues os va a encantar- dijo con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

No hablábamos mucho más.
Caminamos un poco por las salas.
Danna se despidió con un gesto breve y se fue pronto.

Volviendo a casa,
Astrid caminaba en silencio.

-¿Esa era la famosa Danna?- preguntó.
-Sí, ¿Qué te ha parecido?
-Guapa. Muy guapa. Simpática también. Pero... algo raro.
-¿Raro cómo?
-No sé, Nai. Es como si... tuviera un pie en otro sitio. ¿Sabes? Como si estuviera aquí a ratos.
-¿Te ha caído mal?
-No, no. Solo... hay gente que tiene una energía que no sabes si te atrae o te desconcierta. Ella es así.
-¿Te parezco distinta cuando estoy con ella?
-Sí- dijo sin dudar. -Te veo más... dentro de ti. Como si la escucharas incluso cuando no habla.

No respondí.
Me quedé mirando una farola que parpadeaba.

-Ten cuidado, Naira. No te digo que te alejes. Solo... cuida de ti. Algunas personas llegan como si las conocieras de antes. Y eso no siempre es bueno.

............

Las semanas pasaban, y nuestras citas se volvían más frecuentes.
Pero nadie lo nombraba.
No éramos pareja. No éramos amigas.
Éramos dos cuerpos orbitando un punto que aún no se revelaba.

Ella no me escribía todo el tiempo, pero cuando lo hacía, lo sentía antes de que apareciera.

Una tarde me dijo que le gustaba mirar los buzones antiguos.
Fuimos a Chamberí solo para eso.
Nos deteníamos frente a portales viejos.
Ella los observaba como si fueran relicarios.

-Me encantan cuando tienen etiquetas escritas a mano. Con letra cursiva.
-Sí. O cuando los nombres están medio borrados. Como si alguien ya no viviera, pero aún no se hubiera ido del todo.
-Eso me pasa a veces con la ropa. Cuando huelo algo que huele a alguien que ya no veo.



#1159 en Fantasía
#548 en Thriller
#243 en Misterio

En el texto hay: romance, drama accion, novela lésbica

Editado: 10.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.