“Hay objetos que no se buscan... te encuentran.
Y hay páginas que, al abrirse, cambian el curso de una historia sin que te des cuenta.
El problema es que yo ya la había abierto... y no sabía cómo cerrarla.”
No lo pensé.
O tal vez sí.
Quizá había algo en mí, sutil, agazapado, que llevaba días empujándome hacia ese momento.
Un impulso que no era pensamiento, ni deseo claro... solo un murmullo que se repetía bajo la
piel.
Esa tarde, Danna vino a casa con una bolsa de papel que crujía al caminar.
-Para ti- dijo, dejándola en mis manos como si me entregara un animal dormido.
Eran libros.
Algunos nuevos, otros con esquinas dobladas, subrayados con lápiz, con dedicatorias a medias escritas en márgenes olvidados.
Uno de ellos olía a vainilla y tierra.
Otro tenía una rosa seca entre las páginas.
-Para que tengas compañía si algún día no puedo venir- añadió, sin mirarme.
Yo fingí reír.
Pero sentí el eco de algo que no había dicho.
Se duchó.
El vapor se coló bajo la puerta del baño, suave, tibio, con olor a jabón de romero.
Mientras tanto, dejó cosas esparcidas.
Su chaqueta en la silla.
Su móvil, boca abajo, como siempre.
Y su mochila.
Negra. Cerrada.
Pero no con llave.
Por primera vez, la dejó sobre la mesa, sin esconderla, sin moverla con ella como lo hacía siempre.
Como si me estuviera dando permiso sin decirlo, o como si supiera que no me resistiría.
La abrí.
No con las manos.
Con el pulso de una necesidad que ya no entendía.
Dentro había libretas gastadas, lápices de madera, pequeñas piedras envueltas en papel, algo que parecía un amuleto de tela.
Y entonces... el cuaderno.
Lo abrí por la mitad.
Como si ya supiera que lo que buscaba no estaba al principio.
Páginas con símbolos dibujados a mano.
Mapas. O lo que parecían mapas, pero no de ciudades.
Más bien de ideas.
Constelaciones que no reconocía.
Líneas que se entrecruzaban como nervios o raíces.
Y después, una hoja suelta.
Doblada.
La deslicé con cuidado, como si pudiera romperse.
Solo tenía una palabra escrita, en tinta negra.
Naira.
Mi nombre.
Mi nombre en su cuaderno.
En medio de ese caos ordenado que parecía contener algo antiguo y vivo.
El tiempo se detuvo.
Mi cuerpo se tensó como una cuerda demasiado estirada.
Y entonces... la puerta del baño crujió.
El corazón se me subió a la garganta.
Cerré el cuaderno, sin mirar más, lo metí en mi bolsa, como una ladrona sin motivo claro.
Me senté en el sofá y fingí normalidad.
O algo que se le parecía.
Danna salió.
Pelo mojado, toalla al cuello.
Sus ojos se posaron en mí.
Durante un segundo, no dijo nada.
Solo me miró.
Como si pudiera ver a través de mí.
-¿Todo bien?
-Sí... solo pensaba.
Asintió, lentamente.
No preguntó más, pero por dentro... sabía que lo sabía.
...................
Al día siguiente llamé a Astrid.
Necesitaba contarle.
Decirlo en voz alta.
Ponerle palabras al temblor que llevaba dentro desde el día anterior.
Quedamos en su casa.
Un piso pequeño, con plantas medio muertas y olor a café antiguo.
Le hablé del cuaderno.
De la espiral.
De mi nombre en la hoja.
-¿Qué más había?
-No lo sé. No entiendo los dibujos. Eran como símbolos... cosas que parecían de otro idioma.
Astrid frunció el ceño.
Se encendió un cigarro y apoyó la espalda en la encimera.
-¿Y si no es coincidencia? ¿Y si ella está relacionada con lo de Lavapiés?
-No puede ser, As. No tiene sentido. Es solo una chica... o eso creo.
-¿Pero qué sabes de ella realmente?
No me dio tiempo a responder, su móvil sonó.
Lo miró.
Se puso blanca.
-Nai... hay alguien en el portal. Ha preguntado por ti...
-¿Qué? ¿Quién?
Nos asomamos por la ventana.
Un hombre, alto, abrigo negro, impasible, inmóvil.
Pero sus ojos... estaban fijos en nuestra ventana.
-¿Le conoces?
-No.
-Vámonos, ahora, salimos por detrás.
Cogimos lo justo y bajamos corriendo.
Salimos por la puerta trasera.
Astrid jadeaba, yo no sentía las piernas.
-¡Ahí está!
El mismo hombre, caminando.
No corría, pero cada paso suyo era más rápido que los nuestros.
-¡Corre!- grité.
Nos separamos entre coches, pasamos por un parque vacío.
Las farolas parpadeaban.
De pronto, otro hombre, en el otro extremo.
Vestido igual, misma cara, o casi.
Estábamos rodeadas.
Astrid tropezó.
Caí de rodillas para ayudarla.
Mis manos temblaban, la sangre me zumbaba en los oídos.
El primer hombre ya estaba a cinco pasos.
No parecía respirar. Ni sudar.
Solo avanzar.
Estiró una mano hacia mí.
Sus dedos eran largos, demasiado largos.
Y entonces... una sombra se deslizó entre nosotros.
Danna.
Apareció como si siempre hubiera estado ahí.
Caminó con firmeza, con una calma brutal.
No gritó, no atacó.
Solo levantó una mano y dijo:
-Aléjate de ellas.
El hombre frenó.
Como si hubiera chocado contra una barrera invisible.
Su rostro no cambió, pero sus ojos se estrecharon.
Miró a Danna con algo que se parecía al desprecio.
O al reconocimiento.
-No podrás pararlo, Danna- susurró él.
-Lárgate. Ya.
El aire tembló.
Literalmente.
Una vibración sorda recorrió el suelo bajo mis rodillas.
Un segundo de tensión.
Ella no se movió, él dio un paso para atrás.
Y sin más... desapareció entre los árboles como si se disolviera en la niebla.
Astrid no podía hablar.
Yo apenas podía mirar.
Gema se agachó a nuestro lado.
Me tocó la cara, sus dedos temblaban.