“A veces el amor es un idioma secreto.
Otras, es un mapa hacia lugares que no deberíamos encontrar.
Y a veces... es una mentira que aún no ha elegido su forma final”
-No podemos quedarnos de brazos cruzados- insistió Astrid por tercera vez, con la voz cargada de ese tipo de urgencia que ya no espera permiso.
Yo tenía el cuaderno de Danna sobre las piernas, cerrado, como si fuera una caja fuerte.
Como si abrirlo demasiado rápido fuera a desatar algo que no entendería del todo.
Algo que quizás ya estaba suelto.
-¿Protegerme?- dije en voz baja, sin alzar la voz, sin mirar a Nuria directamente. -Y si todo esto... si lo que está pasando, ¿es porque me está protegiendo de algo peor?
Astrid frunció el ceño, apoyó la espalda en el respaldo del sofá, suspiró con los dientes apretados.
-¿Y si lo peor es ella?
No respondí.
No porque no pudiera.
Sino porque esa posibilidad se me había deslizado en sueños más de una vez.
Como un murmullo que no quería mirar de frente.
¿Y si Danna no había llegado para salvarme, sino para arrastrarme con ella?
La duda se sentó entre nosotras, como un tercer cuerpo en la habitación.
No hablaba, pero lo llenaba todo.
................
Esa tarde fuimos juntas al local donde Sam trabajaba.
El cielo tenía ese gris sucio que parece que no va a llover, pero te deja helada igual.
Yo llevaba el cuaderno en la mochila, como si cargara una herida.
El corazón, en la garganta.
Y en la mente, los ojos de Danna, tan vivos que dolían.
La tienda se llamaba “La caverna del Tiempo”.
Un nombre que no decía todo lo que decía.
Era un lugar suspendido, como si hubiera quedado atrapado en un paréntesis.
Libros antiguos apilados en desorden calculado.
Objetos extraños encerrados en vitrinas polvorientas.
Y un gato negro que nos observaba desde lo alto de una estantería, con esa calma cruel de los
que saben demasiado.
-Sabía que vendrías- dijo una voz desde el fondo.
Sam.
Vestida de negro, con un pañuelo granate en el pelo y ojos oscuros como tinta húmeda.
No sonrió. No se acercó.
Solo me miró.
Como si ya hubiera tenido esa conversación en otra línea temporal.
-Tú también has empezado a verlas, ¿Verdad?
No supe qué decir.
Astrid dio un paso adelante.
-Queremos saber quién es Danna- dijo. -Y qué está pasando. Porque algo se está deshaciendo
y no sabemos si estamos dentro o fuera de esto.
Sam asintió.
Como si la pregunta tuviera siglos.
Como si la hubiera escuchado antes, muchas veces.
Nos condujo al fondo del local, a una mesa de madera desgastada.
En la pared había un mapa viejo de Madrid.
Pero no uno normal.
Este tenía zonas que no existían.
-Danna no siempre se ha llamado así- dijo Sam, mientras sacaba una lámpara de lava y la encendía -Y tú no eres la primera que se cruza con ella. Pero eres... diferente.
-¿Diferente cómo?- pregunté, aunque ya presentía la respuesta.
-Hay personas que rozan el borde de lo que no entienden y salen corriendo. Tú te estás acercando demasiado. Y eso... despierta cosas.
Astrid sacó el cuaderno y lo dejó sobre la mesa.
El golpe sordo contra la madera me hizo cerrar los ojos por un segundo.
Sam lo miró como quien observa un objeto radioactivo.
No miedo.
Respeto.
Lo abrió.
Pasó páginas.
Murmuró cosas en un idioma que no reconocí.
Se detuvo en una: una figura humana, de espaldas, con una espiral verde justo en la nuca.
-Esto... es una marca de eco.
Nos miró, despacio.
-Los símbolos eco son una forma de defensa psíquica. Una energía que se imprime en el
cuerpo cuando algo... o alguien... intenta protegerte desde dentro.
-¿Desde dentro?
-Sí. El eco aparece cuando alguien te ama profundamente. O cuando sufre una pérdida
irreparable. No es magia exactamente. Es memoria viva. Es lo que queda cuando el alma
decide quedarse aunque no tenga permiso.
Tragué saliva.
-¿Gema?
Sam no respondió.
Solo me sostuvo la mirada con una intensidad que me hizo querer mirar al suelo.
Pero no lo hice.
-Hay registros de vínculos así. Raros. Potentes. A veces se manifiestan en sueños, en marcas,
en actos sin explicación. Pero solo ocurre con ciertas personas. Las que tienen.... una
frecuencia especial.
-¿Y por qué yo?- pregunté, sintiendo que se me aflojaban los dedos. -¿Por qué no otra?
-Tal vez porque ella te eligió. O porque tú ya estabas conectada sin saberlo. Pero lo que está
claro es que no eres una pieza más en su historia. Eres el centro.
..........
Salimos de la tienda pasadas las siete.
Madrid estaba extraño.
Demasiado silencio, demasiadas farolas apagadas.
Astrid hablaba, pero yo apenas escuchaba.
Sentía un quemazón leve en la nuca.
Como un calor nuevo, pero no ajeno.
Me detuve.
-¿Qué pasa?- dijo Astrid.
-Mira mi cuello- susurré.
Me levantó el pelo.
Y su cara se transformó.
-Naira...
-¿Qué es?
-La espiral. Está ahí. Verde. Como tatuada. Como si siempre hubiera estado ahí. Esto no es normal.
-Nada lo ha sido desde que ella llegó.
Y entonces... lo vi.
Una figura.
Alta, rápida, sin cara.
Corría sin tocar el suelo.
-¡Corre!
No hizo falta decir nada más.
Salimos disparadas.
No sabíamos a dónde íbamos, solo que teníamos que alejarnos.
Giramos una esquina, bajamos por un callejón estrecho.
Y ahí estaba.
Danna.
Pero no era la Danna que yo conocía.
Sus ojos eran los mismos.
Su voz no.
-No debiste abrirlo- dijo.
-¿Qué me has hecho?- le grité. -¿Por qué hay marcas en mi piel?
Danna respiró hondo, por un momento pareció dolida.
Humana.
Pero fue un segundo.
Solo uno.