El Eco Verde

Capítulo 7: El peso de los nombres.

“No todo lo oculto es peligroso.
No todo lo roto es malo.
A veces, quién más calla es quien más protege.
Y quién más teme... es quien más ama.”

La mañana siguiente a la aparición de Danna fue un silencio extraño.
Uno que no sabía si me abrazaba... o me ahogaba.

El sol apenas cruzaba las cortinas, pero no calentaba.
El aire tenía ese filo invisible que te corta sin avisar.
La espiral verde seguía en mi cuello, más tenue, como si se hubiera hundido en mi piel.
Como si ya formase parte de mí.

Astrid no había dormido mucho.
La encontré sentada en el sofá, con el cuaderno abierto entre las piernas, la mirada fija en una página, como si temiera que, si parpadeaba, esa página cambiara sola.

No hablaba.
Respiraba hondo. Muy hondo.
Estaba leyendo como quien traduce una bomba.

-Esto no es solo simbología- murmuró sin apartar la vista del papel. -No son simples garabatos rituales. Es más que eso. Son registros.
-¿Registros?

Asintió.

-Fechas, lugares, nombres...

Me acerqué.
Me senté a su lado y miré la página que señalaba.
Estaba húmeda en el borde, como si en algún momento hubiese sido tocada por lágrimas.

En el centro, un dibujo, a carboncillo:
Un círculo descompuesto cruzado por líneas que no seguían ningún patrón lógico.
Parecía un mapa de un sitio que no existía.
Pero algo en el dibujo me revolvió el estómago.
Una sensación parecida al vértigo, pero también al recuerdo.
Como si ya lo hubiera visto antes. O sentido.

-Ese símbolo...- susurré. -Apareció en mis sueños anoche.

Astrid me miró. No preguntó nada más.

.........

Pasamos horas frente al ordenador, navegando por archivos digitales.
Buscábamos algo, aunque no sabíamos qué.
Pero al final lo encontramos.
Un artículo antiguo.

“Doce años atrás. Sierra de Madrid. Tres adolescentes desaparecidas. Una sola superviviente, sin recuerdos precisos. Sin explicaciones.”

Y aunque el nombre estaba parcialmente borrado, el archivo original era claro: Daniela Navarro.

Mi garganta se cerró.
El aire pareció desaparecer de la habitación.

La foto era borrosa. Pero la reconocí.
Los ojos verdes.
La expresión ausente.
No era Danna tal como la conocía, pero sí lo era.
Y en esa imagen, incluso más niña, ya parecía no pertenecer del todo a este mundo.

-Tenía doce años- dije, apenas en un susurro.
-Y no volvió a ser la misma- añadió Astrid, en voz baja.

..............

Esa tarde fuimos a buscar a Sam.
Esta vez no nos hizo pasar al fondo.
Cerró la verja metálica, bajó todas las persianas y apagó el cartel de neón.

Nos miró a las dos con ojos distintos.
No como aliadas. No como clientas.
Sino como piezas inevitables de una historia que ya conocía demasiado bien.

-Sentaos- dijo.

La habitación entera se volvió un secreto.

-¿Qué fue lo que ocurrió realmente?- pregunté, sabiendo que estaba a punto de escuchar algo que no quería, pero que necesitaba.

Sam inspiró largo.
Como si cada palabra siguiente estuviera viva y doliera.

-Aquel verano- comenzó. -Danna y sus amigas estaban obsesionadas con un libro viejo que llevó alguien a clase.... en ese libro había historias. De esas que parecen ficción... pero no lo son del todo. Había rituales, nombres prohibidos, símbolos con poder. Y ellas... lo tomaron como un juego.
-¿Y qué hicieron?- preguntó Astrid.
-Fueron a la sierra. De noche. Se encerraron en un círculo de velas. Repitieron palabras que no entendían. Y... algo respondió. Algo se abrió.

Se hizo un silencio extraño.
Uno que sabía demasiado.

-¿Y qué pasó con las chicas?

Sam bajó la mirada.

-Una fue encontrada colgada de las ramas de un árbol, como si la hubieran dejado allí desde el aire. Otra apareció en un arroyo a diez kilómetros, sumergida, en una posición fetal... con la boca llena de tierra.

Me llevé las manos a la boca.
Las imágenes eran tan vívidas que dolían.

-¿Y Danna?
-Ella fue encontrada sola, caminando entre los árboles. Descalza. Desorientada. Llena de arañazos. Repetía algo, siempre lo mismo. Nadie supo descifrarlo. La policía lo trató como un trauma... pero yo lo vi en sus ojos. Ella no había escapado. Había sobrevivido... porque algo la había elegido.
-¿Elegido para qué?

Sam nos miró con esa expresión que no se puede explicar con palabras.

-Para sellar la grieta que abrieron. Desde entonces, Danna ha estado protegiendo esta ciudad sin que nadie lo sepa. Marcada. Vigilada. Y siempre sola.
-Sam... ¿por qué sabes tanto? -pregunté. -¿Cómo puedes hablar de todo esto como si lo hubieras vivido?

La pregunta cayó como una piedra en un lago.
Sam cerró los ojos. Respiró.
Y se permitió algo que no se había permitido hasta ahora: mostrar dolor.

-Porque yo estuve allí antes de que todo ocurriera.
-¿Estuviste con Danna?. -Preguntó Astrid, sorprendida.

Asintió con una leve sonrisa amarga.

-Nos conocimos cuando aún se llamaba Daniela. Yo tengo un don desde pequeña. Puedo... sentir cosas. Cosas que no son humanas. Energías. Sombras que no pertenecen a este plano. Y en ella, incluso de niña, había algo que no sabía explicar. Pero me hice su amiga, y fuimos inseparables. Yo pensaba que mi don era una maldición, pero ella... ella me hacía sentir normal.

El silencio se hizo más hondo.
Yo escuchaba sin moverme.
Como si moverme fuera traicionar el momento.

-Después del accidente, Danna ya no fue la misma. Había una oscuridad distinta en ella. Una presencia. Como si estuviera compartiendo cuerpo con algo que no entendía. Y entonces... me alejó. No con rabia. Con miedo. Me dijo que no quería ponerme en peligro. Como quien sabe que está manchada por algo que no quiere que toque a nadie más.



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En el texto hay: romance, drama accion, novela lésbica

Editado: 10.05.2026

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