El Eco Verde

Capítulo 8: Lo que nunca dije.

Danna

“Algunas cicatrices no están en la piel.
Están en el aire que respiras cuando intentas no recordar... y todo lo que haces es vivir en ese recuerdo.”

Yo no elegí sobrevivir.
Sobreviví porque no me dejaron morir.
Sobreviví como se sobrevive a una explosión: con los huesos deformados, el alma sorda y algo invisible clavado entre las costillas que ya no se puede sacar.

Y no fue suerte.
Fue castigo.

Aquella noche, creíamos estar jugando.
Lisa, Mara y yo.
Éramos niñas disfrazadas de brujas.
Ritualizando como quien pinta con los dedos en la pared: con inocencia estúpida, con hambre de magia.

Velas, símbolos mal copiados de un libro de un chico de clase.
Palabras antiguas, deformadas por nuestras bocas adolescentes.
Nombres que no se deben decir.
Pero los dijimos.

Y cuando lo hicimos, lo sentimos.
Un temblor en el suelo.
Un frío que no venía de fuera.
Una grieta que no hizo ruido, pero se abrió dentro de nosotras.

El aire cambió.
El bosque dejó de ser bosque.
Y por un instante... supe que nos habíamos convertido en algo distinto.
No éramos humanas del todo.

Lisa murió tres noches después.
La encontraron colgada de un árbol, en medio de un claro del bosque.
Sus pies descalzos aún rozaban el suelo.
Como si la muerte no hubiera querido terminar el trabajo.
Como si la hubiera dejado allí... para que yo la viera.

Pero lo que más me persigue es que tenía los ojos abiertos.
Tan abiertos que no parecía que hubieran visto algo.
Sino que no habían podido dejar de verlo.

Había marcas en el tronco, símbolos.
El mismo patrón que dibujamos en la tierra con palos esa noche.
Uno de ellos estaba grabado con tanta profundidad que la savia aún sangraba cuando la bajaron.

A Mara no la encontraron enseguida.
Su madre pegó fotos por todo el pueblo.
Su padre dejó de hablar.

Y yo... yo fingí.
Fingí no saber.
Fingí no soñar.
Fingí que no escuchaba su voz.

Dos semanas después, su cuerpo apareció.
El río la había devuelto.
Estaba en posición fetal, cubierta de barro.
Los labios sellados por tierra húmeda.

Los forenses dijeron que tenía lodo en la tráquea.
Como si se hubiera tragado el mundo.
Como si hubiera querido convertirse en raíz antes que en cadáver.
No había signos de lucha.
Solo resignación.

Y eso fue lo que me rompió.
El hecho de que no se defendió.
Que aceptó.

Yo las vi morir.
No en directo.
Pero en sueños, es flashes, en escalofríos que me dejaban paralizada.

Yo debía haber sido la tercera.
Era el orden lógico.
Tres iniciadas.
Tres sacrificios.
Pero no lo fui.

No porque mereciera vivir.
Sino porque alguien me marcó.
Una presencia. Un susurro.
Un roce en el centro del pecho que aún arde cuando me ducho con agua caliente.

Algo me tocó esa noche.
Y en vez de matarme... entró.

Durante años, intenté olvidarlo.
Años de huidas.
De nombres falsos.
De documentos quemados
Viví en pisos alquilados que cambiaba cada seis meses.
Dormí en camas que no me pertenecían.
Con personas que no sabían pronunciar mi nombre real.

Nunca me quedaba.
Porque cada vez que sentía afecto...
Cada vez que alguien me abrazaba...
Veía cosas.

Pedazos de muerte.
A veces suyas.
A veces mías.
A veces de nadie.

Aprendí a vivir así.
A no tocar por más de tres segundos.
A no mirar a los ojos de quien me hablaba.
A desaparecer antes de que alguien me quisiera.

Hubo noches en las que pensé en seguirlas.
Seguir el camino que ellas ya habían cruzado.
Pero algo me detenía.
Una voz.
Mi propia voz.

Diciendo: aún no.
Todavía no.

..........

Y entonces apareció Naira.
Naira lo activó todo de nuevo, con ella llegaron los asesinatos.
Primero el de Lavapiés: una espiral verde perfecta dibujada en el pecho de una chica que no tenía ninguna conexión. O eso parecía.

Luego el segundo: un chico hallado en el Retiro con las cuencas vacías y un símbolo dibujado con sangre en la pared.

No eran crímenes al azar.
Eran mensajes.
Advertencias.
Para mí, para advertirme de que Naira estaba en peligro.
Porque la amaba.
Y eso significaba que el ciclo iba a repetirse.

Intenté alejarme, no pude.
Intenté protegerla desde lejos, no funcionó.
Porque los que la buscaban... sabían.
Sabían que me importaba.
Y eso los envalentonaba.

Desde entonces, he peleado cada noche.
Contra los que se han dejado poseer, contra los que sirven a ese “algo” que viene del otro lado.

He sangrado.
He escuchado el crujido de mis propias costillas como si fueran ramas en otoño.
He enterrado dagas en cuellos que pronunciaban “Eva” como si fuera una ofrenda.
Y he llorado.

Después.
Siempre después.

Ella no lo sabe.
Ni debe saberlo.
Porque su sonrisa me recuerda todo lo que aún puede salvarse.

Pero yo sé que no durará.
Lo siento en las sombras.
En el cambio del viento.
En las pesadillas que ya no son mías, sino suyas.

Sé que pronto vendrá lo real.
Lo antiguo.
Eso que cruzó una vez... y que no olvida.

Pero esta vez no pienso ceder.
No pienso callar.
No pienso huir.

“Porque esta vez, si algo quiere llevarse a Naira... tendrá que pasar por mí.
Y juro por cada símbolo que he sangrado, por cada amiga que he enterrado, por cada nombre que ya no puedo pronunciar...
... que no va a gustarle lo que encuentre”



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En el texto hay: romance, drama accion, novela lésbica

Editado: 10.05.2026

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