“Hay secretos que rompen.
Y otros que, cuando se revelan, te reconstruyen en algo distinto.
Yo aún no sé cuál de los dos me tocó.
Solo sé que, desde ese día, nada volvió a ser silencioso dentro de mí.”
Astrid no podía dejar de mirar a Danna.
Yo tampoco.
No era solo lo que decía.
Era lo que no decía.
Era el temblor sutil en sus párpados, la manera en que respiraba con la boca entreabierta, como si estuviera conteniendo algo más que aire.
Como si dentro de ella ya no cupiera el silencio.
Había algo nuevo en sus ojos.
O tal vez siempre estuvo ahí, y nosotras no supimos verlo.
Una especie de incendio contenido.
Como si una tormenta se hubiera desatado detrás de sus pupilas, como si su alma ya no estuviera hecha solo de carne, recuerdos y dudas... sino de fuego y sombras.
Estábamos en el salón de Astrid.
El reloj no se atrevía a marcar los minutos.
La luz del mediodía estaba rota por las cortinas, proyectando sombras largas sobre la alfombra.
Y nosotras... nosotras éramos otra sombra más.
Calladas, vibrando en una tensión tan antigua como el miedo.
Sabíamos que lo que estaba por decirse ya estaba en marcha desde mucho antes.
Desde antes, incluso, de conocernos.
-No quería que os enterarais así...- murmuró Danna. -Pero ya es tarde.
Su voz no temblaba.
Era algo peor.
Era la voz de alguien que ya ha aceptado el abismo que lleva dentro.
Astrid cruzó los brazos, clavándole una mirada dura.
-¿Quién era el tipo que vino a mi casa? ¿Qué quería? ¿Por qué sabías que vendría?
Danna tragó saliva, como si cada palabra le costara una vida distinta.
Miró al suelo.
-Se llama Ahn-Rah. Al menos, así se hace llamar en esta forma. No es humano. Nunca lo fue.
El aire se volvió más denso.
Como si las paredes hubieran contenido la respiración.
Como si las palabras no fueran un sonido, sino un veneno que se derramaba despacio sobre nosotras.
Yo lo sentí.
Antes de entenderlo, lo sentí.
En la espalda, en el estómago, en esa parte antigua del alma donde no hay razonamientos, solo advertencias.
Sabía que había algo más allá del miedo.
-¿Qué quieres decir con eso?- pregunté, aunque algo en mí ya lo sabía.
Danna me miró.
No con culpa, ni con miedo.
Con una especie de resignación serena.
-No es una criatura cualquiera. No es uno de esos seres que han venido a cazarme antes. Es el primero. El que abrió la grieta. El dios supremo de las cosas que no deberían existir en este mundo. Y ahora... me quiere a mí. Quiere mi alma.
La palabra “alma” no sonó como una metáfora.
Sonó como una puerta real.
Como una materia que puede ser arrancada, consumida, usada.
Me quedé sin palabras.
Literalmente.
Sentí cómo cada sílaba que intentaba salir de mí se ahogaba antes de alcanzar mi lengua.
-¿Por qué tú?- preguntó Astrid, más temblorosa de lo que quiso aparentar.
Danna inspiró profundamente.
Cerró los ojos unos segundos.
Cuando los abrió, había en ellos algo transparente y brutal.
-Porque cuando murieron mis amigas... y yo no... algo me salvó. No fue por suerte. Fue por azar. Fue una fuerza que vino de otro sitio. Una energía que me atravesó justo cuando la muerte me rozó. Desde entonces, esa fuerza vive dentro de mí. Y Ahn-Rah... la siente. La desea. La necesita.
Astrid frunció el ceño.
Yo apreté las manos contra las piernas.
-¿Qué clase de fuerza? ¿Un poder?
Danna abrió su cuaderno con cuidado.
Sus dedos estaban manchados de tinta seca.
Nos mostró una página con líneas curvas, espirales, figuras humanas unidas por nervios.
Parecía un mapa.
-Esto es un símbolo eco. Una defensa inconsciente. Algunas personas los dibujan en sueños, en paredes, en la tierra. Son una red, una memoria antigua que intenta protegernos. Pero lo que vive en mí no fue dibujado. Fue impreso. Grabado en el momento exacto en que la muerte vio... y no pudo llevarme.
-¿Y él lo quiere?- dije, con la voz tan baja que parecía que solo el silencio podía escucharla.
-Sí. Porque si logra absorberme, si logra poseer completamente lo que soy... podrá usar mi cuerpo como un ancla. Como una llave. Y entonces, el mundo dejará de ser nuestro.
La habitación estaba en silencio.
Un silencio que no era vacío, sino denso, vivo, como si cada palabra que acabábamos de pronunciar hubiera dejado un peso invisible en el aire.
Danna seguía de pie, con el cuaderno en las manos, los dedos temblando.
Astrid había dejado de fingir dureza.
Estaba sentada con los brazos cruzados, pero su mirada ya no era juiciosa: era confusión, dolor.
Y miedo.
Yo, en cambio, sentía que estaba flotando fuera de mi cuerpo.
Como si alguien más hubiera tomado mis decisiones y me hubiera arrojado en esta escena.
-Pero si es tan poderoso... ¿Por qué no lo ha hecho ya?
Danna bajó la vista.
Su voz se volvió ceniza.
-Porque aún no puede. Sí, podría matarme. Pero si lo hiciera ahora, el poder dentro de mí también lo destruiría. Necesita más fuerza. Más preparación. Debe corromperme lentamente, abrir mi alma, debilitar mis límites. Solo entonces podrá absorber lo que soy sin ser consumido por ello.
Me acerqué.
No sé por qué.
Tal vez para tocar algo que me recordara que esto era real.
Tal vez para tocarla a ella.
-¿Y tú sabías esto antes de conocerme?
-No del todo. Creí que, si dejaba de dibujar los símbolos... si me alejaba de los lugares donde todo empezó... el eco se iría. Pero no era un eco. Era una herida. Una cicatriz viva.
Astrid cerró los ojos un segundo.
Su voz fue un suspiro con forma.
-Entonces... ¿Todo este tiempo él ha estado detrás de ti?
Danna asintió.
-Pero... ese día. Cuando lo tuvimos delante... huyó. ¿Por qué?