El Efecto Haylee x Baylee

¡Tengo una hermana!

Noviembre 30, 2009

Baylee corría por toda la casa creyendo que su madre no se encontraba ahí.
Anastasia Ravenson solía ser una madre sobreprotectora, y esto tenía una muy buena explicación.
Anastasia había quedado embarazada a finales de mayo, por lo que el parto había sido programado aproximadamente para la segunda o tercera semana de febrero del siguiente año, y todo parecía ir bien, el ginecólogo le decía en cada consulta a la que asistía Anastasia que el bebé estaba en perfecto estado y que no había nada de lo que debiera preocuparse.
Sin embargo, el once de noviembre del año 1997 las cosas dieron un giro de 180 grados; en primer lugar, su parto se adelantó y Baylee nació con solo seis meses de gestación; en segundo lugar, ella no quería que su embarazo fuera descubierto por Hernan Ravenson y si tan solo hubiera hecho caso a su padre de mudarse a otro país nunca hubiera ocurrido lo que aquella noche. Quizás esas cosas del destino eran ciertas y por esa razón Hernan se encontraba en el hospital, y por esa razón Baylee nació antes. Y aunque ella no creía en esas cosas, aquel día pareció hacerlo.
Retomando el punto; Baylee Ravenson nació el once de noviembre del año mil novecientos noventa y siete, pesando y midiendo menos que los bebés promedio, esto debido a que el embarazo solo duró seis meses; razón por la que pasó un buen tiempo en las incubadoras del hospital, bajo observación y haciéndole varios exámenes para saber en qué estado se encontraba la niña.
Y después de que regresara a casa con mamá las cosas no fueron diferentes; Baylee pasó de estar en una incubadora a esta en una bola de cristal en la que su madre la había colocado para que nada ni nadie le hiciera daño.
Entonces comenzó el infiero de Baylee, porque al parecer ella no podía hacer las mismas actividades que sus demás compañeros porque podría lastimarse; no podía comer ciertas cosas porque podría enfermarse; no podía asistir a diversos lugares porque podría perderse, ya que ella no podía cuidarse sola.
Anastasia siempre puso limites en la vida de Baylee. Y esto pudo afectar de algún modo para que Baylee se sintiera incapaz de hacer las cosas.
Pero entonces, la presencia de Hernan Ravenson, su padre, en casa ayudó mucho; hablaba con Anastasia, y cuando no entendía de razones, “secuestraba” a Baylee y la llevaba a lugares que su madre le prohibía, para demostrarle que ella era capaz de hacer las mismas cosas que sus demás compañeros, de la misma manera o incluso mejor.
Así fue como poco a poco ella fue logrando abrirse camino a realizar cualquier cosa que ella se propusiera, y fue como encontró esa pasión, o mejor dicho gusto, por el ballet; aunque no le duró mucho, aun así, su padre se dio cuenta de que ella podía salir de esa bola de cristal sin lastimarse; de todas formas, esa era una de las lecciones de la vida: caer y levantarse, solo para seguir adelante. 
Baylee nunca se rindió, así que ahora mismo estaba rompiendo una de las reglas de mamá; no correr en casa porque puedes romper algo o puedes dañarte, esto con doce años de edad; una edad en la que los niños tienden a ser más activos y comienzan a descubrir sobre lo que les apasiona, si de deportes hablamos.
La distracción de su madre siempre fue Hernan Ravenson, hasta en estos momentos en los que simplemente su madre estaba teniendo algunos problemas por las actitudes de su padre; algunas malas decisiones que tomó él y algunas malas decisiones que tomó ella. Al final eran una pareja y de los dos dependía ella; era responsabilidad de ambos que las cosas en casa funcionaran de la manera correcta.
Aquel día Baylee se detuvo en el estudio de pintura de su madre; estaban todas sus acuarelas y el resto de pintura que usaba su madre para pintar en sus días libres. También estaban sus lienzos, algunos de ellos con algunas pinturas; Baylee siempre admiró el arte de su madre, así que decidió entrar, sabía que a ella no le gustaba que irrumpiera cuando estaba trabajando en un nuevo proyecto, pero ahora no estaba, y los gritos de sus padres se vieron opacados cuando vio aquella pintura de una  amiliaa; todo en colores grises y marrones. Como si se tratara de una vieja fotografía; o como si de alguna manera su madre hubiera querido hacer una réplica de la foto de un viejo periódico.
—Es tan hermosa. —Exclamo Baylee tocando suavemente la pintura; era una familia pequeña, tal y como la de ella; una mamá hermosa, el tono claro que su madre había usado en él, significaba que el color de cabello en aquella mujer era rubio, y su piel blanca, los ojos no podía adivinar si eran azules o grises, su mamá no había explicado la técnica que usaba para esa parte del cuerpo; sus prendas de vestir se veían elegantes, abrigo largo hasta las rodillas, en un tono marrón, llevaba tacones altos y un vestido que en su mente era azul, aunque quizá no era una buena combinación para el abrigo y los tacones altos marrón.
Luego pasó a la chica, una niña que parecía ser de su edad, estaba un poco más alta que ella y no se veía tan delgada, de no ser por esas características tan notables ella se habría imaginado que esa pintura era de ellos; aunque el rostro de la mujer no coincidía en nada con el rostro de su madre.
Siguió observando a la chica, quien al parecer también tenía el cabello rubio, los ojos parecían ser grises; Baylee se recordó preguntarle a su madre sobre las técnicas que usaba para los ojos; su piel blanca y en cuanto su ropa, solo podía decir que se veía como una princesa, tenía un bonito vestido que en la mente de Baylee también era azul, y además ella estaba creando la historia de que había estado celebrando su fiesta de cumpleaños con la temática de Cenicienta; ella lo hubiera hecho ese año, pero no tenía el cabello rubio, y no quería que nadie se burlara, por eso decidió hacerlo sobre la bella y la bestia; ella sería bella, y su bestia que luego se transformaría en príncipe era un buen amigo del colegio, del cual no estaba enamorada, pero que él si de ella.
—Veamos, ¿qué tan elegante será su padre?
Y entonces comenzó a inspeccionar el dibujo del hombre; inició desde los zapatos, por esta razón notó que el hombre usaba unos zapatos negros que parecían ser de charol, y que su madre había dado un efecto de brillo para que eso se notara; siguió con el pantalón, creía que era un tono verde, a pesar de usar esas escalas de grises, su madre lograba transmitir colores en ellas.
Baylee inspeccionó cada parte de la pintura, pero pareció no estar completa, no le parecía raro porque la pintura estaba descubierta cuando entró, pero lo que si le pareció extraño fue darse cuenta de que a aquel hombre le faltaba el rostro; esto teniendo en cuenta que su madre dibuja siempre primero el rostro de las personas, así que eso fue lo único que se quedó en su mente mientras salía de ahí; no quería que su madre se diera cuenta de que habría estado ahí sin su consentimiento, menos porque ese es un espacio personal para ella. Pero también sabía que tenía que resolver esa duda, Baylee quería saber la razón del porque no dibujó el rostro primero como en el resto de las pinturas; aunque se tuvo que autoconvencer y autocontrolar para no mencionarle nada a su madre y así evitar un regaño. La idea que se le formó en la cabeza y con la que tuvo que lidiar para no parecer intrusiva al santuario de su madre, fue que quizás ella estaba probando una técnica nueva y por eso había usado la foto de un periódico viejo.
—¡Pensé que habías sido sincero! 
Baylee dio un salto mientras salía del estudio de su madre. No era común escuchar a su madre gritar de esa manera, pero ella creía que había una buena razón para hacerlo, y es que quizás habría descubierto algo que hicieron ella y su padre a sus espaldas. Decidió investigar de dónde veían los gritos, llegando así hasta el jardín trasero, justo del invernadero donde su madre cultivaba las calabazas que ella tanto amaba. Baylee se quedó un momento detrás de una de las macetas enormes que tenía su madre en la terraza, y decidió escuchar un poco de lo que decía a su padre, o más bien, que le gritaba.
—Ana, habla más bajo, Baylee puede escucharnos. —Anastasia rio fuerte mientras comenzaba a dar zancadas fuertes de un lado a otro, intentando calmarse, pero era obvio que no estaba sirviendo de nada, al parecer se estaba molestando más.
—Quieres que me calme, cuando el que ha cometido el error fuiste tú, y además de eso, me has mentido, no tienes vergüenza, Hernan Ravenson.
Baylee podría tener doce años, pero sabía que cuando su madre estaba molesta usaba los nombres completos. Pero en esta ocasión ha omitido el segundo nombre de su padre, por lo que ella, una Baylee Ravenson creía que su madre no estaba del todo enfadada.
—Solo te pido que no hables tan alto, Baylee podría…—Y entonces Anastasia tuvo que ser lo suficientemente fuerte como para no explotar.
—¿Ahora si te importa Baylee? No me hagas reír, Hernan, si te hubiera importado, no la habrías metido en esta maraña de mentiras, en tu maraña de mentiras. Y, además, has intentado eliminar las pruebas, ¡no tienes descaro alguno, Hernan!
¿Y ahora de qué estaban hablando ellos?
Decidió ignorarlos un poco, y regresar al estudio de su madre, pero en el camino se distrajo un poco, descubrió que su padre había estado fumando en su estudio; eso o se había quemado algo, así que al ser una chica demasiado curiosa decidió entrar al estudio, por los tonos de voz que usaban ambos, sabía que esa discusión se llevaría un buen rato, así que sería mejor distraerse.
Baylee entró al estudio y el aroma del humo se hizo presente en sus fosas nasales.
Avanzó con cuidado por todo el estudio, mirando de manera cuidadosa todo a su alrededor, tratando de descubrir de donde provenía ese aroma.
Reviso cada estante de libros. Cada espacio en el suelo, Baylee no quería acercarse de más, pero si debía de hacerlo, lo haría; y entonces se aproximó al escritorio de su padre, del lado izquierdo estaba su computadora; Baylee creyó que quizás algún cable se había quemado o que su padre habría derramado agua sobre ella, así que la revisó, pero no encontró nada; y siguió con su investigación. 
Revisó del lado derecho, donde encontró el bote de basura; en él estaban restos de cenizas, y una hoja que se quemó a la mitad; la sacó del fondo y la miró detenidamente; eran las mujeres de la pintura de su madre, y en efecto, el rostro del hombre parecía querer permanecer en secreto; pero entonces el pie de foto le hizo saber quiénes eran.
Mientras regresaba al estudio de su madre para comparar la foto, que seguía siendo en blanco y negro, con la pintura, leyó el pie de foto, y entonces su corazón se paralizó; Baylee se quedó sin habla una vez que se colocó frente a la pintura, frente a la réplica que había hecho su madre en una escala de grises y marrones.
—En la fotografía se puede apreciar, de izquierda a derecha, a Elizabeth Ravenson, junto a ella Haylee Ravenson, hija del matrimonio, y a Hernan Ravenson, el patriarca de la familia. Reconocido por su labor en la medicina, en especial en el área de cardiología.
Baylee dejó caer el pequeño trozo de periódico sobre el suelo, y miró fijamente la pintura; era su padre, el hombre que estaba en esa pintura era su padre, y las dos personas que estaban con él eran su esposa e hija. Él tenía otra hija de la que ella no sabía nada. Y, además, tenía una esposa, otra esposa que no era su madre.
Si en ese momento le hubieran dicho que era una broma, se hubiera reído y después hubiera llorado para luego volver a reír. Pero no lo hizo. Solo miró fijamente la pintura y negó.
—No puede ser.
Dijo como si estuviera en un estado de shock, del que poco a poco iba a ir saliendo.
Miró la pintura durante tanto tiempo que de no ser por sus padres que interrumpieron, habría comenzado a imaginar que estaban cobrando vida. Solo esperaba que la imagen de su padre no saliera del lienzo así, sin rostro ni cabeza. Sería muy traumático.
—¡Baylee! ¿qué haces aquí? Sabes que este no es tu…—Y entonces Anastasia se dio cuenta de lo que había entretenido a su hija. —Hija, tenemos que hablar contigo sobre esto.
Pero Baylee no necesitaba saber nada más. Miró a su madre quien estaba pálida y al parecer con los labios secos. Luego miró a su padre quien no estaba más diferente a ella, y una vez que los dos parecieron muy asustados por la reacción que tendría, Baylee sonrió y gritó lo más fuerte que pudo:
—¡Tengo una hermana! 
 




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