El aire de la mañana todavía conservaba ese aroma a tierra mojada y pino que ha sido mi único escenario durante veintitrés años. Lo inhalé con fuerza, tratando de grabarlo en mis pulmones, porque sabía que a partir de hoy mi realidad olería a asfalto y aire acondicionado. El maletero de mi viejo sedán era un caos de cajas de cartón, bolsas de ropa y los peluches de Phoe; un rompecabezas que me costó horas armar para que todo encajara.
—¿Segura que no quieres que te acompañemos, hija? —La voz de mi madre me llegó rota. La vi apretarse el abrigo contra el pecho, como si intentara no desmoronarse ahí mismo, en la entrada de la casa.
Forcé una sonrisa que me dolió en la cara. Sentía un nudo en la garganta tan apretado que apenas podía respirar.
—Mamá, ya lo hablamos. Necesito hacer esto por las dos. L.A. no es el fin del mundo, es solo un tramo largo de carretera.
Cerré el maletero con un golpe seco que resonó en la calle desierta. Me temblaban las manos mientras me apartaba un rizo rebelde de la cara. Me giré hacia la puerta trasera, buscando el único motivo por el que no me daba media vuelta para volver a mi cama.
Phoebe estaba ahí, peleándose con un crayón que se le había escapado de las manos, totalmente ajena a que estábamos dejando nuestra vida atrás. Me incliné sobre ella y ese olor a champú de manzana me inundó, dándome la fuerza que me faltaba.
—Muy bien, Phoe, es hora de ajustar el cinturón de astronauta —le dije, intentando que mi voz sonara alegre, casi cantarina.
El clic de la hebilla sonó como una sentencia. Era el sonido de mi nueva vida. Le planté un beso ruidoso en la mejilla y ella soltó una risita que me devolvió el alma al cuerpo.
—¡Vamos a ver a Mickey, mami! —gritó, convencida de que California era un cuento de hadas.
—Algo así, mi amor… algo así —susurré, tragándome las lágrimas.
Me despedí de mi familia con un abrazo rápido, de esos que te arrancan la piel porque sabes que, si te quedas un segundo más, no te vas nunca. No miré atrás. No quise pensar en el vacío que dejó el tipo que nos abandonó ni en el terror que me daba que esta ciudad gigante me tragara viva.
Subí al asiento del conductor, ajusté el espejo para ver los ojos de mi niña y arranqué. El motor rugió, quejándose por el peso, pero avanzó. Mientras salía del camino de entrada, me hice una sola promesa: nadie volvería a rompernos. En L.A. solo había espacio para ganar.
No tenía ni idea de que, a cientos de kilómetros de distancia, un tal Dominic Thorne ya era el dueño del tablero donde yo apenas empezaba a jugar.