Mis pies me gritaban. Llevaba diez horas al volante de un sedán que vibraba como si fuera a desarmarse en cualquier momento, pero el dolor de espalda no era nada comparado con los nervios que me retorcían el estómago. Los Ángeles no era una ciudad, era un monstruo de cemento y palmeras que parecía querer aplastarme.
—¿Mami? ¿Ya llegamos a la casa de Mickey? —La voz de Phoebe me llegó desde el asiento trasero, pastosa por la siesta que acababa de tomar.
—Casi, pollito. Primero mamá tiene que ir a una oficina muy importante —respondí, mirando por el retrovisor.
Ella me miró con sus ojos grandes, todavía medio dormida, y se metió un dedo en la boca mientras abrazaba a su conejo de felpa mugriento.
—Tengo ambe, mami. Queré papas frias.
—Luego, Phoe. Te lo prometo.
Aparcar en el centro de L.A. fue mi primera pesadilla. Cuando finalmente encontré un hueco que no costaba un riñón, bajé a Phoebe, cargué su mochila de dinosaurios, mi bolso profesional —que ya tenía una mancha de jugo— y el cochecito plegable. Caminar hacia la Torre Thorne se sintió como avanzar hacia el castillo de un gigante. Era un edificio de espejos tan alto que me dio vértigo solo de mirar hacia arriba.
Al entrar, el aire acondicionado me golpeó como una bofetada fría. Todo olía a caro, a limpieza extrema y a éxito. Mi ropa, que me pareció elegante en el espejo de mi casa en el pueblo, aquí se sentía como un disfraz barato.
—¡Mira, mami! ¡Un guau-guau de piedra! —gritó Phoebe, soltándose de mi mano.
—¡Phoe, no! ¡Ven aquí!
Antes de que pudiera reaccionar, mi hija ya estaba corriendo por el lobby de mármol pulido hacia una escultura moderna que, efectivamente, parecía un perro abstracto. Sus zapatillas de luces brillaban con cada paso, haciendo un ruido chirriante que atrajo la mirada de todos los ejecutivos impecables que caminaban por ahí.
Me lancé tras ella, esquivando a una mujer que me miró como si yo fuera un insecto.
—¡Phoebe Miller, detente ahora mismo! —susurré con desesperación, pero era tarde.
Phoebe no llegó a la estatua. En su lugar, chocó de frente contra algo mucho más sólido: las piernas de un hombre que acababa de salir de un ascensor privado. La nena rebotó y cayó de nalgas, soltando a su conejo, que aterrizó justo sobre los zapatos de cuero negro más brillantes que he visto en mi vida.
Me quedé helada. El hombre era alto, de hombros anchos y vestía un traje gris que gritaba "mando aquí". Su rostro era una obra de arte tallada en hielo, con unos ojos verdes que se clavaron en la pequeña criatura que lloriqueaba a sus pies.
—Phoe... mi amor... —balbuceé, llegando a su lado y recogiéndola del suelo. La levanté en peso, sintiendo cómo mi corazón martilleaba contra mis costillas—. Lo siento muchísimo, caballero. Es... es el viaje, está emocionada, yo...
El hombre no dijo nada al principio. Se limitó a observar la mancha pegajosa que el conejo de Phoebe había dejado en su zapato. Luego, levantó la vista hacia mí. Su mirada no era de asco, era algo más profundo, una curiosidad intensa que me hizo sentir desnuda.
—Mami, el señor tiene cara de malo —susurró Phoebe en mi oído, pero lo suficientemente alto como para que todo el lobby lo escuchara.
Se me cayó el alma a los pies. El hombre arqueó una ceja y, para mi absoluta sorpresa, se agachó. No se arrodilló, pero se puso a la altura de mi hija.
—No soy malo, pequeña —dijo él, con una voz profunda que me dio un escalofrío—. Solo estoy muy ocupado. Y tú acabas de interrumpir la reunión más importante de mi día.
—Se cayó mi 'nejo —respondió Phoe, señalando el peluche con un labio tembloroso.
Él agarró el conejo con dos dedos, como si fuera una bomba, y se lo extendió. Luego volvió a ponerse de pie y me miró directamente a los ojos.
—Usted debe ser la nueva arquitecta junior que viene de... ¿dónde era? —Me escaneó de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mis rizos revueltos—. Ah, sí. Del campo.
—De un pueblo, Sr. Thorne —le corregí, tratando de recuperar mi dignidad mientras acomodaba a Phoebe en mi cadera—. Soy Cassie Miller. Y lamento el... incidente del conejo.
—Bienvenida a Los Ángeles, Sra. Miller —dijo con una media sonrisa que no llegó a sus ojos—. Espero que su talento sea tan grande como el desorden que trae consigo. Sígame. No me gusta esperar.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta. Me quedé ahí, de pie en medio del lujo, con una niña de tres años que empezaba a pedir papas fritas otra vez y un jefe que parecía querer comerme viva o despedirme antes de empezar.
—El señor huele rico, mami —murmuró Phoe, apoyando su cabeza en mi hombro.
—Sí, nena —susurré yo, empezando a caminar tras él—. Huele a problemas.
Caminé tras él, tratando de que el ruido de mis tacones —unos que apenas sabía usar— no delatara mi inseguridad. Phoebe, por el contrario, iba en mi cadera saludando con la mano a cada empleado que pasaba. El despacho de Dominic Thorne era exactamente como él: imponente, frío y con una vista de Los Ángeles que te hacía sentir muy pequeña o muy poderosa. No había término medio.
Él se sentó tras un escritorio de mármol negro que parecía un altar. Yo me quedé de pie, ajustando a Phoe en mis brazos, sintiendo cómo el sudor frío me bajaba por la espalda.
—Puede sentarse, Sra. Miller. No muerdo. Al menos no antes del mediodía —dijo, señalando una de las sillas de cuero frente a él.
—Estoy bien así, gracias —respondí, aunque mis piernas temblaban. No quería que viera lo mucho que me intimidaba.
Él arqueó una ceja y luego desvió la vista hacia Phoebe, que estaba intentando alcanzar un pisapapeles de cristal con forma de esfera.
—Supongo que se pregunta qué hará con la niña mientras intenta convencerme de que su talento arquitectónico vale el sueldo que le estamos pagando —soltó, con una franqueza que me golpeó como un balde de agua fría.