El Efecto Phoe

Capítulo 2 : el primer día

​El despertador sonó a las cinco y media de la mañana, un ruido metálico que me recordó que ya no estaba en el pueblo y que hoy no habría café preparado por mi madre. Me levanté de un salto, con el corazón acelerado. Tenía que ser perfecta.

​Me puse el conjunto que había separado con tanto cuidado: unos pantalones de vestir en tono café chocolate, de talle alto y corte impecable, combinados con una camisa blanca impecablemente planchada. Me calcé mis tacones crema, me puse las gafas de sol para ocultar las ojeras de la mudanza y me miré al espejo. Por fuera, parecía una arquitecta de éxito de Los Ángeles; por dentro, era un manojo de nervios.

​—¡Phoe, arriba! El desayuno está listo —llamé, tratando de sonar animada.

​Le serví un tazón de cereales con fruta, que devoró mientras yo le ponía su mejor vestido de flores y le peinaba esos rizos rebeldes que compartíamos. Ella estaba emocionada, hablando de los "juguetes nuevos" que encontraría en el edificio del "señor malo".

​Llegamos a la Torre Thorne diez minutos antes de las siete. Ir directo a la guardería del cuarto piso se sintió como entrar a un santuario de lujo para niños. Todo era de madera clara, colores pastel y olía a lavanda.

​—Buenos días, soy Cassie Miller. Vengo a registrar a Phoebe —le dije a la recepcionista, una mujer de aspecto amable pero eficiente.

​—Claro, Sra. Miller. El Sr. Thorne nos avisó que vendría. Necesito que complete estos formularios —me dijo, extendiéndome una tableta digital.

Llegar a la guardería del cuarto piso fue como entrar a otro mundo; era un lugar impecable que olía a lavanda y a juegos caros. La recepcionista me entregó una tableta digital para que completara el registro de Phoebe mientras mi niña ya intentaba soltarse de mi mano para explorar. Escribí su nombre completo, Phoebe Miller, y su edad, sintiendo el peso de cada palabra en ese entorno tan sofisticado. Cuando llegué al renglón que pedía la información del padre, mi mano se detuvo un segundo. Miré el espacio en blanco, el cursor parpadeando como una burla, y simplemente lo salté sin añadir una sola letra. No había nada que poner ahí. Completé mi propio número como contacto de emergencia y el de mi madre como respaldo, aclarando con voz firme que nadie más que yo estaba autorizada para recoger a la niña.

​Una vez que Phoebe se quedó instalada, subí al piso cincuenta con el corazón en la garganta. Las puertas del ascensor se abrieron y lo primero que vi fue la silueta de Dominic Thorne recortada contra el ventanal gigante.

​—Llega dos minutos tarde, Sra. Miller —soltó él sin siquiera mirarme, concentrado en su reloj de muñeca.

​—Fueron los trámites de la guardería, Sr. Thorne. No se repetirá —respondí, tratando de que mi voz no temblara mientras caminaba hacia él sobre el mármol brillante.

​Él guardó su teléfono y se giró, recorriéndome con esa mirada gélida que parecía analizar hasta el último hilo de mi camisa blanca. No dijo nada sobre mi aspecto, pero sentí su escrutinio como una descarga eléctrica.

​—El tiempo aquí es el recurso más caro, Miller. No lo malgaste —sentenció, dándose la vuelta para caminar hacia la zona de los estudios—. Sígame, su estación de trabajo está lista. Tenemos un proyecto de remodelación en Malibú que necesita una visión menos... corporativa. Veamos si su origen de pueblo sirve para algo más que para llegar tarde.

Dominic me condujo hasta una mesa de dibujo inmensa, aislada del resto de los arquitectos senior. Sobre el cristal descansaba una montaña de planos y una tableta con renders en 3D que parecían sacados de una película de ciencia ficción.

​—Esto es «The Reef» —dijo, señalando los planos con un dedo largo y decidido—. Es una residencia privada en los acantilados de Malibú. El cliente es un excéntrico que quiere una estructura que flote sobre el vacío, pero el departamento de ingeniería dice que es físicamente imposible debido a la erosión del terreno. Tres de mis mejores hombres han tirado la toalla esta mañana.

​Se cruzó de brazos, apoyándose contra el borde de la mesa, invadiendo mi espacio personal con esa seguridad que me revolvía el estómago.

​—Quiero una solución estructural que mantenga el diseño original sin que la casa se deslice al océano en la primera tormenta. Tienes hasta las seis de la tarde para presentarme un boceto viable. Si no lo logras, Miller, entenderé que este entorno te queda grande y podrás volver a tu pueblo antes de que anochezca.

​Se dio la vuelta y se encerró en su oficina de cristal sin darme tiempo a replicar. Me quedé mirando el papel en blanco, sintiendo el peso del mundo sobre mis hombros. Por un segundo, quise salir corriendo, recoger a Phoe y desaparecer. Pero luego miré una foto de mi niña que había sacado de mi bolso y la puse en la esquina de la mesa. No iba a rendirme.

​Me sumergí en los cálculos. Recordé las viejas estructuras de los puentes de madera de mi pueblo, cómo distribuían el peso usando la tensión en lugar de solo el soporte vertical. Mis dedos volaban entre el lápiz y la regla, borrando, calculando ángulos de torsión y estudiando la composición del suelo de Malibú en la base de datos. Me olvidé de almorzar, me olvidé de los otros arquitectos que me miraban con lástima al pasar. Solo existíamos el plano, el problema y yo.

​A las cinco cincuenta y cinco, el cansancio me pesaba en los ojos, pero tenía algo. Había diseñado un sistema de anclaje de contrapeso inspirado en las raíces de los robles centenarios, algo que los ingenieros de ciudad, obsesionados con el acero rígido, habían pasado por alto.

​Caminé hacia su oficina y golpeé el cristal. Él levantó la vista del monitor, sorprendido de verme ahí todavía.

​—Adelante —dijo con esa voz que parecía una orden.

​Extendí el plano sobre su escritorio. Mis manos estaban manchadas de grafito, pero mi mirada era puro acero.

​—He sustituido los pilares rígidos por un sistema de tensores hidráulicos integrados en la roca madre —expliqué, señalando los puntos clave con mi lápiz—. La casa no lucha contra el movimiento del terreno, se adapta a él. Es flexible, como los juncos en el río. La erosión ya no es un problema porque el peso no descansa sobre el borde del acantilado, sino que se proyecta hacia atrás, al centro de gravedad del lote.




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