El Efecto Phoe

Capítulo 3 : Efecto Phoe

Esa noche dormí a medias, con la mente repasando cada cálculo de los tensores hidráulicos y el corazón apretado por la cuenta bancaria. A las seis de la mañana, mientras preparaba el biberón de leche que Phoe todavía pedía para despertar, me sentía como si fuera a ir a la guerra en lugar de a una oficina.

​—Mami, ¿señor malo va a estar hoy? —preguntó Phoebe, con los rizos aún enredados y los ojos entrecerrados por el sueño.

​—Se llama Sr. Thorne, Phoe. Y sí, va a estar. Así que hoy tienes que ser una niña súper valiente en la guardería, ¿vale?

​—Vale. Pero quiero mi 'nejo.

​Le di su conejo y salimos. El trayecto en el coche fue un silencio tenso de mi parte y un balbuceo constante de la suya. Al llegar al edificio, la dejé en el cuarto piso con un nudo en la garganta. Verla entrar a ese lugar de lujo mientras yo me preguntaba si me alcanzaría para la siguiente caja de leche me daba una rabia que usé como combustible.

​Subí al piso cincuenta. La sala de juntas ya estaba ocupada. Había cuatro hombres mayores, todos con trajes que costaban más que mi coche, mirando mis planos con escepticismo. Dominic estaba en la cabecera, con una expresión de piedra.

​—Sra. Miller, llega justo a tiempo —dijo Dominic, señalando el proyector—. Los ingenieros dicen que su idea es "pintoresca", pero impracticable. Convénzalos de lo contrario.

​Me puse frente a ellos. Mis manos sudaban, pero cuando abrí la boca, la voz me salió firme.

​—No es pintoresca, es eficiente —comencé, proyectando los cálculos de tensión—. Ustedes están intentando perforar el acantilado para sostener la casa, lo cual acelera la erosión. Mi diseño propone que la casa "flote" mediante un sistema de contrapesos anclados en la roca sólida, trescientos metros atrás del borde.

​—Es demasiado arriesgado, jovencita —escupió uno de los ingenieros, sin siquiera mirarme a los ojos—. Eso no se ha hecho en residencial.

​—Porque nadie ha tenido el valor de mirar más allá del acero rígido —le respondí, clavando la vista en él—. Si usan mis cálculos de elasticidad, la estructura soportará un sismo de grado ocho y vientos de tormenta sin que el cristal siquiera se agriete.

​Dominic no decía nada. Solo me observaba, alternando la mirada entre los planos y mi rostro. Durante cuarenta minutos, rebatí cada una de sus objeciones con datos técnicos que había memorizado durante la noche. Al final, el ingeniero jefe suspiró y miró a Dominic.

​—Es... arriesgado, Sr. Thorne. Pero sobre el papel, los números cierran. Es una genialidad o un desastre absoluto.

​Dominic se levantó lentamente. Caminó hacia la mesa y puso una mano sobre mi plano.

​—Es una genialidad —sentenció—. Y vamos a construirlo. Miller, quiero los detalles finales para el viernes. Caballeros, pueden retirarse.

​Cuando se fueron, me quedé sola con él. El silencio en la sala era denso. Me sentía agotada, pero victoriosa.

​—Lo logró, Miller —dijo él, acortando la distancia entre nosotros—. Pero no se relaje. El éxito atrae envidias, y en esta firma, los tiburones huelen la sangre a kilómetros.

​—Sé defenderme, Sr. Thorne. He tenido que hacerlo toda mi vida.

​—Lo sé —murmuró él, y por un segundo, su mirada bajó a mis labios antes de volver a mis ojos—. Por cierto, RR.HH. me informó que dejó en blanco el contacto del padre de la niña. ¿Algún problema legal que deba conocer?

​El corazón se me detuvo. No esperaba que él revisara esos detalles personalmente.

​—Ninguno —respondí, endureciendo el gesto—. Simplemente no es una persona que necesite estar en esos papeles. Él no es parte de nuestras vidas.

​Dominic asintió despacio, como si estuviera procesando una información mucho más valiosa que un plano de arquitectura.

​—Entiendo. Vuelva a su puesto. Tenemos mucho trabajo por delante.

​Salí de la sala sintiendo que, aunque Anthony nos hubiera fallado, yo estaba empezando a construir un puente hacia algo mejor. El problema era que ese puente pasaba directamente por el despacho de un hombre que empezaba a interesarse demasiado en mis espacios en blanco.

Me dejé caer en la silla de la cocina de la oficina, soltando un suspiro que pareció sacarme todo el peso del día de encima. Por fin había terminado con la montaña de formularios técnicos y el papeleo del seguro del proyecto de Malibú. Mis ojos ardían de tanto mirar la pantalla y el café frío que tenía al lado sabía a derrota, así que decidí levantarme para buscar uno nuevo. Necesitaba esos cinco minutos de paz, solo cinco minutos para dejar de ser la arquitecta junior que lucha por su puesto y simplemente ser yo.

​Justo cuando estaba frente a la máquina de café, el vibrar frenético de mi teléfono contra la encimera me hizo dar un respingo. Al ver "Guardería Torre Thorne" en la pantalla, el estómago se me cayó a los pies.

​—¿Dígame? —respondí, y mi voz sonó mucho más aguda de lo normal.

​—Sra. Miller, por favor, mantenga la calma, pero necesitamos que baje al cuarto piso de inmediato. Hubo un incidente con Phoebe.

​—¿Qué pasó? ¿Está bien? —El pánico empezó a nublarme la vista. Ya estaba caminando a pasos agigantados hacia la salida, olvidando el café y mi bolso.

​—Otro niño la golpeó. Estamos aplicándole hielo, pero ella está muy alterada y no deja de llamar a su mamá.

​No escuché nada más. Corté la llamada y salí disparada hacia los ascensores. Sentía que el corazón me iba a estallar contra las costillas. "Un niño la golpeó". Las palabras daban vueltas en mi cabeza como dagas. Phoebe era pequeña, era dulce, y la idea de alguien haciéndole daño mientras yo estaba cincuenta pisos arriba celebrando planos me hacía sentir la peor madre del mundo.

​Las puertas del ascensor tardaban una eternidad en cerrar. Cuando por fin lo hicieron, empecé a presionar el botón del piso cuatro como si eso fuera a hacer que bajara más rápido.

​—Vamos, vamos, muévete... —susurré, apretando los puños.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.