El Efecto Phoe

Capítulo 4 : Destape de la olla

Entré en su oficina con los nervios a flor de piel, pero en cuanto pusimos los planos sobre la mesa, la arquitecta tomó el mando. Trabajamos durante casi dos horas sin descanso; Dominic es brillante, pero también un perfeccionista agotador. Discutimos costos, materiales y plazos de entrega hasta que la última cifra encajó en el presupuesto.

​Cuando cerré mi carpeta, lista para marcharme, el ambiente en la oficina cambió. El aire se volvió más denso, menos profesional. Dominic se recostó en su silla de cuero, me miró fijamente y entrelazó sus dedos.

​—¿Puedo hacerle un par de preguntas personales, Miller? —soltó de repente, con esa voz que no parecía pedir permiso, sino tomarlo.

​Me tensé, apretando la correa de mi bolso.

—Depende de las preguntas, Sr. Thorne —respondí con cautela.

​Él no se inmutó.

—He visto los papeles de registro. Phoebe solo tiene su apellido. ¿Dónde está su padre? ¿Por qué no figura en ningún lado?

​Sentí un pinchazo de amargura en el pecho. Me acerqué al ventanal, mirando la ciudad, dándole la espalda para que no viera cómo me temblaba el labio antes de recuperar el control.

​—Cuando Phoebe cumplió un año, él simplemente decidió que esta vida no era para él —comencé, con la voz cargada de un resentimiento que intentaba sepultar—. Se fue. Desapareció de la noche a la mañana. Dejó una nota diciendo un montón de promesas vacías... que nos amaba, que a Phoebe nunca le faltaría nada y que depositaría el dinero de la pensión puntualmente.

​Me giré para enfrentarlo. Dominic me escuchaba en un silencio absoluto, con una intensidad en los ojos que me obligaba a seguir hablando.

​—Al año siguiente, me cansé de esperar a un fantasma. Me cansé de que mi hija llevara el nombre de un hombre que no la quería lo suficiente como para quedarse. Fui al registro y le cambié el apellido; ahora es solo Miller, como yo. Porque él no va a volver, Sr. Thorne. Y ese "dinero" que prometió... hace tres meses que no deposita ni un centavo. No sabemos nada de él, y sinceramente, ya no espero nada.

​Dominic apretó la mandíbula. Vi cómo sus nudillos se volvían blancos al apretar los brazos de su silla. Hubo un silencio largo, donde solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado.

​—¿Tres meses sin recibir nada? —preguntó, con una voz que vibraba con una furia contenida, pero no dirigida a mí, sino al hombre del que hablaba.

​—Tres meses —confirmé, tratando de mantener la dignidad a pesar de que el nudo en mi garganta amenazaba con cerrarse—. Por eso este trabajo es tan importante para mí. No tengo un plan B. Soy yo contra el mundo para sacar a esa niña adelante.

​Él se levantó lentamente y caminó hacia mí hasta quedar a pocos centímetros. Era tan alto que tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

​—Nadie debería pasar por eso sola, Miller —dijo en un susurro ronco—. Y mucho menos una mujer con su talento. Ese tipo es un cobarde, y yo detesto a los cobardes.

​Se quedó mirándome un segundo más de lo necesario, y por un momento creí que iba a decir algo más, algo que no tenía que ver con el trabajo. Pero entonces, su máscara profesional volvió a caer.

​—Vuelva a su mesa. Mañana quiero el cronograma de obra terminado. Y Miller... no se preocupe por el dinero hoy. Yo me encargo de que RR.HH. revise su bono de contratación.

​Salí de su oficina con las piernas de gelatina. Le había contado mi mayor secreto, mi mayor herida, y por alguna razón, sentir que Dominic Thorne ahora lo sabía me hacía sentir menos sola en esta jungla de cristal.

Pasado el mediodía, recibí un correo interno de Recursos Humanos pidiéndome que bajara a la oficina administrativa. Me temblaban un poco las manos mientras firmaba los últimos registros de entrada. Al llegar, una mujer con una sonrisa eficiente me extendió un sobre color crema, pesado y con el sello dorado de la firma.

​—Sra. Miller, aquí tiene su primer pago, incluyendo el bono de contratación que el Sr. Thorne autorizó personalmente esta mañana —me explicó con amabilidad—. Al ser su primer cobro, lo recibirá mediante este cheque impreso, pero no se preocupe, a partir del próximo mes los depósitos se realizarán de forma directa en su cuenta bancaria. Solo necesitábamos verificar sus datos.

​—Muchísimas gracias —logré decir, tratando de que mi voz no delatara el alivio masivo que sentía.

​Salí de la oficina y, en cuanto me vi sola en el pasillo, abrí el sobre con dedos torpes. Se me cortó la respiración al ver la cifra. No eran solo los mil dólares que esperaba; el bono era generoso, lo suficiente para cubrir los tres meses de pensión que Anthony me debía y dejarme un colchón para las emergencias de Phoe. Sentí que un peso de toneladas se levantaba de mis hombros. Por primera vez en meses, podía respirar sin sentir que el aire me costaba dinero.

​Dominic lo había hecho. No sé si por lástima o por reconocimiento a mi trabajo, pero me había dado el respiro que tanto necesitaba.

​Guardé el cheque en lo más profundo de mi bolso, como si fuera un tesoro, y regresé a mi mesa de dibujo con una energía renovada. El cansancio había desaparecido. Me concentré en el cronograma de obra de Malibú, trazando líneas con una precisión que no había tenido en toda la semana. Tenía que demostrarle que no se había equivocado conmigo, que cada centavo invertido en "la chica de pueblo" valía la pena.

​Trabajé sin levantar la vista, ignorando los murmullos de la oficina, hasta que el sol empezó a bajar entre los rascacielos. Tenía un futuro que construir, y por fin sentía que tenía los cimientos para hacerlo.

Estaba tan absorta en los detalles técnicos de la cimentación que el mundo a mi alrededor había dejado de existir. Solo éramos los planos, mis cálculos y el silencio sepulcral de la oficina a medio gas. De pronto, sentí una presión firme y cálida sobre mi hombro. El contacto me hizo dar un respingo tan fuerte que casi tiro el bote de tinta.




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