La mañana siguiente fue un torbellino. Entre el café que se me derramó en la encimera por las prisas y Phoebe que decidió que hoy era el día perfecto para no querer ponerse los zapatos, salimos de casa con el tiempo justo. Pero había algo diferente: el cheque en mi bolso me daba una seguridad que no había sentido en años.
Llegamos a la Torre Thorne y el ajetreo era ensordecedor. El lobby estaba lleno de gente corriendo con muestras de mármol, rollos de planos y carpetas. En cuanto dejé a Phoebe en la guardería —donde entró corriendo al grito de "¿Ya llegó Domi?"— subí al piso cincuenta.
La oficina de Dominic era un hervidero. Tres paisajistas estaban desplegando enormes láminas sobre la mesa de juntas, discutiendo sobre qué tipo de vegetación soportaría el salitre de Malibú.
—Llega tarde, Miller —soltó Dominic en cuanto me vio entrar, aunque esta vez no miró su reloj. Estaba de pie, con la camisa impecable y una taza de café solo en la mano—. Los señores aquí presentes dicen que su sistema de tensores hidráulicos no deja espacio para el jardín zen que el cliente exige.
Me quité la chaqueta, la colgué en el respaldo de la silla y caminé directo hacia la mesa, ganándome las miradas escépticas de los tres hombres.
—No es que no deje espacio —dije, señalando el plano con un lápiz que saqué de mi cabello—, es que están intentando plantar palmeras de tres toneladas sobre una plataforma que está diseñada para ser flexible. Si quieren el jardín zen, tenemos que usar vegetación autóctona de raíz corta y estructuras de drenaje ligero.
Dominic dio un sorbo a su café, observándome en silencio mientras yo empezaba a redibujar los niveles del jardín sobre su plano original. El ajetreo de la oficina parecía desvanecerse cuando me concentraba; el sonido de los teléfonos y las conversaciones se volvía un ruido blanco.
—¿Y qué propone para el muro de contención? —preguntó uno de los paisajistas, con tono desafiante.
—No habrá muro de contención —respondí sin levantar la vista—. Usaremos terrazas naturales. Si tratamos de contener el acantilado con muros, la gravedad nos ganará. Hay que trabajar con la tierra, no contra ella.
—Hagan lo que ella dice —sentenció la voz profunda de Dominic detrás de mí—. Miller conoce la estructura mejor que nadie. Integren sus terrazas en el diseño o busquen otra firma para la que trabajar.
El resto de la mañana fue un despliegue de energía técnica. Dominic me exigía precisión milimétrica, pero por primera vez, no sentía que me estuviera evaluando, sino que estábamos construyendo algo juntos.
Alrededor de las once, mientras los paisajistas recogían sus cosas, Dominic se acercó a mi mesa de dibujo.
—Buen trabajo con lo de las terrazas, Miller. Tiene instinto —dijo en voz baja—. Por cierto, mi asistente me avisó que una batería de auto nueva será entregada en su edificio esta tarde. El mecánico de la empresa pasará a instalarla. Considérelo un... adelanto de su próximo bono por eficiencia.
Me quedé helada, con el lápiz suspendido en el aire.
—Dominic, no tenías que...
—No me gusta que mis empleados estrella lleguen tarde porque el transporte público falló —me cortó, recuperando su tono frío y profesional antes de darse la vuelta—. Ahora, prepare el informe para la junta de las dos. Tenemos un cliente que convencer.
Entré en la oficina de Dominic con el informe de las dos de la tarde bajo el brazo. Él estaba de pie, mirando hacia el horizonte de la ciudad, con esa postura que gritaba control absoluto. Le extendí la carpeta, pero justo cuando iba a explicarle los ajustes de presupuesto, mi teléfono empezó a vibrar con una insistencia violenta en mi bolsillo.
Miré la pantalla y el nombre hizo que la sangre se me congelara: Anthony.
—Disculpe, Sr. Thorne. Debo tomar esto —susurré, alejándome hacia el rincón de la oficina.
En cuanto acepté la llamada, no hubo un "hola". Solo su voz, esa voz cínica que antes me hacía suspirar y ahora me daba náuseas.
—Hola, Cassie. Espero que estés disfrutando de la gran ciudad. Mira, seré breve: tuve unos... contratiempos. Registré tu nombre como aval en un préstamo de mil dólares para "emergencias". No los tengo, así que ya sabes, te toca a ti.
—¿¡Qué!? —El grito salió de mi garganta antes de que pudiera frenarlo. Dominic se giró lentamente, clavando sus ojos verdes en mí—. ¿De qué demonios estás hablando, Anthony? ¡Mil dólares es todo mi sueldo! ¡Llevas tres meses sin darme ni un centavo para Phoebe y ahora me cargas con una deuda tuya!
—Baja el tono, Cassie. Solo págalo. Si no lo haces, los usureros no me buscarán a mí en el pueblo, te buscarán a ti en Los Ángeles. Ellos no tienen mucha paciencia con las madres solteras. Paga y todos felices. Adiós.
Click.
Se cortó. El silencio que siguió fue atronador. Sentía una furia ciega, una presión en el pecho que me impedía respirar. La humillación de que me hiciera esto, de que pusiera en peligro nuestra seguridad después de habernos abandonado, me hizo estallar.
—¡Maldito seas, Anthony! ¡Eres un desalmado! —grité, fuera de mí.
Sin pensar, poseída por un arranque de rabia pura, caminé hacia la puerta del balcón de la oficina de Dominic, que estaba entreabierta. Salí al aire frío y, con toda la fuerza de mi frustración, lancé el iPhone al vacío. Vi cómo el aparato desaparecía, cayendo cincuenta pisos hacia el asfalto.
Me quedé jadeando, apoyada en el barandal. Dos segundos después, la realidad me golpeó como un balde de agua fría.
—¡No! —me llevé las manos a la cabeza, mirando hacia abajo—. ¡Mierda! ¡Mierda y mil veces mierda! ¡Ahí estaban todas las fotos de Phoe! ¡Mis contactos! ¡No tengo dinero para otro! ¡Soy una imbécil!
Me giré, temblando, y me encontré con Dominic parado en el umbral del balcón. No parecía enojado; parecía... peligroso. Tenía los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Había escuchado cada palabra.