La luz del sol entraba de forma espectacular por los ventanales de la mansión, recordándome que el lujo no solo era cuestión de espacio, sino de paz. Agradecí internamente mi paranoia de madre; siempre, por sistema, llevaba una muda de ropa completa para Phoe en su mochila de dinosaurio y algo básico para mí.
Mientras el vapor llenaba el cuarto de baño de mármol, senté a Phoebe en la bañera inmensa. Ella estaba encantada, haciendo burbujas como si estuviera en un spa de cinco estrellas. Aproveché ese momento para llamar a mi madre con el iPhone nuevo, apoyándolo en el tocador.
—¿Cassie? Hija, ¿qué es este número? —preguntó mi madre al otro lado, sonando confundida.
—Es una larga historia, mamá —suspiré, mientras le pasaba la esponja por la espalda a Phoe—. Pero la noticia importante es que ya cerré todas las cuentas. Anthony no puede volver a tocar mi nombre, ni mi crédito, ni nada. Gracias a... a mi jefe, logré bloquearlo todo anoche.
—¡Gracias a Dios! —exclamó ella—. Pero, ¿cómo que tu jefe? ¿Dominic Thorne? Cassie, nadie hace eso por un empleado así porque sí.
—Es complicado. Solo... nos está ayudando. Ha sido muy bueno con Phoe, mamá. Si la vieras ahora, parece la dueña de su mansión —sonreí al ver a mi hija tratar de "bucear" en diez centímetros de agua—. No te preocupes por el dinero de la pensión. El bono que me dieron cubre lo que ese descarado no mandó. Estamos bien. Por fin estamos bien.
—Me alegra tanto, hija. Solo ten cuidado. Los hombres como él siempre tienen un precio, o al menos eso dicen en los libros.
—Dominic no es así —dije con una seguridad que me sorprendió a mí misma—. Él es... diferente.
Colgué la llamada y me concentré en terminar de alistar a la "pequeña cosa". La vestí con su conjunto de flores y le peiné los rizos con cuidado. Yo me arreglé como pude, agradeciendo haber empacado esa blusa de seda extra "por si acaso".
Salimos de la habitación y bajamos las escaleras. El olor a café recién hecho y pan tostado nos guio hasta el comedor. Allí estaba Dominic, ya impecable con un traje azul oscuro, leyendo unos documentos en una tablet. Al vernos entrar, dejó la tablet a un lado y se puso de pie.
—Buenos días —dijo, y su mirada se detuvo en mí un segundo más de lo estrictamente profesional—. Veo que ambas sobrevivieron a la noche en la "cueva del oso".
—¡Domi! ¡Mira mi ropa de flores! —Phoebe corrió hacia él y, sin dudarlo, se abrazó a su pierna.
Dominic bajó la mano y le dio un apretoncito cariñoso en el hombro.
—Muy elegante, pequeña cosa. Estás lista para conquistar Malibú.
Me miró a mí y señaló la mesa.
—Desayunen. El auto sale en veinte minutos. Hoy es el gran día de la maqueta, Miller. Espero que esté lista para los ingenieros jefe, porque no van a ser tan amables como yo.
—Que empiecen los juegos, Sr. Thorne —respondí con una sonrisa desafiante, tomando una taza de café—. No he llegado hasta aquí para dejarme intimidar por unos cuantos cálculos de cimentación.
Si alguien me hubiera dicho hace una semana que estaría sentada en la parte trasera de un Rolls-Royce, viendo a mi hija de tres años interrogar al hombre más poderoso de la arquitectura de California, me habría reído en su cara. Pero ahí estábamos.
Phoebe estaba sentada en medio de los dos, con sus piernitas colgando y su mochila de dinosaurio apoyada en las rodillas. Estaba en su fase más habladora, y Dominic, para mi sorpresa, parecía disfrutar cada segundo.
—Domi, ¿por qué tu carro no tiene colores? —preguntó ella, pasando la mano por el cuero negro del asiento—. El mío tiene luces que brillan cuando camino.
Dominic bajó la vista hacia las zapatillas de Phoe, que efectivamente parpadeaban en rojo y azul con cada movimiento de sus pies.
—Bueno, pequeña cosa, mi carro es "serio" —respondió él con una solemnidad fingida—. Si le pusiera luces de colores, los otros autos se pondrían celosos porque no podrían ser tan divertidos.
Phoebe soltó una carcajada plateada.
—¡Eso es mentira! Los carros no tienen celos, no tienen ojos para llorar.
—Tienes un punto ahí —admitió Dominic, mirándome de reojo con una chispa de diversión—. Es una lógica impecable, Miller. Me rindo ante ella.
—Te lo advertí —sonreí, sintiéndome extrañamente relajada—. Es difícil ganarle una discusión.
—Domi, ¿tienes una mamá? —soltó Phoebe de la nada, cambiando de tema como solo los niños saben hacerlo.
El ambiente en el auto se volvió un poco más suave. Dominic guardó silencio un segundo, y por un momento temí que la pregunta fuera demasiado personal, pero su respuesta fue cálida.
—Sí, tengo una mamá. Vive un poco lejos, pero hablamos a menudo. Se llama Elena.
—¿Y ella te regaña si no te comes las verduras? —Phoebe lo miró con auténtica preocupación—. Porque mi mami me regaña si no como el brócoli que parecen arbolitos.
Dominic soltó una risa auténtica, una que le iluminó la cara por completo.
—Ya no me regaña por las verduras, pero sí me regaña si trabajo demasiado. Creo que se llevaría muy bien con tu mamá.
—¡Podemos ir a verla! —exclamó Phoe, entusiasmada—. Le enseñaré mis dibujos y le diré que tú eres un "señor malo" pero de los buenos.
Dominic arqueó una ceja, mirándome con una sonrisa ladeada.
—¿"Señor malo de los buenos"? Creo que es el mejor título que he recibido en toda mi carrera. Supera por mucho al de "Empresario del Año".
—Es un ascenso, no te quejes —bromée yo, mientras el auto doblaba la esquina hacia la Torre Thorne.
El trayecto, que normalmente se me hacía eterno en el transporte público, pasó volando. Ver a Dominic interactuar con Phoebe me hacía ver matices de él que no estaban en ningún plano arquitectónico. No era solo el jefe que me había dado una oportunidad; era un hombre que, a pesar de su imperio, sabía darle importancia a las ocurrencias de una niña pequeña.
Cuando el auto se detuvo frente a la torre, Dominic se bajó primero y, antes de que el chofer pudiera reaccionar, abrió nuestra puerta y le tendió la mano a Phoebe para ayudarla a bajar.