las olas rompiendo contra la orilla de Santa Mónica. El fin de semana había llegado como un bálsamo necesario tras la locura de la oficina y el drama de Anthony. Gracias a la batería nueva que Dominic había enviado, mi viejo auto rugía con fuerza, llevándonos por fin a un lugar donde el único "presupuesto" importante era cuántos castillos de arena podíamos construir.
Phoebe estaba fuera de sí de la emoción. Llevaba su traje de baño de volantes y su inseparable mochila de dinosaurio —llena ahora de palas y moldes— mientras corría por la arena húmeda, dejando pequeñas huellas que el mar borraba casi de inmediato.
—¡Mami, mira! ¡El agua me persigue! —gritaba, riendo a carcajadas cada vez que la espuma rozaba sus dedos.
Me senté en la toalla, respirando el aire salitre. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba revisando mi teléfono con miedo a un mensaje de un cobrador o una amenaza de mi ex. Mi nuevo iPhone estaba en el bolso, en silencio, aunque no pude evitar mirar la pantalla un segundo para ver si había algún correo de la oficina. Nada. Dominic, fiel a su palabra, me estaba dejando descansar.
—¡Mami, ven! ¡Ayúdame con el castillo para Domi! —gritó Phoe desde la orilla.
Me reí, sacudiendo la cabeza.
—¿Un castillo para Domi? ¿Crees que le gustará la arquitectura de arena, pollito?
—¡Sí! Porque tiene torres muy altas como su edificio —respondió ella muy seria, hincando la pala en la arena.
Me levanté y me arrodillé junto a ella, hundiendo mis manos en la arena fría. Mientras ayudaba a mi hija a levantar muros efímeros, me sorprendí a mí misma pensando en cómo Dominic Thorne se había infiltrado en nuestras vidas en apenas una semana. Era el hombre que describía a su padre como alguien que "podía comerse a los niños", el hombre que regalaba iPhones como si fueran caramelos, pero también el que se agachaba sin dudarlo para que una niña lo abrazara.
—Va a ser el castillo más fuerte del mundo, mami —aseguró Phoe, poniendo una concha en la cima.
—El más fuerte de todos —asentí, dándole un beso en la mejilla llena de arena.
Nos quedamos allí durante horas, bajo el sol suave de la mañana, disfrutando de esa libertad que tanto nos había costado conseguir. El pasado se sentía a kilómetros de distancia, y por un momento, el futuro no era un plano lleno de líneas complicadas, sino algo tan vasto y brillante como el océano que teníamos enfrente.
Llegamos al apartamento a las cuatro de la tarde, con la piel oliendo a sal y las bolsas llenas de conchas. Phoebe estaba agotada pero feliz, así que la dejé jugando con su conejo mientras yo me ponía el delantal para empezar a preparar la cena. El ritmo tranquilo de la tarde se interrumpió cuando mi nuevo teléfono empezó a sonar sobre la encimera.
Era Dominic.
—¿Hola? —respondí, tratando de que no se notara mi sorpresa.
—Miller, hola. Estaba... pensando —su voz sonaba profunda y un poco menos formal que en la oficina—. Mañana no hay trabajo, pero quería saber si me permitiría regalarle algo a Phoebe. He visto un par de cosas que creo que le gustarían.
—Dominic, no es necesario —dije de inmediato, dejando el cuchillo a un lado—. De verdad, ya has hecho demasiado por nosotras esta semana. No quiero que sientas que tienes que comprarle cosas todo el tiempo.
—No es una obligación, Miller, es un deseo —insistió él con ese tono que no aceptaba réplicas—. Además, la "pequeña cosa" es una crítica muy dura. Si no le gusta, me lo hará saber. Dígame, ¿qué le hace falta? ¿Juguetes, libros?
Suspiré, sabiendo que ganar esta discusión era imposible.
—Bueno... le encantan los libros de cuentos con texturas y cualquier cosa que tenga que ver con dinosaurios o animales del bosque. Pero de verdad, Dominic...
—Entendido. Dinosaurios y texturas —me cortó—. Una última cosa: ¿qué talla de ropa usa? Vi un conjunto que parecía tener "colores divertidos" y recordé su queja sobre mi auto negro.
Me reí por lo bajo, rindiéndome finalmente. Le di la talla de Phoe y él la anotó rápidamente.
—Gracias, Cassie. Descanse. Nos vemos el lunes —dijo antes de colgar.
Me quedé mirando el teléfono un momento, con una sonrisa que no podía borrar. No era solo el regalo; era el hecho de que se hubiera tomado el tiempo de llamarme en su día libre solo para pensar en mi hija.
El lunes llegó con la energía renovada. Al entrar en la Torre Thorne, Phoebe ya iba dando saltitos, preguntando si el "regalo de Domi" ya habría llegado. No tuvimos que esperar mucho. En cuanto entramos en su oficina, Dominic nos esperaba de pie junto a su escritorio, que estaba parcialmente cubierto por varias bolsas de una de las boutiques más exclusivas de la ciudad y una caja grande envuelta en papel de dinosaurios.
—Buenos días —dijo él, con una sombra de sonrisa al ver la cara de asombro de mi hija—. Veo que alguien tiene mucha energía para ser lunes.
Phoebe no esperó. Corrió hacia él y, con su permiso, empezó a abrir los regalos. Sus ojitos brillaban como nunca. Había libros de cuentos con relieves, un set de dinosaurios que brillaban en la oscuridad y, lo que más la emocionó, la ropa: conjuntos llenos de colores vibrantes, amarillos, turquesas y rosas, justo como ella le había reclamado en el auto.
—¡Siii! ¡Colores, Domi! ¡Mira, mami, tiene un cuello de flores! —gritaba Phoe, saltando de felicidad mientras abrazaba un vestido nuevo contra su pecho.
De repente, se detuvo y miró a Dominic con mucha seriedad. Juntó sus juguetes y los puso en un rincón del gran sofá de cuero de la oficina.
—Domi, mientras yo estoy en la guardería, ¿puedes guardármelos aquí? —le pidió, señalando su escritorio—. Es que son muy bonitos y no quiero que otros niños me los quiten. Aquí están seguros contigo porque tú eres grande.
Dominic parpadeó, sorprendido por la petición, y luego asintió con una solemnidad absoluta.
—Es un trato, pequeña cosa. Mi oficina será la bóveda de seguridad para tus tesoros. Nadie tocará nada mientras yo esté aquí, te lo prometo.