El Efecto Phoe

Capítulo 8 : recuerdos de ayeres

El lunes por la mañana, la oficina bullía con la energía habitual, pero para mí todo se sentía diferente. Cada vez que se abrían las puertas del ascensor, sentía un vuelco en el estómago. Llevaba a Phoebe de la mano, quien iba estrenando uno de sus conjuntos nuevos y saltando con cada paso de sus zapatillas luminosas.

​De pronto, lo vi. Dominic salía de la sala de juntas con una tablet en la mano, luciendo impecable en un traje gris que resaltaba su porte. Al vernos, se detuvo en seco.

​—¡Domi! —gritó Phoebe, soltándose de mi mano para correr hacia él.

​Él se agachó de inmediato y la recibió en un abrazo fuerte, levantándola un poco del suelo. Sobre el hombro de mi hija, sus ojos verdes buscaron los míos. No había rastro de la frialdad del jefe; solo esa mirada intensa que me recordó, segundo a segundo, el beso de anoche en mi pasillo.

​—Buenos días, pequeña cosa —le dijo a ella, aunque no me quitaba la vista de encima—. Miller.

​—Buenos días —logré articular, aunque sentía que mi voz sonaba un poco más aguda de lo normal.

​—Phoebe, ¿me dejas que te lleve yo hoy a la guardería? —le preguntó Dominic con suavidad—. Tengo que pasar por ese piso y así me cuentas si tus dinosaurios durmieron bien en mi oficina.

​—¡Sí! ¡Vamos! —Phoebe asintió con entusiasmo, agarrándose de su mano grande.

​Él se puso de pie, sosteniendo la mano de mi hija con una naturalidad que me dejaba aturdida. Me dio una última mirada lenta, una que bajó por un segundo a mis labios antes de volver a mis ojos, como si estuviera saboreando el recuerdo de ayer.

​—Vaya a la cafetería, Cassie —murmuró, usando mi nombre con esa voz profunda—. Se ve que necesita un café. Yo me encargo de ella.

​Se dio la vuelta y se alejó con Phoebe, quien iba contándole historias sin parar. Me quedé allí, plantada en medio del pasillo, sintiendo el calor subir por mis mejillas. Estaba completamente aturdida. El hombre más codiciado de la industria acababa de hacer de "niñero" solo para darme un respiro, o quizás, para recordarme que lo de anoche no había sido un sueño.

​Caminé hacia la cafetería casi por instinto. Necesitaba cafeína en vena para procesar que mi jefe no solo me había besado de esa manera, sino que ahora caminaba por los pasillos de la Torre Thorne de la mano de mi hija como si fuera la cosa más natural del mundo.

Me tomé el café casi de un trago, tratando de que la cafeína pusiera orden en mis pensamientos. Al entrar en la sala de juntas, el ambiente era tenso; Henderson ya estaba sentado al fondo, observando la maqueta corregida con ojos de halcón.

​Dominic ya presidía la mesa. Se veía imponente, con la mandíbula firme y esa actitud de "dueño del mundo" que tanto lo caracterizaba. Recorrí la mesa con la mirada y, para mi desgracia —o mi fortuna—, solo quedaba un asiento libre: justo a su derecha.

​Caminé tratando de que mis tacones no delataran mi nerviosismo y me senté. El aroma de su colonia me golpeó de inmediato, envolviéndome como lo había hecho su saco la noche anterior.

​—Llega justo a tiempo, Miller —dijo él sin mirarme, pero noté una ligera curva en la comisura de sus labios.

​Acomodé mis carpetas sobre la mesa, intentando concentrarme, cuando sentí un calor repentino. Dominic, con total naturalidad y manteniendo la vista fija en el cliente, deslizó su mano por debajo de la mesa. Sus dedos rozaron mi muslo con una lentitud deliberada, una caricia firme que me erizó hasta el último vello de la nuca.

​Un escalofrío eléctrico recorrió mi columna. Mi respiración se cortó por un segundo y sentí que el color subía a mis mejillas con una fuerza traicionera. Él ni siquiera se inmutó; seguía pareciendo el profesional más serio de California mientras su mano ejercía una presión suave pero posesiva sobre mi pierna.

​Carraspeé con fuerza, tratando de recuperar el aire y la voz, mientras sentía que el corazón me martilleaba en las costillas. Henderson nos miró con curiosidad.

​—¿Se encuentra bien, arquitecta? —preguntó el cliente, arqueando una ceja.

​—Sí... perfectamente. El aire acondicionado está un poco fuerte —mentí, sintiendo cómo la mano de Dominic se movía apenas un centímetro más arriba, enviando una nueva descarga por mi cuerpo.

​Me aclaré la garganta una vez más, tomé el puntero láser y me puse de pie, rompiendo el contacto físico solo porque el deber me llamaba, aunque mis piernas se sentían como gelatina.

​—Bien, señores —comencé, forzando una seguridad que no tenía—. Vamos a dar inicio. Como prometimos, aquí tienen la solución definitiva para el proyecto de Malibú.

​Dominic se recostó en su silla, entrelazando las manos sobre la mesa con una sonrisa de pura satisfacción, observándome con un brillo de orgullo —y algo mucho más oscuro— en los ojos. Sabía perfectamente lo que me había provocado.

La presentación fluyó como nunca. A pesar de que mi piel todavía quemaba por el roce de Dominic, la adrenalina me dio una claridad mental asombrosa. Expuse cada detalle técnico, cada mejora estética y la resolución del error estructural con una precisión que dejó a los ingenieros de Henderson sin argumentos.

​Dominic intervino en los momentos clave, respaldando mis palabras con esa autoridad natural que cerraba cualquier duda. Éramos una máquina perfecta.

​Cuando terminé de hablar, el silencio en la sala de juntas se podía cortar con un hilo. Henderson se levantó lentamente, caminó hacia la maqueta y la observó durante lo que parecieron siglos. Luego, se giró hacia nosotros.

​—Miller, Thorne... —dijo, soltando un suspiro de asombro—. He trabajado con las firmas más grandes de este país, pero nunca había visto un rediseño tan impecable en menos de doce horas. Este proyecto no solo es viable, es una obra maestra.

​Henderson sacó una pluma de oro del bolsillo de su saco y, sin esperar a que sus abogados dijeran una palabra más, firmó el contrato de ejecución sobre la mesa. El sonido del papel siendo rubricado fue música para mis oídos.




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