El miércoles por la mañana el trabajo era una marea de correos electrónicos y llamadas de contratistas. Estaba tan sumergida en los cronogramas de obra que perdí la noción del tiempo. Había intentado concentrarme, pero cada vez que el aroma de su perfume —que de alguna manera se había quedado impregnado en mi escritorio tras la reunión de ayer— me golpeaba, volvía a sentir sus labios sobre los míos.
De pronto, la puerta de mi oficina se abrió sin previo aviso. Levanté la vista esperando ver a un asistente, pero era él.
Dominic estaba apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos de su pantalón de traje y la chaqueta desabotonada. Me miraba con una intensidad que me hizo olvidar instantáneamente el plano que tenía frente a mí.
—Miller —dijo, y su voz profunda pareció vibrar en las paredes de mi pequeña oficina—. Es hora.
Miré mi reloj de pulsera, confundida.
—¿Hora? Pero apenas son las once de la mañana, Dominic. Dijiste que pasarías a la una para el almuerzo. Todavía tengo que terminar de revisar estos presupuestos de cimentación y...
Dominic entró en la habitación y cerró la puerta detrás de sí con un movimiento fluido. Caminó hasta mi escritorio y apoyó las manos sobre la madera, inclinándose hacia mí.
—He decidido que no quiero esperar hasta la una —sentenció, y una chispa de travesura bailó en sus ojos verdes—. El trabajo no se va a escapar, Cassie. Pero mi paciencia sí. Así que guarda eso, toma tu bolso y vámonos.
—¿A las once? —reí, negando con la cabeza—. Dominic, nadie almuerza a las once. Es prácticamente la hora del desayuno tardío.
—Entonces desayunaremos otra vez, o simplemente daremos un paseo antes de comer —respondió él, rodeando el escritorio y tomándome suavemente de la mano para obligarme a levantarme de la silla—. Phoe ya está instalada en la guardería, el contrato de Henderson está a buen recaudo y yo soy el dueño de esta empresa. Si digo que el almuerzo empieza a las once, empieza a las once.
Me puse de pie, sintiendo ese cosquilleo familiar en el estómago cuando su mano apretó la mía. Él no me soltó; al contrario, entrelazó sus dedos con los míos con una naturalidad que me cortó el aliento.
—¿Siempre eres así de impaciente cuando quieres algo? —le pregunté, buscando mi bolso mientras trataba de disimular que mi corazón estaba saltando.
—Solo cuando se trata de algo que realmente vale la pena —susurró él, acercándose a mi oído—. Y ahora mismo, estar a solas contigo fuera de esta oficina es lo único que me importa. Vámonos antes de que alguien entre con una "emergencia" de arquitectura.
Salimos de mi oficina de la mano, caminando por el pasillo principal. Noté las miradas de reojo de algunos empleados, pero a Dominic parecía no importarle en lo más mínimo. Él caminaba con la frente en alto, guiándome hacia el ascensor privado, listo para robarle un par de horas al tiempo.
La alegría del momento se hizo añicos en un segundo. Justo cuando cruzábamos el umbral de la puerta, mi teléfono empezó a vibrar con una insistencia aterradora. Al ver que era el número del hospital de mi pueblo, el aire se me escapó de los pulmones.
—¿Diga? —mi voz tembló.
—¿Cassie Miller? Hablamos del hospital central. Su madre ha ingresado de urgencia. Ha tenido un colapso, estamos haciéndole pruebas pero su estado es crítico. Debería venir lo antes posible.
El teléfono se me resbaló de las manos, pero Dominic lo atrapó antes de que tocara el suelo. Yo entré en un pánico ciego; las paredes de la oficina parecían cerrarse sobre mí y el ruido de la ciudad se convirtió en un zumbido ensordecedor.
—Mi mamá... el hospital... —balbuceé, sintiendo que me fallaban las piernas.
Dominic me sujetó por los hombros con una firmeza que me obligó a enfocarme en él. Su mirada era como un ancla en medio de mi tormenta.
—Cassie, mírame. Respira —ordenó con voz grave y calmada—. Escúchame bien: no vas a ir sola. Ve ahora mismo a la guardería a buscar a Phoe. No te preocupes por nada de aquí. Yo me encargo de los ingenieros, de Henderson y de que el hospital tenga todo lo que necesite. No pienses en el trabajo, piensa en ella. Vete ya.
—Gracias... Dominic, muchísimas gracias —logré decir antes de salir disparada.
Corrí como nunca por los pasillos, llegué a la guardería y saqué a Phoebe casi en el aire. Ella, asustada por mi cara, ni siquiera preguntó por sus dinosaurios. Bajamos al estacionamiento y subimos a mi auto.
Salí de la Torre Thorne quemando llantas. El trayecto hacia el pueblo, que normalmente tomaba dos horas, se convirtió en una carrera contra el tiempo. Los edificios de Los Ángeles se volvieron manchas borrosas mientras aceleraba a una velocidad increíble, con las manos apretadas al volante y el corazón rogando que mi madre aguantara un poco más.
Frené frente a la entrada de urgencias del hospital del pueblo con el corazón saliéndome del pecho. Bajé a Phoebe casi en el aire y entramos corriendo por los pasillos que olían a antiséptico y a miedo. Al ver al doctor, me detuve en seco, temblando.
—¡Doctor! Mi madre, ¿cómo está? —pregunté, sin aire.
—Sufrió un síncope por agotamiento extremo y una descompensación severa, Cassie —explicó el médico con un gesto cansado—. Su cuerpo simplemente dijo basta. Está estable por ahora, pero necesita reposo absoluto.
No esperé más. Entré a la habitación y lo primero que vi fue a mi abuela, sentada junto a la cama con los ojos rojos. Corrí hacia ella y nos fundimos en un abrazo desesperado, donde las lágrimas que había contenido durante todo el viaje finalmente brotaron. Phoebe se quedó quieta, sujetando mi pierna, mirando la cama con sus ojitos muy abiertos.
Me acerqué lentamente a mi madre. Se veía tan frágil, tan pálida bajo las sábanas blancas. Cuando abrió los ojos y me vio, intentó sonreír, pero yo no pude evitar que la angustia se convirtiera en reclamo.